miércoles, 21 de diciembre de 2016

8420. ¡AY, ES LA EDAD!

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI  

LA FERIA

¡Ay, es la edad!      
Este López confiesa su total ignorancia sobre cómo se educa a los niños actuales, o cómo fueron formados los adolescentes y adultos jóvenes de ahora. 

En el pricámbrico clásico, se nos troquelaba el cerebro con unas cuantas ideas; básicamente: respetar a los mayores (y obedecerlos sin hacer mala cara); estudiar  (y no hacer el ridículo con las calificaciones); ir a la iglesia con la mamá (a veces se incluía al papá), obligación que perdía vigencia a partir de los 15 ó 16 años (misterios de la época); ‘tener palabra’, que era cumplir los compromisos; y también, tener honor y ‘valor cívico’ (que no explicaban qué era, pero a sopapos iba uno entendiendo que tenía algo que ver con aceptar las consecuencias de los propios actos, no ser rajón, no echarle la culpa a otro de lo que uno había hecho, decirle ‘oficial’ al gendarme de la esquina y en general y sin detalles: ser ‘buen ciudadano’).

Todo eso, bajo el supuesto de que ya estaba uno debidamente entrenado en principios elementales como el aseo personal, no comer con la boca abierta, andar peinado, bolearse los zapatos, mantener razonablemente ordenadas sus cosas y hacer la tarea (eso era no-negociable).

Los papás de entonces, al menos los de la generación de mediados del siglo pasado, tenían una obsesión: que los hijos tuvieran ‘carrera’, o sea, que se graduaran en la universidad, la que fuera, de preferencia la Nacional.

‘Estudia’, decían, ‘si no quieres quedarte en perico perro’ (frase esta que pone de manifiesto la gran influencia de André Breton en el adulto mexicano de antaño: surrealismo grado 33. ¿Perico perro?... Dalí y Buñuel: verdes de envidia). En fin: el que no hacía carrera, estaba frito (ya luego la vida se encargaría de hacernos saber que un amplio sector de la población estábamos fritos con y sin carrera); y el que la empezaba y la dejaba sin terminar, había ‘reventado’.

El caso es que había que titularse de algo, sí o sí, y entonces había muy pocas ‘carreras’: médico, abogado, ingeniero civil, arquitecto (ya con calzador) y otras no muy populares (al primo Esteban su papá le dio una cintariza cuando le dijo que quería ser ‘químico fármaco biólogo’, porque creyó que se estaba burlando de él; tía Martha echó de su casa a Mario porque se inscribió en Filosofía y Letras); pero los tiempos cambian, antes no era como ahora que cada quien estudia lo que quiere y hay carreras de todo pelaje, de licenciado en administración de empresas ecoturísticas invernales a ingeniero en mecatrónica; de licenciado en gastronomía rural danesa, a licenciado en moda internacional con especialidad en temporada otoño-invierno.

Aparte, el título universitario en aquella época, tenía varios usos (‘aplicaciones’, dirían hoy): era el ‘arma’ para la vida (y la mejor ‘herencia’… bueno, eso decían los papás que iban a dejarle a los hijos sólo la factura de sus propios funerales); también era sustituto de los títulos nobiliarios (de ahí nuestra costumbre de anteponer al nombre el título, cosa que en otras latitudes nadie hace, igual que el sastre no firma anotando su oficio); era un igualador social, y por supuesto timbre de orgullo de los papás (‘tengo dos licenciados y un doctor’, oía uno decir a un viejo, presumiendo su invaluable aportación a la sociedad).

Y esto de los estudios universitarios como certeza de progreso personal evolucionó de tal manera que ahora no basta ser licenciado en algo, sino que se requiere la maestría y el doctorado para no ser perico perro; y encima, ya es saber común que el progreso nacional, el crecimiento del producto interno bruto, la solución de la pobreza y el aseguramiento de la salud pública, dependen del número de ciudadanos cargados de títulos. El ‘valor cívico’, tener palabra y el honor, ahora no raramente ya son vistos como curiosidades de la gente de antes y la parte chistosa de guiones de series de televisión (la británica ‘Downton Abbey’, para asomarse a modos y costumbres de los nobles ingleses de principios del siglo pasado; o la telenovela ‘Alborada’, para asombrarse por lo que antes era en México tener un hijo fuera de matrimonio o bajo sospecha de ser ‘gay’).

Tan es así que hasta se ha legislado en algunos estados, que para ser Gobernador o miembro del gabinete, se tenga un título universitario, ¡sí señor! Y si alguien dice que  no tuvieron cédula profesional Platón, Aristóteles, Da Vinci, Newton y Edison, son puras ganas de alegar, porque no había universidades o  eran otros tiempos, no como ahora en que si no se ‘prepara’ uno se lo lleva el tren, aunque tampoco hayan hecho carrera personas algo exitosas de estos tiempos como Bill Gates, Esteve Jobs o García Márquez (para ni mencionar que no portaban títulos universitarios Obregón, Calles, Lázaro Cárdenas, Ruiz Cortines; José Martí ni Simón Bolívar…). Nada vale: estudiar carrera universitaria es dogma.

Ayer mismo y por lo mismo una prestigiada y ameritadísima investigadora mexicana, doña Ana Cecilia Noguez, física especialista en nanotecnología, laureada con el Premio Nacional de Ciencias 2016, explicó que más nos vale desarrollar nuestra ciencia y tecnología o nuestra sociedad va a pagar el pato (ella lo dijo bonito).

Está bien… pero, mientras, ¿qué tal que nomás nos proponemos volver a ponerle atención a nuestro campo y a nuestra cultura?, eso y darle  muy buena educación básica a todos; sí, que nomás volviéramos ser otra vez autosuficientes en alimentos y que la cultura regresara a la vida cotidiana; por supuesto sin dejar de meterle recursos a las universidades, pues si sólo tuviéramos muy buenos médicos, licenciados en derecho, ingenieros agrícolas, civiles y petroleros (y contadores, mal necesarísimo), con eso ya podríamos esperar el futuro con menos hambreados y mayor dignidad; porque además, los genios no los hacen las universidades… ni los millonarios.

Pudiera ser mejor tener a todos bien nutridos, alfabetizados y cultos; recuperar la inmensa dignidad de ser campesino, maestro rural y médico de pueblo… ¡ay, es la edad!

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