sábado, 17 de diciembre de 2016

8403. AMARANTA.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
desde Michoacán.
México. Para
Tenepall de CACCINI

Amaranta.

Y la alegría está en todas partes, está en la verde cubierta de nuestro planeta, en la azul serenidad del cielo, en la temeraria exuberancia de la primavera,en la severa abstinencia del gris invierno, en la carne viva que anima nuestro cuerpo, en el perfecto equilibrio de la figura humana, noble y bien parada, en el bien vivir, en el ejercitar nuestros poderes, en el aprender, en el luchar contra el mal… La alegría está en todas partes.
Rabindranath Tagore (1861-1941)
Escritor y poeta hindú.


El viejo y los ancianos, hombres y mujeres, hablaron toda la noche, yo me acurruqué en un equipal, cerca del fuego en el que había una olla de café y otra de té, era un espacio cálido,  me quedé mirando el fuego como hipnotizado y me dormí. Desperté cuando una mujer atizaba el fuego, el olor del café y del té se esparcía por la casa, no veía el rostro de la mujer, sólo su sombra, aún no salía el sol y el lugar estaba en penumbras, sólo las danzantes llamas del fogón iluminaban un poco el espacio.

 “Quiere café joven?”, me dijo la mujer, su voz era juvenil y transmitía inocencia y alegría, era la voz de una joven, mejor dicho de una niña, así eran sus movimientos también, “Me gustaría más un poco de té”, les respondí. La mujer me acercó un jarro con té, hasta ese momento vi su rostro, era una anciana, pero su cara seguía siendo la de una niña, su piel era suave y natural, destacaban sobre todo sus ojos que eran como estrellas; la niña-anciana olía a rosas.

De alguna forma después de varios días de ver sólo al viejo, al encontrarme con otras personas era como si las viera como realmente son, es decir, de alguna misteriosa forma podía percibir la energía de las personas, su vibración y los matices de sus emociones que se me revelaban con distintos colores e intensidades, la mujer que estaba en el fogón iba y venía dejando tras de sí una estela luminosa, brillante y dorada.

Me sorprendió muchísimo darme cuenta de esta habilidad que no sabía que tenía. Había leído algo sobre personas que poseían el don de ver el aura, es decir, el campo energético de otras personas, pero nunca había tenido una experiencia personal del fenómeno.

Hasta ese momento me dí cuenta que podía “ver” la energía de las personas; sin saberlo, había desarrollado mi capacidad de percepción, no sólo podía percibir el olor de las personas, también podía ver sus intenciones, lo que irradiaban desde el fondo de sus corazones.

La mujer comenzó a decirme algo pero yo escuchaba sólo bellas notas musicales salir de su boca,  era como una canción, entendí que se llama Amaranta, un nombre muy adecuado para ella que significa flor que no se marchita, dijo que vivía para cuidar las flores y que amaba a esos pequeños seres generosos que ofrendan su belleza, su perfume y sus colores sin pedir nada a cambio; la voz de Amaranta era como agua cristalina saliendo de un manantial, deslizándose suavemente, penetrando y fecundando la tierra, me sentí reconfortado con su presencia, atrapado en su mágica energía.

Amaranta era pequeña, probablemente apenas pesaría 50 kilos y su estatura no rebasaría el metro con cincuenta centímetros, su cabello era completamente blanco, pero si la veías con los ojos del corazón veías a la niña inocente que ella es.

Estaba fascinado con las melodiosas palabras que se transfiguraban en mariposas al salir de los labios de Amaranta; las mariposas amarrillas iban y venían brillando intensamente al pasar a través de los rayos del sol que ya se asomaban entre las rendijas de las ventanas. Amaranta abrió las ventanas y la puerta y salió, las mariposas la siguieron alegremente, como una nube de promesas para un nuevo día. Entonces supe que la alegría de vivir viene de la inocencia y que algunas personas como Amaranta, son seres de luz que iluminan la vida de los demás. 

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