jueves, 20 de octubre de 2016

8181. ¡DERECHITOS!

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Derechitos!
Entre nosotros los mexicanos es raro que estemos todos de acuerdo en algo, lo habitual es el disenso en casi todo. Coincidimos en pocas cosas, por ejemplo, que el gobierno es una birria, que la política es sucia, que en las elecciones siempre hay trampa (aunque seamos nosotros mismos los que estamos en las casillas electorales, recibiendo y contando los votos), y antes, también todos -ateos incluidos-, coincidían en que la Morenita del Tepeyac era sagrada (ahora, quién sabe). En lo demás estamos en desacuerdo, desde lo más básico, que por algo hay quienes dicen que esto es una mugre de país y quienes sostienen que como México no hay dos.

Un tema en que decimos que estamos de acuerdo es en el repudio a la corrupción, aunque se puede dudar que lo digamos en serio, pues si todos detestáramos la corrupción, no habría, y los malos funcionarios vivirían frustrados pidiendo moche y recibiendo gargajos en la cara en lugar de dinero. Pero, en fin: oficialmente estamos que trinamos contra la corrupción.

Hay un país que hasta el año 2004 era un muladar, con un índice de criminalidad espeluznante, el de mayor tráfico de drogas del Sudeste asiático, asesinatos al mayoreo, violaciones de mujeres que daba pena llevar la cuenta, terrorismo y una brutal corrupción oficial: Singapur. Para que le calcule, en ese año tenían 500 mil presos (lo que es una barbaridad en un país de 5 y medio millones de habitantes: el 9%; cuando en México está en el bote por ahí del 0.2% de la población… aunque, claro, habría que considerar que acá sólo se castiga el 1% de los delitos).

Bueno, pues cuando se decía que ya no podían estar peor las cosas en Singapur, llegó al poder don Lee Hsien Loong, quien, para abrir boca, pidió al Parlamento de su país nuevas penalizaciones: a narcotraficantes, asesinos y violadores, pena de muerte… y cualquier político o funcionario corrupto, de cualquier nivel, ministros, oficinistas o policías de crucero, también pena de muerte (los ahorcan).

Los demás delitos y faltas menores, cárcel, trabajos forzados y además, en algunos casos -ladrones reincidentes y ofensores de mujeres-: azotes en las nalgas con vara de ratán (por grafitear una pared le tocan de 3 a 9 varazos,  aparte de 3 a 9 meses de cárcel).

Es una bestialidad, sí. Es una infamia, por supuesto. No debe ser, no; pero hoy Singapur es un país seguro las 24 horas del día, los narcos procuran no tomar vuelos que hagan ni escala en ese país, su economía ha florecido (según el informe de 2015 del Fondo Monetario Internacional, el ingreso anual por cabeza -a valor adquisitivo-, es de 83,065 dólares al año; en México, para que le calcule, es de más o menos 6 mil dólares, comparando peras con peras, porque es a valor adquisitivo); y su sistema educativo es de los mejores del mundo (su Universidad Nacional está en el puesto 30 y nuestra UNAM anda por el 150).

No es el único país en que a los funcionarios corruptos se les condena a muerte, en China, también. Apenas el 18 octubre pasado, un subdirector (no le pongo el nombre, ¿cómo para qué?), de un departamento de la Administración Nacional de Energía, fue condenado a muerte por recibir sobornos (unos 30 millones de dólares, cifra de sirvientas entre nuestros políticos). Pero siempre suspenden dos años la sentencia de muerte y si se porta bien el cliente, se la cambian por cadena perpetua inconmutable, sin libertad condicional bajo ninguna circunstancia: se muere preso, punto. Hay casos en los que no les suspenden la sentencia, en 2007, al director de la Administración Estatal de Alimentos y Medicamentos (usted imagínese un nombre en chino), lo ejecutaron por recibir menos de un millón de dólares de cohechos, para que autorizara medicamentos de mala calidad que causaron algunas muertes: cuello sin tocar baranda.

No propone este López, ni de lejos, que haya pena de muerte ni de azotes en nuestras leyes, por varias razones personales (de la pena de muerte porque cree firmemente que el Estado no puede disponer de la vida de nadie, ideas de uno, no me haga caso y ya), y porque se elevaría a la estratósfera la tarifa de sobornos: todo  es barato si se trata de salvar el pellejo o mantener las nalgas en condiciones aceptables, oiga usted. Además, acuérdese del escándalo que se le armó al partido Verde en 2008 cuando propuso pena de muerte a los secuestradores.

Al contrario: lo que sí propone este su texto servidor es que reflexionemos en qué tan cierto es que no hay pena de muerte, porque dejando de lado la matadera que hoy padecemos, hay ejecuciones extrajudiciales cortesía de algunas malos agentes del orden, no se sabe cuántas al año, pero en enero de este año la ONU informó que “(…) continúa habiendo en México un número alarmante de ejecuciones extrajudiciales, las cuales se enmarcan en una impunidad endémica y sistemática”.

Sí, qué orgullo que no tengamos pena de muerte ni castigos infamantes, pero -fuerza es aceptarlo-, nuestras cárceles suelen ser chiqueros infames y somos un país en que se mata mucho: la guerra contra el narco va en más de 160 mil fiambres; los asesinatos normales (?), andan en 56 por día; y, sin entrar en polémica, a ver si ya aceptamos que el aborto voluntario es matar también, por legal que sea… y la Ciudad de México presume que de 2007 a 2015, lleva 138 mil 792 (casi el número de la guerra contra el narco, que esa sí nos horroriza).

Siendo como somos, no podemos usar la fórmula de Singapur (¡bendito sea Dios!), pero hay que hacer algo, por lo pronto: que cuando haya sentencia firme por corrupción (de un funcionario cochino y del particular corruptor), se embarguen todos los bienes de ellos, todos, y los de sus cónyuges, sus padres, suegros, yernos, nueras, cuñados y compadres, por andar de tapaderas, por no denunciar lo obvio. Y a quienes denuncien, en premio, darles en recompensa un jugoso porcentaje de todo lo embargado, con una condición: si los denunciantes son empleados de los corruptos, que les toque el doble.


¿Sabe cómo iban a andar?: ¡derechitos!

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