jueves, 3 de noviembre de 2016

8232. AMARGA SORPRESA.

Por el Sr. López
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Amarga sorpresa.   
La familia materno-toluqueña de este menda era un amasijo de viejos rencores y resentimientos. Rara era la reunión en que no había algún rato de gritos y hasta aspavientos… pero ¡ay del ajeno a la parentela que se metiera con uno de la familia!, entonces sí, todos a una, como un solo hombre le entraban a defender los blasones de la estirpe. Decía tío Armando: -Entre nosotros nos podremos matar, pero los extraños, nada,  ni opinar pueden –así eran.

Nuestro país no es algo uniforme y articulado. No es una pintura al óleo con diversos personajes, todos formando parte, con sus diferencias, de un conjunto bien compuesto en el que todo concuerda.

No, México no es una pieza musical interpretada por una orquesta con muchos ejecutantes que emiten una armónica melodía, resultante de la suma de los distintos sonidos de cada uno de los diferentes instrumentos, cada uno con su propia resonancia, todos a un tiempo.

No, México es un  amontonamiento desordenado de gente y actividades, en continua interpretación de la gustada obra de teatro del absurdo ‘Cada quien para su santo’, que por diversas circunstancias, algunas ajenas al mérito nacional (entre otras, nuestra ubicación geográfica en frontera con la principal economía mundial), y otras que sí obedecen al esfuerzo, creatividad, constancia y capacidad para resolver las situaciones más adversas del mexicano estándar, que, repito, por las circunstancias que sean, es la economía 10 u 11 del mundo según la fuente que se consulte; somos un país que en medio de una guerra imbécil que ya va en más de 160 mil muertos, sigue generando empleo y construyendo infraestructura, aunque es de lógica suponer que bien orquestado esto, deberíamos estar no mucho sino muchísimo mejor.

Pero, a pesar del despelote nacional, esto no es una birria de país. A pesar de que el aparato de gobierno no consigue un ambiente general de seguridad ciudadana, esto no está desbordado ni vive la inmensa mayoría con el ¡Jesús! en la boca, aunque bien cierto es que tampoco son pocos los que sí están bajo la ley de la selva. A pesar de todo, regular o mal, funciona el país. A pesar de los pesares, sí hay mucho que está bien, aunque no todo sea por efecto del buen gobierno.

No es  este un paisito, al menos según el reporte del año 2015 del Banco Mundial, con datos sobre cuentas nacionales de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, el club de los 35 países del mundo más a tomarse en cuenta en asuntos de economía, al que pertenecemos desde el 18 de mayo de 1994), reporte que consigna como monto de nuestro producto interno bruto para el año pasado, la bonita cifra de 1’’144,331’340,000.00 dólares (un billón, 144 mil 331 millones, 344 mil billetes yanquis), abajito de Canadá, arriba de Corea (que tanto se pondera por estas tierras), mucho más que  Rusia y España, seis veces más que Dinamarca, no muy lejos de Francia (aunque, sí, ni modo, menos de la décima parte del PIB yanqui, un tercio del PIB alemán)… pero ‘paisito’, no es.  

Sin embargo, a la vista de los recientes acontecimientos (recientes en escala histórica, digamos, los últimos 20 ó 30 años), se hace cada vez más obvio que nuestros gobernantes no están dando la talla y son cada vez más frecuentes los malandrines en el poder.

Mire usted: México funciona porque el tenochca desde siempre, no espera mucho de su gobierno; sabemos que más nos vale ponernos vivos, porque el gobierno no nos va a facilitar la vida (y aquellos años del ‘milagro mexicano’, para la actual generación son algo que ni saben que hubo y si lo saben, será por encimita). Empresarios, sindicatos, cámaras industriales y de comercio, organizaciones civiles, la masa obrera y campesina, la media clase urbana (la clase media le decían antes), burócratas y empleados, amas de casa y estudiantes, todos por su lado, nada orquestado y concordante. Cada estado parece país independiente: unos en la miseria, otros pujantes; unos desgobernados, otros muy serios. No hay proyecto nacional y la Constitución, que debiera serlo, cada gobierno la adapta a su peculiar interés. Y las instituciones oficiales tampoco están vertebradas (nada más eche una ojeada al sector salud: Secretaría de Salud, IMSS, ISSSTE, Pemex, Seguro Popular, sanatorios privados, todos por su lado). La separación de poderes sigue siendo utopía; los partidos políticos no forman cuadros, ni responden por sus malos candidatos; y la opinión pública no se publica.

Pero una cosa es que cada quien se rasque con sus uñas y otra muy distinta, que nos estorben los que debiendo ayudar, frenan y dañan al muégano nacional que somos. Lo que sucede en Veracruz, hoy, es un modelo de lo que está pasando en varios otros estados y no parece que el gobierno federal ni los políticos, estén tomando nota de que eso no puede ser, no puede seguir siendo.

Ayer el Presidente de la república recibió al gobernador electo de Veracruz, Miguel Ángel Yunes Linares, en Los Pinos. O sea: el Presidente que dice que va en serio la lucha contra la corrupción, el impulsor del Sistema Nacional Anticorrupción, el que dio el banderazo para la corretiza de malos exgobernadores, no sabe que Yunes Linares es ave de tempestades, personaje envuelto en escándalo tras escándalo, señalado por muchos con dedo flamígero, el que hoy es miembro del PAN y apenas el 16 de mayo de 2013 (El Economista) fue denunciado penalmente ante la PGR por el expresidente nacional… ¡del PAN!, Manuel Espino, por miles millones de enriquecimiento ilícito, presentando como pruebas las propias declaraciones patrimoniales de don Yunes, comparadas con sus ingresos legales, ése: recibido en su carácter de Gobernador electo, sin que a nadie le extrañe, porque, total, es quien gobernará Veracruz.

Estas cosas son posibles sólo con un aparato político en el que se ha generalizado el cinismo, porque suponen que la gente aguanta lo que le echen. Así, el 2018 puede ser para todos estos usufructuarios de la amoralidad política una amarga sorpresa.

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