martes, 22 de noviembre de 2016

8302. NO VALE QUEJARSE.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

No vale quejarse.
Tía Martina era sobrina del abuelo materno, don Armando, el militar ese que ya sabe, el de poco hablar. Decían en la familia que la Martina había dado mucha guerra desde chiquita: retobona, desobediente y rebelde, le hizo cuadritos la vida a sus papás al grado que cuando se las fueron a pedir, propusieron que la boda fuera al día siguiente, temprano. No fue así, se guardaron las formas y se casó en plazo prudente. Ya casada, no se sabe cómo, dado su carácter, tuvo un hijo -Martín, claro-, que nació ya huido el esposo que parece se fue a Bolivia. Tía Martina le enseñó a su hijo la única regla que ella respetaba: hacer lo que le viniera en gana. De Primaria a Prepa, estuvo en ocho escuelas. Carrera no hizo y de repente se supo que estaba a punto de ser hospedado por 10 años en las paradisiacas Islas Marías. Ahí entró el abuelo en acción, que en esa época tenía un muy amigo en donde hacía falta (el presidente Ruiz Cortines): le entregaron al chamaco y lo dio de alta en el ejército, donde estuvo 12 años y del que salió serio, formal, trabajador, disciplinado, derecho como regla. Un día en que se comentaba el caso en una tertulia de sobremesa, su texto servidor le preguntó al abuelo como habían logrado enderezarlo: -A palos –contestó. No dijo más. Bueno, ni modo.

En buena parte del planeta se ha implantado lo que genéricamente llamamos ‘libre mercado’, que no es sino el capitalismo exagerado de antaño con algunos matices que no alteran la esencia económica de eso, pero cuando menos ya incluyen los la prohibición de la esclavitud, la igualdad de género (así sea casi nomás en el discurso), la no discriminación de nadie por ningún motivo (así sea, también, más palabras que hechos), los derechos laborales, como decantación de los derechos  humanos, en resumen.

Como sistema económico -de producción, comercio y fijación de precios-, tiene detractores y partidarios. Tiene ventajas innegables y desventajas evidentes. Lo que cada vez emerge con mayor descaro es la falacia de que oferta y demanda, mágicamente, equilibran precios y garantizan justicia: el gran capital con y sin reuniones ni conspiraciones secretas, actúa en un solo sentido y cuida de sus intereses; sin que pueda negarse que -propiciado intencionalmente o como inesperada consecuencia-, sí ha disminuido la pobreza global y el hambre, sin que sea cosa probada ni probable que este sistema sea insuperable: ya la especie humana intentará otros métodos y sistemas. Esto es seguro, tanto como la convicción del momento de quienes disfrutan de sus ventajas, de que no habrá cambios, como la hubo en la Edad Media, que no soñó el Renacimiento; como el colonialismo que no supuso el independentismo; como el comunismo que no esperó caer tan pronto y tan estrepitosamente. Así somos los humanos, casi nada es para siempre.

Lo que con imprecisión se achaca al régimen económico de moda, es el derrumbe ético de Occidente (el Oriente, para este menda es desconocido, como otro planeta; si allá pasa lo mismo es cosa que ignora del todo).

De a pocos y por razones que no vienen al caso, hemos desplazado primero a la religión y después a Dios, de la vida pública, primero; de la privada, después. Como estamos en México, conviene decir que no se refiere el del teclado al catolicismo sino en general a todas las religiones y dioses en que cada quien crea o haya creído. Otra vez: tiene ventajas y desventajas. Está requetebien que no influyan las creencias religiosas de un grupo -por numeroso que sea-, en las leyes que se aplican a todos. El laicismo vale en la medida en que no reprima ni persiga ninguna religión, impidiendo, eso sí, que intente ser  norma jurídica para todos o pretenda dirigirles la vida.

Sin embargo estamos viendo impasibles, que crece un tomarse el rábano por las hojas cada vez más generalizado. Discretamente se ha ido imponiendo la idea de que no regir la vida pública, ni el derecho público, por principios religiosos por buenos y santos que sean, dado que obedecen a creencias y dogmas que no es conveniente imponer a todos, teniendo todos el derecho a creer en lo que mejor les parezca, es equivalente a erradicar la ética de la vida pública y personal. No.

Hay quienes afirman que ley y ética no tienen relación, pues confunden que no toda la ética puede ni debe contenerse en la ley, pero que la ley sin ética queda en envase vacío. Hay ciertamente actos humanos en los que la ley debe abstenerse de intervenir, sin que por eso sean o no indecencias o faltas morales, que al no incidir en los demás puede la ley pasar por alto. Pero no puede haber actos humanos contra la ley que esta pueda pasar por alto, pues supuestamente la ley custodia que nadie afecte el derecho ajeno, el de los otros.

Así las cosas y por lo que sea, hemos sacado a la religión, a Dios y ahora a empujones vamos echando por la ventana la ética, sin percatarnos que a cambio, estamos aceptando lo puramente pragmático como norma, y cuando lo útil, lo que conviene, se hace equivalente a lo bueno, resulta que el dinero, siendo tan conveniente, ha ido imponiéndose como sinónimo de éxito profesional, de bienestar familiar, de aceptación social.

Por ese camino, no vamos por buen camino. El dinero es un instrumento útil y necesario pero no es unidad de medida de bondad y decencia, que hay casos, créamelo, de gente que tiene mucho dinero y todo mal habido.

Esto ya permeó en la vida pública, en el gobierno: dinero, dinero y más dinero, parece ser el objetivo primero de algunos de quienes debieran dedicar su esfuerzo a servir a la sociedad, pero sin darse cuenta (supone uno), se sujetan a un nuevo mandamiento: Amarás al oro sobre todas las cosas y al dinero como a ti mismo, y eso es un plan de vida cuya premisa es que todo se vale: si da dinero, es conveniente y se vale.

Si aceptamos en nuestra vida personal al dinero y lo material como objetivos vitales y primeros, entonces con qué cara hacemos como que nos escandaliza el funcionario ladrón. Cuando todo vale, no vale quejarse

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