jueves, 17 de noviembre de 2016

8281. OCTAVIO PAZ Y LA REVOLUCIÓN MEXICANA.

Por el Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez.
Sociólogo, docente universitario, investigador y poeta. 
Desde el Estado de Guanajuato. México. Para
Tenepal de CACCINI

OCTAVIO PAZ Y LA REVOLUCIÓN MEXICANA.

Ante un aniversario más del inicio de la Revolución Mexicana considero fundamental la reflexión sobre este hecho histórico, para ello me apoyo en las palabras de un mexicano universal, Octavio Paz, destacado poeta y ensayista, y que con su pluma al decir de Carlos Monsiváis, “transformó la vida natural del país por su rigor”.

En una entrevista que le hiciera Giles Bataillon, para el periódico francés Liberation el 6 de enero de 1985, Paz, al ser cuestionado sobre que representaba en su obra la Revolución Mexicana contestó: “Viví esta revolución desde mi infancia. Primero porque mi padre participó en ella: en seguida, porque todos los niños de mi generación fueron en una u otra forma, testigos de los acontecimientos.

Mi padre participó en el movimiento zapatista aunque, claro no era un campesino del Estado de Morelos. Mi abuelo había estado ligado al antiguo régimen (había sido Senador y Diputado) pero mi padre dejó la capital para unirse a los revolucionarios del sur. Así pudo conocer a los campesinos de Morelos; vio en su movimiento una verdad profunda y creo que no se equivocó. Una vez desterrado en los Estados Unidos, se convirtió en el delegado y representante de Zapata.

Yo viví todo eso y en mi adolescencia conocí algunos veteranos del zapatismo. Más tarde reflexioné mucho acerca de esa semilla de verdad que encerraba la revuelta campesina. Advertí en ella una faceta milenarista que no se si llamar utópica, una voluntad de regresar a una sociedad precapitalista y premoderna, el sueño de una tierra poseída en común. Quizá sea imposible fundar este tipo de comunidad pero es un sueño que da profundidad a la vida.

Es una respuesta a ciertas aspiraciones primarias en las que la visión de una sociedad futura se enlaza espontáneamente a la nostalgia por una realidad antiquísima, anterior a la historia. Para simplificar: en cada campesino de una vieja cultura como la de México late todavía, inconsciente, la imagen paradisíaca de la aldea feliz. La Revolución Mexicana fue el inesperado re-brotar de una vieja raíz comunitaria y libertaria.

La misma realidad subterránea que aparece en los movimientos campesinos europeos de la época de Reforma y en México, en todos los levantamientos agrarios desde la Colonia hasta el siglo XIX. Los intelectuales deben recoger esta herencia, sembrar esa semilla de verdad y repensar en la promesa que esconde: vivir en armonía en pequeñas comunidades, es una aspiración social e individual, ética y estética que ilumina, en todas las civilizaciones, a la noción de edad de oro”.

“En la Revolución Mexicana encuentro un sueño colectivo que nace de nuestro subsuelo histórico que ha permitido el nacimiento del México moderno. Reconozco, que al mismo tiempo, en este compromiso histórico, la parte vencida fue la revuelta de los campesinos, confiscada y desnaturalizada por los sucesivos regímenes revolucionarios”.

Es importante tomar en cuenta que para Octavio Paz, la Revolución Mexicana tiene múltiples significados que están presentes en algunas de sus obras, en primera instancia la destrucción de la dictadura de Porfirio Díaz, la generación de instituciones sólidas y un Estado fuerte, el inicio de los espacios de tolerancia, la nueva concentración del poder y los privilegios y un tiempo en el que se verá en funcionamiento la movilidad social.

 Octavio Paz, que recibiera el Premio Nóbel de Literatura en 1990, en una de sus obras más emblemáticas, me estoy refiriendo a El Laberinto de la Soledad que viera la luz en 1950, realiza una descripción muy original de la etapa armada de la Revolución Mexicana:

“La Revolución es una súbita inmersión de México en su propio ser. De su fondo y entraña extrae, casi a ciegas, los fundamentos del nuevo Estado… La Revolución es una búsqueda de nosotros mismos y un regreso a la madre.

Es un movimiento dialéctico tendiente a reconquistar nuestro pasado, a asimilarlo y hacerlo vivir en el presente…Es un estallido de la realidad, una revuelta y una comunión, un despertar de viejas ideas dormidas, la manifestación de muchas ferocidades, muchas ternuras y muchas finezas que no habían podido expresarse.

De aquí su aspecto casi paradójico: cada revolución por sí misma, es el esfuerzo de edificación de una sociedad nueva; la Revolución mexicana ha perseguido indudablemente este objetivo, pero lo ha hecho coincidir con las fuentes ancestrales de la mexicanidad, repudiando las cosas espurias que se había sobrepuesto entretanto.

Y, por eso también es una fiesta: la fiesta de las balas, para emplear la expresión de Martín Luis Guzmán. Como las fiestas populares, la Revolución es un exceso y gasto, un llegar a los extremos, un estallido de alegría y desamparo, un grito de orfandad y de júbilo, de suicidio y de vida, todo mezclado…

¿Y con quién comulga México en esta sangrienta fiesta? Consigo mismo, con su propio ser. México se atreve a ser. La explosión revolucionaria es una portentosa fiesta en la que el mexicano, borracho de sí mismo, conoce al fin, en abrazo mortal, al otro mexicano”.

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