miércoles, 14 de diciembre de 2016

8381. SE ACABÓ LA FIESTA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI
 
LA FERIA

Se acabó la fiesta.    
Tío Martín en la familia tuvo siempre fama de tonto. En su trabajo, en cambio, era muy respetado, se dedicaba a los explosivos en una dependencia de gobierno que a veces lo mandaba a hacer trabajos para empresas de minería, para casos en los  que era poco probable es que saliera vivo el que hiciera la voladura… y siempre regresaba enterito. Un día la abuela Elena, la de Autlán, oyó que alguien dijo que era muy valiente y corrigió: -No, valiente fuera si supiera el riesgo que corre, él nomás es un bruto y ni se entera que está vivo por pura suerte –hasta que se le acabó la suerte y el velorio fue con un pedacito de suela de una bota, que fue todo lo que se recuperó de tío Martín, tan valiente.

Viendo los hechos y oyendo los dichos de la clase gobernante actual de México, parecen tener en su mayoría, vocación de artificieros (palabra ya en desuso, para definir a los que se dedican a los explosivos). En su mayoría pone el del teclado, porque hay algunos que dan muestra clara de tener la cabeza en su sitio y sana la conexión del cerebro con la lengua, pero no son todos los que debieran ser, ni son así todos los que están al frente de las graves responsabilidades que implica conducir un país.

La penosa verdad es que el actual gobierno, con esas respetables excepciones que en todo hay, la triste realidad es que eso que llamamos clase política, la de ahora, es impresentable. Hacen barbaridades, los envuelve el escándalo, mienten de manera sistemática con frases vacías de contenido, saben que no les creemos, les importa poco: se saben impunes y ni la actual cacería de exgobernadores y exfuncionarios cómplices frena sus correrías; así de honda es su fe en la impunidad.

No es ya solo el afán de dinero lo que los mueve, ahora tiran más alto: ahora el dinero es para ellos el camino directo al poder, ya sea una alcaldía, el gobierno de un estado o la presidencia de la república. Empezamos con el cínico ‘el político pobre es un pobre político’, para llegar a esto en que no basta con acumular fortunas, sino que hay que exhibirlas: trajezotes, relojotes, cochezotes, casotas, fiestotas, viajezotes, comilonas y hembrotas, propiedades en el extranjero (pero en Europa -Nueva York ya lo menos, por favor-, que San Antonio y Miami son de nacos), yates, jets y tomar por asalto las portadas de las revistas de alta sociedad, eso, pero-por-supuesto, que la suma de todo ello constituye la prueba pública de su importancia y fuerza política, que su futuro está asegurado, de su  cercanía con el poder grandote, ese que da todo, especialmente impunidad.

Y lo peor: la corrupción en todas sus variantes se les ha hecho más que vicio moral, cuadro patológico: las leyes son para violarlas; la moral es un árbol que da moras; mentir es herramienta de trabajo; no cumplir compromisos, estrategia. Ya así, es lo de menos disponer del erario como propio, endeudar al Estado y reír por las auditorias (porque para eso tienen a sus gatos, esos que firman por ellos; a sus prestanombres y ‘outsorceros’, hechiceros que saben borrar todo rastro de transferencias y movimientos ilícitos de dinero). El poder es así, creen sinceramente.

Olvidan que para la inmensa mayoría de ellos, el poder tiene fecha de caducidad. Salvo unos muy pocos, el resto pasa a las filas del olvido en tres, seis años lo más. Y quedan librados a sus fuerzas. Sujetos a que el más insignificante auditor federal o estatal, un buen día, diga: esta suma no sale… y a sufrir; a que el más despreciado de sus paniaguados aplaudidores y prestanombres, diga: esto es mío (y se los hacen, conoce este López algunos casos de gallos de altos vuelos). Son siempre muy pocos los que son respaldados desde arriba, muy pocos y eso, siempre y cuando no sean indefendibles, nomás piense en el paria político que hoy es Salinas de Gortari, que si alguien tuvo poder, todo el poder, fue él y mire nomás donde acabó.

Y los otros, los que sí forman parte de los cuadros del verdadero poder, esos que siempre caen parados, no se han enterado que el país ya entró a ligas mayores, en donde juega el imperio global del capital… y para nuestros recién redimidos de la combi y la torta de tamal, soplan vientos de fronda: esos inmensos intereses mundiales para venir a invertir-saquear (y hasta para invertir a las derechas), no están dispuestos a untar primero y después, las manos de los cuarenta ladrones de Alí Babá.

No señor: el capital, el inmenso capital de las empresas mundiales, no trabaja así: acomodan leyes, ponen gobernantes y esperan que la burocracia no les dé molestias, que haga su trabajo y no estorbe. Su corrupción es de otra que estos de acá no alcanzan a imaginar con sus hábitos de ratón de bodega de pueblo rabón. El imperio del capital es, para empezar, dueño de la máquina que hace los dólares que son la moneda única de todo el intercambio comercial del planeta y aunque le parezca increíble, tienen ética, la de ellos, y cuidan de su gente para cuidar sus intereses. No roban para tener casotas: nacieron en casotas.

Por eso entre otras muchas cosas, es tan buena noticia para México que de las cuatro entidades financieras y comerciales mundiales, en una, la OCDE, sea mexicano el que la preside (Ángel Gurría), y que para otra (el Banco de Pagos Internacionales, que es el banco central de los bancos centrales de los países que producen el 95% del PIB mundial), hayan escogido a otro, Agustín Carstens. Lo que en pocas palabras, significa que sí está el país ya francamente en esa cancha. De nosotros depende hacerlo bien y mejorar efectivamente las condiciones de la población, toda la población.

También por eso es que el Trump no nos debe preocupar tanto. México ya no es -ni para los EUA-, un país que se pueda dejar a su suerte. Ya lo verá.

Y lo que sigue: darnos a respetar y que nos respeten, depende completamente de nosotros, primero que nada barriendo y fregando bien la casa.


Señores asaltantes del erario, dejen la audacia o les revienta en la cara: se acabó la fiesta.

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