domingo, 13 de noviembre de 2016

8266. EL DILEMA DE CHUANG TSE.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

El dilema de Chuang Tse.

Quien se conoce, conoce también a los demás, porque todo hombre lleva en sí mismo la forma entera de la condición humana.
Michel de Montaigne (1533-1592).
Escritor y filósofo francés.


Me desperté en medio de la noche sin saber la hora. El viejo había puesto más leña a la fogata porque hacía frío. Al ver que había despertado, me preguntó: “¿Quieres un poco té?”. Acepté la invitación y me senté en una piedra envuelto en mi cobija.  Había tenido un sueño que me planteó un dilema, a diferencia de otras veces que no recordaba el sueño esta vez tenía presente cada detalle. “¿Qué es lo te intriga?”, me dijo el viejo como si leyera mis pensamientos. “¿Cómo lo hace? ¿Cómo sabe qué estoy pensando?”, le devolví la pregunta.

“Eres transparente como un cristal, como la mayoría de la gente. No es necesario ser un mago para saber que algo te inquieta. Tus rostro y tu postura, tus movimientos son el reflejo de tu interior, recuerda esta frase, como es afuera es adentro”, al decir esto le viejo me miró fijamente, guardó silencio un momento y continuó, “si eres lo suficientemente observador, podrás percibir lo que la gente irradia desde el fondo de su corazón, podrás percibir sus intenciones, sus luces y sombras, sólo se requiere enfocarse en el momento, congelar el tiempo.”

“¿Congelar el tiempo? ¿Quiere decir, detener el tiempo?, Cómo se puede detener el tiempo?”, le pregunté al viejo que me hizo una seña para que hiciera silencio. Observé que las llamas de la fogata estaban estáticas pero seguían irradiando luz y calor, podía verlo, pensé en el Motor Inmóvil de Aristóteles, no soplaba ni la más leve brisa, las hojas de los árboles no se movían, el viejo seguía con el dedo índice sobre sus labios, me miraba burlón, con su sonrisa pícara; en las alturas, a unos metros sobre nuestras cabezas, los diferentes matices luminosos que cada ser irradiaba se fundían en una nebulosa de energía vibrante. Era consciente de la levedad de mi ser, de su esencia energética y de mi conexión con el todo, con el Tao, con el Espíritu Santo, con Dios o con la fuente de energía primigenia, o como decía el viejo, con el Gran Espíritu.

De pronto el viejo habló: “¿Entiendes lo que es congelar el tiempo?, si quieres detener el tiempo debes comenzar por detener tu cuerpo, pero controlar el cuerpo es apenas el primer paso, lo más difícil viene después porque se trata de detener, de suspender el pensamiento y luego de despertar tu conciencia. La mayoría de la gente no piensa, es verdad, se le han implantado modelos mentales manipuladores, les han metido un chimpancé que nunca para de decir estupideces, eso es pensar para la mayoría de la gente: ir de un pensamiento a otro en una sucesión infinita de imágenes y palabras sin sentido; el control del pensamiento es muy importante para los oscuros, para los magos negros…”

“¿Los magos negros?, ¿se trata de una secta?”, le pregunté al viejo, que miró hacia la parte sombría del bosque antes de contestar: “Es algo más que una secta, es una hermandad, es decir de un grupo unido por lazos de sangre.  La sangre representa la fuente de la vida y para los oscuros es la esencia de cada ser, por eso en sus rituales beben la sangre de un inocente, porque les da poder, poder de transformarse, de volverse invisibles, de dañar a otros seres…poder de matar…pero nos estamos desviando del tema, ¿quieres contarme tu sueño?”

Muchas preguntas se habían quedado sin respuesta, pero le conté el sueño al viejo. El sueño era una historia que nos contó un profesor en la preparatoria, la historia de Chuang Tse que soñó que: “Revoloteaba alegremente, era una mariposa muy contenta de serlo. No sabía que era Chuang Tse. De repente despertó. Era Chuang Tse y se asombró de serlo, pero ahora tenía una duda: ¿era Chuang Tse que soñaba ser una mariposa, o era una mariposa que soñaba ser Chuang Tse?”

“¿Qué significa ese sueño?”, le pregunté al viejo. “Tú debes encontrar el significado”, respondió el viejo, que agregó: “lo único que te puedo decir es que cada ser debe encontrar el sentido de su existencia, cada ser debe transformarse en aquello que está llamado a ser, como la mariposa”.

Había amanecido. El viejo apagó el fuego, se echó al hombro la cobija y el atado de plantas de poder, tomó su morral y se puso en camino. Yo lo seguía pensando en sus últimas palabras, “¿Cuál era el sentido de mi vida? ¿Qué es lo que yo quería hacer de mi existencia?”. El dilema de Chuang Tse seguía presente en mi alma.

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