martes, 11 de octubre de 2016

8148. LA PAJA EN EL OJO AJENO.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

La paja en el ojo ajeno.
Y al despertar, Trump seguía ahí, parafraseando (con perdón), a don Augusto. Si usted es de los que echan corcholatas al ring para que ‘el rudo’ le raspe la espalda ‘al técnico’, se quedó con las ganas. Doña Clinton, bien asesorada, no se arriesgó a lo que los romanos (de tiempos del imperio clásico), llamaban ‘vencer de más’, porque se arriesgaba a una de tres cosas: que el Partido Republicano descartara a un Trump hecho pedazos y le pusiera a alguien más presentable (y, no, así está cómoda la señora, con Donaldito, al que espera arrastrar del copete en la elección); verse implacable, impía y despiadada (y perder votos de esa gente a la que no gusta que pateen al que ya está en la lona); o reafirmar el voto duro del Trump (que son muchísimos, aunque no de los más simpáticos). Así está bien, que se siga de frente y sin retoque don Trump, en las urnas lo espera.

Los analistas de la televisión mexicana (envidiables por su comprensión instantánea de los hechos, capacidad ilimitada para analizarlos al golpe y generosa disposición a explicarnos a los del respetable qué fue lo que vimos y oímos, que no necesariamente tiene que ser lo que vimos y oímos), se apresuraron a declarar un empate técnico entre el pavoroso señor Jekyll-Trump y la cándida Hilary, que va por la vida llorando un cariño, recordando un hombre y arrastrando un Clinton, al que lleva como un lunar, como todos podemos una mancha llevar, pues, ya lo dijo San Álvaro Carrillo, en este mundo tan profano, quien muere limpio no ha sido humano.

Empate pues, pero la bolsa de valores y el peso se recuperaron, porque la gente adinerada ya ve a Trump por la lejana montaña.

Otra cosa es que en los EUA, México y no pocos de los países que llamamos ‘democráticos’, tenemos que reflexionar si esto es lo que queremos: la política como sinónimo de albañal, los políticos-sabandija, las virtudes humanas como fotos sepia del álbum de los bisabuelos, la honorabilidad como artículo descontinuado por falta de mercado y la decencia, la simple decencia del humano normal, como chiste de tontos.

La reacción sobreexcitada del elector yanqui ante la grabación de las vulgaridades de Mr. Hide-Trump, platicando con sus amigotes sobre su trato a las mujeres, aparte de que sí corresponden a la moral formalista propia de los protestantes, prueba que la gente común no es así y quiere algo mejor, tal vez no ejemplar, pero sí digno, no un tipo que se ufana de cómo se aprovecha de las mujeres y de las rendijas legales para no pagar impuestos, y que se disculpa por desfachatado que es, que lo suyo no es arrepentimiento sino cinismo por conveniencia.

Nunca nos ha ocupado tanto una campaña presidencial yanqui como ahora, por los ataques e insultos a México de este bárbaro, pero seamos sinceros: los pecados políticos de don Trump acá son como eructos lecheros de bebé lactante; en la política mexicana son permisibles cosas que serían catástrofes en otros países; ya quisiéramos que los pecadillos de nuestros políticos de primera línea consistieran en imprudencias orales, majaderías, fanfarronadas de macho decadente o amenazas imposibles de cumplir (porque la barda, la extradición masiva y bloquear el envío de remesas son eso: imposibles de cumplir).

No, acá, nos hemos tragado piedras de molino como Salinas de Gortari y sus más de 40 ladrones que dejaron al país temblando de anemia económica; a un Francisco Labastida y su Pemexgate que no le movió el copete;  a un Romero Deschamps que disfruta las mieles del pantano sin que le preocupe su enfangado plumaje; a un Tomás Yarrington con cargos de complicidad con el narcotráfico (y don Trump en problemas porque dijo “coño”, ¡coño!); a un Arturo Montiel tan fresco quitándole los hijos a su exesposa; a un Jorge Emilio González Martínez, concesionario nacional de la franquicia del Partido Verde, acusado de muchas, filmado en una de pedir dinero (dos millones de dólares); y tantos y tantos más, que han colocado al país en sitio muy destacado del medallero de las olimpiadas de la corrupción mundial.

De veras, no seamos cínicos: que nos moleste Trump se entiende, pero la brisa de allá, en México es huracán. Tendríamos que empezar por cuestionar la existencia misma de los partidos políticos que deben tener un número mínimo de afiliados reales para constituirse (226,837 conforme al porcentaje de ley del padrón electoral), y resulta que el PAN tiene, a confesión de parte, 222,922; mientras el PRI declara muy orondo que ellos tienen 10 millones 16 mil 300 afiliados, aunque se apresuran a aclarar, con la candidez propia de ellos, que solo 5 millones 44 mil 528 están registrados y validados ante el INE, aunque haya fuertes sospechas (ya ve, el ‘sospechosismo’ nacional), de que elaboran sus listas de afiliados nomás copiando el padrón de electores, razón por la que aparecen como inscritos en el PRI algunos difuntos y otros que están en las relaciones de desaparecidos, asesinados y hasta presos, para ni mencionar a otros que luego resultan ser candidatos de otros partidos (y no son priístas, sino todo lo contrario)… ¡pelillos a la mar!, no hay que ser tan fijados, si el PRD dice que tiene dos millones 590 mil 972 tenochcas entre sus filas, ni modo que ellos no sean por ahí del doble, faltaba más.

Luego habría que hacer el experimento de cancelarles el financiamiento público, que para el sostenimiento de actividades permanentes y específicas de todos los nueve partidos políticos, el próximo 2017 les van a dar cuatro mil 138 millones 727 mil 89 pesos con 89 centavos (lo de los centavos es porque ni la burla nos perdonan). A ver si de veras logran existir sin el dinero de los impuestos, porque sí les dan mucho dinero los ricotes que tienen intereses, pero no les darían todo el tiempo y esas cantidades. Y si no, cuando menos que todos los candidatos que pierdan las elecciones devuelvan lo que recibieron para sus campañas… quiero ver si hay tantos suspirantes.


Y ya luego, entonces sí, a ver la paja en el ojo ajeno.

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