jueves, 24 de noviembre de 2016

8310. BARRIDO Y FREGADO.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Barrido y fregado.
Tío Leoncio era Caballero de Colón y de la Acción Católica Mexicana; su mujer, tía Magda, era de la Orden Terciaria de San Francisco y de la Asociación de Damas Católicas; su casa parecía iglesia, llena de cuadros e imágenes de bulto de santos, y en su recámara había dos reclinatorios cada uno con un crucifijo enfrente; no tuvieron hijos y a los niños de la familia no nos gustaba visitarlos porque terminando la comida rezaban el rosario. Pepe, el más impresentable primo que tenerse pueda, burlonamente les decía ‘La Sagrada Familia’. Siendo ya grande el del teclado le preguntó por qué no los había respetado nunca y fue cuando me enteré que al tío Leoncio, en ciertos ambientes de barrios no recomendables de las afueras de Toluca, se le conocía como ‘La Leona’; que tía Magda era dipsómana (borracha, pues), y que vivían de organizar jugadas de póquer en su casa. Lo del rosario era nomás cuando tenían visitas. En algo iba a tener razón Pepe en su vida.

En México nos ha molestado mucho y por sobradas razones, la boquita de don Trump quien aún si su madre hubiera sido una santa, no deja de ser un hijo de la ya sabe qué. De acuerdo.

Leyendo la columna de ayer de Héctor Aguilar Camín, que se refiere a la de Jesús Silva Herzog-Márquez, del lunes pasado, recordé a los tíos esos.

En México nos viene bien un baño de verdades, porque en lugar de vernos al espejo miramos un retrato de quién sabe quién, que se parece poco a nosotros. La gente que piensa de México y los mexicanos como ser atreve a decir el patán de Trump, es mucha más de la que pensamos. Nuestro contacto con extranjeros mayoritariamente es con turistas que nos visitan o cuando andamos de turistas, y así no se entera uno de qué piensan de nosotros y de nuestro país: la visita no critica el tapiz de la sala de su anfitrión y si uno va de visita lo atienden bien, claro.

Apenas este domingo pasado hicimos un papelón en un juego de futbol americano que se disputó en el Estadio Azteca (por razones que no alcanza a entender su texto servidor, pero que parecen tener relación con nuestra insistencia en serles simpáticos a los yanquis); y ni por quedar bien la gente se comportó, al grado que ya se habla de que podrían cancelarse otros partidos de equipos estadounidenses de ese extraño deporte que tiene más reglas que la Corte Internacional de la Haya.

No se ofenda pero lo que piensa Trump es lo que piensan y no nos dicen muchísimos habitantes de los EUA. Y en Centroamérica la cosa es mucho peor, muy justificadamente, porque el trato que damos a los migrantes de ese origen es infinitamente peor que el que nos dispensan los policías yanquis o los vigilantes civiles de la frontera de Arizona (son centenares si no es que miles los desaparecidos centroamericanos; son decenas de miles los que sufren secuestros y extorsiones de bandas criminales y cuerpos policiacos de nosotros).

Tenemos todo el derecho del mundo a exigir respeto, como gente y como país, que no es de despreciar nuestra cultura ni nuestras artes, ni nuestra economía ni nuestra capacidad de producción, pero aquí entre nosotros -no lo ande contando-, también tenemos que aceptar que ya va siendo hora de ponernos serios y exigirnos más.

Comenta Jesús Silva que tiramos al basurero el auge petrolero que duró una década; es cierto: vendíamos el barril a cien dólares, entraron ríos de dinero al país y se nos esfumó todo, pues no se concretó en infraestructura y generación de empresas productivas. Que nuestro desempeño económico es mediocre; y también es cierto: muy pocas empresas nacionales compiten en el plano internacional y el resto son un océano de medianías e improvisaciones. Supimos multiplicar nuestras exportaciones por seis desde que se firmó el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, pero nuestro consumo interno no mejoró en esa proporción por la concentración brutal del capital que propicia nuestra organización casi feudal de la producción, con las inequidades que persisten, pues aunque se ha mitigado la pobreza respecto de hace 50 años, tenemos a más de la mitad de la población viviendo (diría don Manuel), ‘de la caza y la pesca’, de milagro. No mejoramos los salarios y nos hemos quedado impávidos viendo huir del país durante décadas, a millones de mexicanos, que ahora son nuestro orgullo y a los que agradecemos sus remesas, sin que nos remuerda la conciencia que se hayan tenido que ir, ni que no hayamos sabido crear una efectiva red de protección de sus derechos en el extranjero. Le repito: no lo ande contando, pero no tenemos vergüenza.

Los escándalos de moda en Veracruz no son sino la punta de un inmenso iceberg de ineficacia gubernamental agravada por una inmodesta y cínica corrupción estructural que no conocíamos en México, país en el que algo sabemos de eso, pero así, a este grado, no lo habíamos observado nunca: empleados públicos que no reciben ni su sueldo, hospitales sin medicamentos ni materiales de curación, quirófanos sin equipos de anestesia, universidades sin presupuesto, escuelas bajo los árboles, maestros sin pizarrón (aunque les den equipos de cómputo a otras escuelas en las que carecen de energía eléctrica).

Que vaya mucho allá donde usted y yo queremos que vaya el Trump, pero piense que no dice esas barbaridades de los alemanes, los daneses, los japoneses ni muchos otros. Lo dice de nosotros porque lo propiciamos siendo autocomplacientes y tolerando a nuestros gobernantes lo intolerable.

Con y sin muro, tenemos que reaccionar. Con y sin TLC, tenemos que hacer mejor las cosas. Con y sin remesas, tenemos que generar riqueza. Con y sin deportaciones masivas, tenemos que empezar a respetarnos y aparte de exigirle al Trump que nos respete, exigírselo primero a nuestros gobernantes.

Al pelo le viene al gobierno como distractor de todos nosotros el tipo ese que se va a hospedar en la Casa Blanca, pero a ver si nos vamos fijando en a quien vamos a alojar nosotros en Los Pinos.


Ya es hora de dejar de aparentar: necesitamos un buen barrido y fregado.

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