lunes, 14 de noviembre de 2016

8268. JUAN DIEGO Y SU GRAN ENCARGO.

Por EVERILDO GONZÁLEZ ÁLVAREZ.
Ambientalista, periodista, reportero y escritor. 
Desde Zamora, Michoacán. México. Para 
Tenepal de CACCINI

PRIMERA PARTE.

En el año 2002, el Papa Juan Pablo II, y para gusto y justicia, si es válido decir así, de los mexicanos, llevó a los altares a quien varios siglos atrás cumplió los encargos de nuestra madre la Virgen María, la madre de Jesucristo. Juan Diego Cuauhtlatoatzin cuyo nombre significa: Águila que habla o El que habla como águila, él nació el 9 de Diciembre de 1474 cuando era rey de los Azteca el gran Moctezuma Xocoyotzin y murió ya cuando los españoles habían derrotado al excelente guerrero y monarca mexica Cuauhtémoc nombre que significa: Águila que cae. Juan Diego murió el 30 de Mayo de 1548. Nació en lo que hoy es Cuautitlán Edo de México en donde, aun hace unos años, existía una ermita en su honor. Se dice que fue bautizado por los primeros misioneros franciscanos, y  pertenecía a la etnia indígena de los chichimecas de Texcoco, aunque a los de ese lugar se les conocía como Acolhuas y eran uno de los ocho pueblos que se habían unido a los Azteca cuando salieron de Aztlán a la llamada Gran Peregrinación y que ya después por instrucciones de su dios, los desde entonces llamados mexica se separaran y los Acolhuas se fueron y se establecieron en el hoy Tetzcuco- Texcoco, éstos habían formado parte de la llamada Triple Alianza que había liberado a los mexica del dominio de los Tecpanecas de Azcapotzalco cuando gobernaba a los mexica el gran Izcoatl y fungía como Gran Sacerdote Tlacaelel y en Texoco gobernaba ya Nezahualcóyotl.

Juan Diego para cuando nuestra madre le pidió los encargos ya se había casado con una hermosa indiecita llamada María Lucía con la que vivía en un pueblito llamado Tulpetlac y ahí mismo vivía su tío Juan Bernardino, se dice que para esa fecha tenía pocos años de haber sido bautizado, tengamos en cuenta que los franciscanos llegaron a La Nueva España ya cuando Cuauhtemoctzin- Cuauhtémoc- había sido derrotado y apresado, llegaron un poco antes de la muerte del último Emperador mexica, y de inmediato empezaron con la evangelización, ya luego llegaron otros misioneros como Los Agustinos.

El sábado 9 de diciembre de 1531, muy de mañana, el indiecito Juan Diego, se dirigía a la misa sabatina de la Virgen María y a la doctrina en una pequeña iglesia en  Tlatelolco que era  atendida por los franciscanos del primer convento que entonces se había erigido en la Ciudad de México. Ese día, algo grandioso estaba por suceder: cuando Juan Diego llegó a las faldas del cerro llamado Tepeyac, escuchó cantos preciosos, armoniosos y dulces que venían de lo alto del cerro, le pareció que eran coros de distintas aves que se respondían unos a otros en un concierto de extraordinaria belleza, vio al cielo y observó una nube blanca y resplandeciente, y se alcanzaba a distinguir un maravilloso arco iris de diversos colores. El escogido por nuestra madre quedó absorto y fuera de sí por el asombro y “se dijo ¿Por ventura soy digno, soy merecedor de lo que oigo? ¿Quizá nomás lo estoy soñando? ¿Dónde estoy?, ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento, acaso en la tierra celestial? Hacia allá estaba viendo, arriba del cerro, del lado de donde sale el astro rey, el sol,  de donde procedía el precioso canto celestial.

Estando en este arrobamiento, de pronto, cesó el canto, y oyó que una voz de mujer, dulce y delicada, le llamaba,,  por su nombre: Juanito, Juan Diego. Sin ninguna turbación, el indiecito decidió ir a donde lo llamaban. Alegre y contento comenzó a subir el cerro y cuando llegó a la cumbre se encontró con una bella, una hermosa  mujer que allí lo aguardaba de pie y lo llamó para que se acercara. Y cuando llegó frente a ella se dio cuenta, con gran asombro, de la hermosura de su rostro, su perfecta belleza, su vestido relucía como el sol, como que reverberaba, la piedra, en la que estaba de pie, como que lanzaba rayos; el resplandor de ella era como preciosas piedras,: la tierra como que relumbraba con los resplandores del arco iris en la niebla. .

Continuará.

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