lunes, 24 de octubre de 2016

8196. POLÍTICAMENTE INCORRECTÍSIMO.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Políticamente incorrectísimo.
Seguramente en la suya, no, pero en la familia de este menda era norma obligatoria lo políticamente correcto, lo bien visto, lo generalmente aceptado. Por ejemplo: lo oficial era ‘todos somos iguales’, negros y blancos, pobres y ricos, todos, todos igualitos a los ojos de Dios y ante la ley, nadie era menos que nadie, lo que incluía a los indios, orgullo de la nación con Juárez a la cabeza… pero fue una tragedia cuando la prima Patricia se puso de novia con el del puesto de fruta del mercado; todos iguales, pero a la prima Teresita la regresaron de París -donde estudiaba la carrera-, el día que le escribió a su mamá que ya tenía novio y mandó una foto suya muy abrazada a un negro. ‘Nadie es menos’, pero el abuelo Armando a cada nieto varón que llegaba a edad de dar problemas le preguntaba qué era mejor, si las moscas o las mariposas y al recibir la lógica respuesta de que ninguna, que nomás eran diferentes, decía: -Sí… y cada quien decide qué mete a su casa, si moscas o mariposas –clarito.

Igual era en otro orden de cosas: ser mexicano era un orgullo; la familia mexicana era envidia de cualquier otro país; un buen tequila no le pedía nada al mejor coñac y el que prefería el caviar a una quesadilla de cuitlacoche, era un esnob… pero para máquinas las alemanas; para relojes, los suizos; y para cantantes, los italianos. Sin duda: como México no hay  dos, pero la luna de miel entre las gentes decentes, era en Europa (hoy en la Polinesia o las Seychelles); los señores vestían casimir inglés y las señoras usaban perfumes importados, de preferencia, franceses. Sí, señor ¡viva México!

Hoy, se nos ha globalizado hasta lo políticamente correcto. La igualdad de género, la ecología, las uniones igualitarias y la preocupación por el agujero de ozono, son asuntos en los que lo correcto es estar de acuerdo y por buenas y no tan buenas razones, los derechos humanos son intocables, entre ellos, estelarmente fuera de discusión, el elegir a los gobernantes (y quien opine en contrario se arriesga a la hoguera).

Dejando de lado que hay varias maneras de elegir a los gobernantes, sostiene López que es muy discutible que todos tengamos derecho a votar y que todos los votos cuenten igual. No propone este López el retorno de aristocracias y zarandajas por el estilo, claro que no; ni tiene la menor simpatía por dictaduras o totalitarismos, ¡válganos Dios! Pero tampoco le parece de sentido común que a la hora de decidir algo tan delicado como quién va a presidir el gobierno del país, valga igual el voto de un junta palabras (por ejemplo este menda) que el de un especialista en derecho, el rector de una universidad, un líder obrero o campesino, que algo más sabrán del tema que un tecleador, una costurera o mi abuelita Virgen (que nunca entendió que tachar un candidato era votar a favor de ése y tachaba todos los que no le gustaban), para ni mencionar a los de la delincuencia organizada que votan y hacen votar en los municipios… y esos sí que no andan con bromas.

Es muy difícil cuestión y por lo pronto lo sensato es dejar las cosas como están, pues reglamentar quién vota y quién no, o cuánto vale cada voto, acabaría siendo igual a clasificar a la gente en ciudadanos de primera, segunda y hasta quinta, y eso sería peor que lo que tenemos. De acuerdo. Pero eso no hace lógico nuestro sistema de voto universal directo pues parece que nadie se diera cuenta que solo podemos escoger entre lo que nos dan a escoger y los partidos políticos han dado prueba sobrada de que a la hora de poner candidatos lo hacen con criterio de chimpancé de capacidades diferentes. Y lo de los candidatos independientes con las reglas que les pusieron quedó en mamarrachada, con el agravante de que si alguna vez se nos trepa uno de esos, no vamos a saber ni de parte de quién.

Pero si usted es un sufragista recalcitrante, tenga presente que Hitler llegó al poder con votos, igual que otros impresentables de la historia, y si piensa que por esos casos el electorado ya aprendió a no meter la pata, se le recuerda la inmensa babosada colectiva en la Gran Bretaña de apenas junio pasado, en que votaron dejar la Unión Europea y que ahorita mismo, en España llevan casi un año sin gobierno, porque la gente nomás no da una mayoría suficiente a ningún candidato (y van dos elecciones generales sin dar su voto a torcer).

Encima de que tenemos que escoger de entre los que nos ponen, ahora resulta que en la capital del país se ha propuesto que la edad para poder votar sean los 16 años (desde 1969 se bajó de 21 a 18 la edad en que el tenochca es ciudadano y entre otras cosas, ya podía votar), uno de los que está de acuerdo en que vote la gente en la CdMancera desde los 16 años es el senador Armando Ríos Piter, quien más o menos dijo que su partido -el PRD- apoyará que en esta primera  Constitución de la Ciudad de México se establezca el voto a los 16 años, y que es uno de los debates más importantes para elevar la participación político-electoral de los ciudadanos. Bueno… si de elevar la participación se trata, que lo hagan obligatorio, pongan multa por no votar y ya.

Pero si en la CdMx van a poder votar a los 16 años, entonces habría que cambiar la Constitución de todo el país, porque si no, tendríamos ciudadanos distintos dentro del mismo territorio nacional… y si pueden votar, pueden beber y entrar a los antros… ¿o nada más van de masa votante?

Y aparte de darles el derecho a votar va a resultar que ante la ley son adultos y a ver qué clase de merengue se hace con el código penal, porque meter a un mocoso de 16 años a la cárcel con los poquitos que ahí están a los que gusta la carne fresca, va a ser una tragedia, dejando de lado que a esa edad, los jóvenes no saben dónde tienen las narices, exactamente igual que la mayoría de los votantes, que votan por razones muy distintas que el bien del país o por convicciones ideológicas, a veces nomás por una despensa o una mochila, aunque decirlo sea políticamente incorrectísimo.

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