sábado, 8 de octubre de 2016

8144. EL MAL.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

El Mal.

El mal existe, pero  no sin el bien, como la sombra existe, pero no sin la luz.
Alfred de Musset (1810-1857)
Poeta francés.


El trayecto había sido maravilloso, caminamos varias horas y sólo nos deteníamos para beber agua. Nos encontrábamos en un lugar en lo más alto de la montaña desde donde se podía ver el horizonte y alrededor otras montañas, coloreadas con diferentes tonalidades de azul y verde.  Llegamos a un punto en el que el sendero se dividía en dos. Nos detuvimos y le pregunté al viejo “¿Por cuál camino tomamos?”, el viejo me miró y contestó: “Toma tú la decisión”. Sin pensarlo mucho tomé la vereda de la derecha, y seguimos caminando.

Poco a poco la vegetación se hizo más tupida, en algunas zonas el bosque cubría casi totalmente la luz del sol, sólo algunos rayos del astro lograban penetrar la barrera natural formada por las plantas. De pronto, el sendero terminaba en un espacio abierto, era un círculo de aproximadamente 50 metros de diámetro que no se había formado naturalmente, no había maleza en el interior del círculo en cuyo centro había una piedra que me pereció como un gran falo, enorme y grueso.

Sentí el viento frío recorrer mi espalda y una extraña energía recorrer mi piel. Movido por la curiosidad entré al círculo y me dirigí al centro para tocar la piedra, y al tocarla sentí como una descarga eléctrica, al mismo tiempo me pereció que todo se oscurecía, una densa neblina llenó el espacio y el ambiente se enfrió en unos cuantos segundos, creí escuchar gritos espeluznantes y maldiciones que no alcancé a entender, pero que me llenaron de terror. Un olor fétido se esparcía por el aire, como a carne quemada.

La luna llena estaba en lo alto y el viento aullaba como si fuera la Llorona y soplaba con fuerza formando un remolino que levantó el polvo y las hojas secas. Era tan intenso el remolino que me levantó del suelo y me azotó contra la tierra con tal fuerza que tardé unos minutos en recuperarme. Mi terror aumentó al ver que me rodeaban un grupo de bestias, parecían lobos pero con cuernos y sus ojos eran rojos como el fuego o ¿eran mujeres desnudas?, cada vez estaban más cerca, tan cerca que podía oler el fétido aliento que salía de sus hocicos. La luz de la luna proyectaba las sombras de los animales que estaban a punto de clavar sus afilados dientes en mi carne, no había forma de escapar y tenía tanto miedo que estaba paralizado.

Las bestias se acercaban cada vez más, y cuando pensé que atacarían apareció el viejo con una antorcha, en su mano diestra el viejo tenía un guaje con el que lanzaba agua a las bestias: “!Lárguense, malditas! ¡Fuera de aquí, engendros del demonio!”, gritaba el viejo, moviéndose ágilmente de un lado para otro. Las bestias huyeron, y entonces sucedió que al salir del círculo los animales se transformaron el mujeres horripilantes que gritaban como poseídas mirando con odio al viejo, una vez fuera del círculo las viejas se desvanecían en el aire tomando la forma de cuervos que graznaban sin parar.

Entonces me pareció que todo volvía a la normalidad. La bruma se disipó, el viento dejó de soplar y el sol reapareció iluminándolo todo con su luz. “!Vámonos, rápido!”, dijo el viejo tomándome de la mano. “Tenemos que salir de aquí, ¡Muévete!”. Nunca había visto al viejo apresurarse, y menos aún hablar de esa forma. Hice un gran esfuerzo para caminar. La experiencia me había dejado exhausto y me parecía que una fuerza poderosa me halaba hacia la gran roca fálica. El grupo de cuervos volaba sobre nuestras cabezas y el viejo los mantenía a raya con la antorcha. El viejo me tomó de la mano y así, tomados de la mano, salimos del círculo del mal.

Los cuervos no siguieron todavía algunos metros, pero al alejarnos más del círculo, desaparecieron. Cuando nos alejamos lo suficiente, nos detuvimos para descansar, tomar agua y unos gajos de peyote que comenzamos a masticar. “Entonces, ¿Todo fue una alucinación?”, le pregunté al viejo que había recuperado su buen humor y su sonrisa pícara. “¿Alucinación? ¿Te parece que esto es una alucinación?”, preguntó el viejo a su vez, mientras mostraba su pantalón roto a la altura de los tobillos en donde uno de las bestias lo había alcanzado a morder.

El viejo comenzó a limpiar con agua la herida que afortunadamente era superficial, después colocó sobre la herida una planta. “Vamos, sigamos adelante. Es mejor alejarnos lo más posible de este lugar. Debemos encontrar un lugar para pasar la noche”. En mi mente aparecían  preguntas para las que no tenía respuesta, pero antes de poder formularlas el viejo se adelantó: “Hablaremos luego, por ahora es mejor apresurarnos. Tenemos que alejarnos de aquí antes de que el sol se meta. Vámonos”.


Comenzamos a caminar mientras que el sol, lentamente, se acercaba a su ocaso.

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