sábado, 5 de noviembre de 2016

8245. TODO VIBRA AL RITMO DEL AMOR.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Todo vibra al ritmo del amor.

Trabaja para mantener viva en tu pecho esa pequeña chispa de fuego celeste, la conciencia.
George Washington (1732-1799)
Primer presidente de los Estados Unidos.


Después de que el viejo me contó su historia guardamos silencio. El paisaje era impresionante, a unos pasos se abría un gran abismo, a lo lejos se veían las montañas, los gigantes de la Sierra Madre Occidental. El viejo se sentó en una roca a meditar, lo mismo hice yo. Concentré mi atención en el paisaje que se ofrecía a mis ojos. Todo estaba en calma. La Madre Tierra,  Pachamama, como decía el viejo, palpitaba rítmicamente. Sentía las caricias del sol y el viento en la piel.

Concentré mi atención en mi respiración que cada vez se hacía más y más profunda y suave. Me enfoqué en mi percepción interior. Los pensamientos llegaban intempestivamente pero no me enganché en ninguno, los dejaba ir sin darles importancia, los envolvía en una burbuja tornasolada y los dejaba ir flotando hacia el mundo del no ser.

La meditación me llevó a las profundidades de mi ser, no mi ser físico, que latía al ritmo de mi corazón, sino de mi ser esencial, espiritual. Era consciente de todo lo que me rodeaba, de mi pertenencia a un universo infinito que se abría ante mí en toda su maravillosa vastedad.

En ese momento me sentía pleno, vibraba al ritmo de la Tierra, de la vida, del Universo. Todo me pereció claro, transparente. Algunas veces me había sentido desdichado e insatisfecho, no comprendía porqué y para qué había nacido, de hecho aún no lo tengo claro, pero entiendo que sea cual sea el camino que tome, lo haré disfrutando cada momento porque este instante es el único que tengo y desde este presente puedo proyectarme hacia lo mejor de mi pasado y hacia el futuro, pero en definitiva este instante que es mi presente concentra mi existencia, es mi único ámbito de acción.

¿Qué era lo que le daba un nuevo sentido a mi vida? Mi enfoque de la vida había cambiado desde la segunda noche en la montaña. Esa noche fui plenamente consciente que mi esencia es trascendente. No llegué a esa conclusión por medio de razonamientos, se me reveló cuando comprendí que todo estaba conectado por la energía divina, por el poder del amor. La energía cuyo nombre escapa a la ciencia y que une a todos los seres del universo es el amor. Se le llama ki o chí, prana, el nombre no importa si el amor no se siente en los huesos y en la sangre, si no es una experiencia de vida. Nos pusimos en camino una vez más, casi corríamos porque en esa parte del camino lo que antes fue cuesta arriba ahora era camino abajo. Así seguimos por un buen rato hasta que el sol comenzó a ocultarse en el horizonte.  El viejo se detuvo, había encontrado un lugar para pasar la noche. Recogimos leña y preparamos una fogata, el viejo sacó una naranja que compartimos. Era nuestro único alimento del día. No necesitábamos nada más. Durante las últimas 72 horas no habíamos comido nada más que unos cuantos gajos de naranja y de peyote. Me sentía ligero y sin hambre. Bebimos agua y tendimos las cobijas en el piso para dormir. 

Soñé que vivía en un planeta extraño y maravilloso, nada tenía y nada me faltaba. Era una extraña sensación de plenitud. De alguna manera misteriosa sabía que estaba dentro de un sueño, y que si así lo quería podría vivir ese sueño como yo lo quisiera, bastaba que lo deseara y así lo hice. Elegí soñar y crear mi sueño, en ese sueño estaba mi padre y mi madre, juntos los tres, unidos por la misma energía, la energía del amor, y eso me hizo feliz. Agradecí el don maravilloso de la vida.

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