sábado, 22 de octubre de 2016

8193. OLAKEASE MI FÉMINA FLOR.

Enviado por SINEMBARGO.
Desde la Cd., de México. Para
Tenepal de CACCINI

Por Alma Delia Murillo.
Octubre 22, 2016 - 12:00 a.m.





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A mí, que soy neurótica y que me importan esa nimiedad llamada lenguaje, me va a dar algo. Ya sé que a pocos interesa, que me acusarán de amargada, pero es que, al menos yo, muero de vergüenza de pensar que los marcianos van a concluir que los humanos de este tiempo somos retrasados verbales y disléxicos emocionales. ¿Shí o nosh?
Foto: Pinterest

Amigo marciano, visitante extraterrestre que descubre esta parte del planeta Tierra llamada México: aunque usted no lo crea, el título de este texto es la lexicalización de un sentimiento y es, también, algo que hemos categorizado como una suerte de poema menor, me refiero a un poetuit.

No, no estoy en drogas. Sucede que releí el Diccionario de los sentimientos de José Antonio Marina y Marisa López Penas (Anagrama, 1999) que parte de un supuesto genial: “Si un diccionario fuera la única fuente de información para un extraterrestre, sabría que los terráqueos perciben, conocen, evalúan, sufren, desean, se decepcionan (…) Sin embargo, sólo podría entender el significado de esas palabras cuando pudiera saltar desde ellas hasta la experiencia”

Es decir que nuestro léxico contiene una sabiduría colectiva milenaria y contiene también información de nuestra identidad como pueblo, como generación, como entes históricos. Analizar cómo hablamos y qué conceptos se van poniendo de moda y cuáles se van volviendo anacrónicos, es una fiel radiografía de quiénes somos, cómo hacemos funcionar al mundo, pero, sobre todo, de cómo sentimos.

Hará cosa de un par de semanas, me reía con el simpático cuestionamiento de alguien que declaraba “No sé qué pensar de un adulto con educación superior que escribe “baia baia” “shi”, “nosh“… pronto me sumé a su insidiosa declaración con la que concuerdo hasta la última de mis células envenenadas de fascinación por las palabras. Escribir “mi amortz”, “finde”, “sho” y todas esas creativas lindezas, al menos para mí —y perdonen mi falta de buenondismo—, revela una necesidad de infantilización recalcitrante.

A mí me provoca repele una manifestación amorosa del tipo “chí, mi amortz”. Repele, convulsión, contra-amor, fiebre tifoidea, roña y diarrea exudativa.

Volviendo al divertidísimo supuesto de Marina y López, me pregunto qué pensaría un marciano, un venusino o natural del planeta que a usted se le antoje, si analizara con interés antropológico el léxico colectivo con que las redes sociales poco a poco han ido colonizando nuestra forma de comunicación cotidiana, nuestras expresiones emocionales y, para colmo de la devastación, también nuestro lenguaje poético.

Mi termómetro sube a niveles enfebrecidos cada vez que leo esos ciento cuarenta caracteres que se pretenden poemas y que ofrecen burdas figuras como la negra noche, la flor de mi mujer, el beso de mi lengua con tu alma de mujer(¡agh!) o que de plano pretenden sorprender con el consabido tus ojos son dos y tu boca es una. Estamos más allá de la chingada.

Claro que la lengua es festiva, vital, mutable, significante y todo eso que tanto he alegado y que realmente creo pero es que todos tenemos taras y manías y yo de veras que no puedo con el asombro de ver al mundo tan tranquilo ahora que estamos haciendo jirones de las palabras. Si no es en las oficinas con el humanoide lenguaje corporativo y sus “es correcto” “al final del día” y “la robusta propuesta” son las redes sociales con todas las infamias que ya cité.

Ese olakease mi fémina flor, lo juro por mis ancestros, pronto podría convertirse en la frase más vendida de miles de tarjetas (digitales o impresas) para celebrar cumpleaños, Día de las Madres o San Valentín. Y a mí me dan escalofríos al contemplar nuestra pasividad, no es posible que la convergencia de cuantas generaciones conformamos la orgía del presente, no nos alcemos en armas para detener esta masacre. Pero eso sí, muy ofendidos estamos por el premio literario de Bob Dylan. Qué te digo, amigo marciano.

Poner una palabra detrás de la otra con un toque de cursilería no convierte una línea en poesía, decir una obviedad que remata con su razonamiento contrario (del tipo: no estoy solo, solo estoy) tampoco hace un aforismo y entregarse al abismo amoroso mediante un “chí, mi amortz” me parece abominable.

A mí, que soy neurótica y que me importan esa nimiedad llamada lenguaje, me va a dar algo. Ya sé que a pocos interesa, que me acusarán de amargada, pero es que, al menos yo, muero de vergüenza de pensar que los marcianos van a concluir que los humanos de este tiempo somos retrasados verbales y disléxicos emocionales. ¿Shí o nosh?

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