miércoles, 11 de enero de 2017

8500. VIVIR CON SABANDIJAS.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Vivir con sabandijas.
La abuela Elena contaba la historia de su tatarabuelo con detalles, inventados y reales. Ella lo conoció ya a varios de sus hijos también.

Que llegó por allá nomás con su mujer hasta donde se le murió el último caballo. Que no había más adonde ir ni tenían adonde. Padecieron lo que había que padecer, él trabajando la tierra como aprendió de su padre, que aprendió del suyo y así, hasta no saber de quién aprendieron todos. Ella, lo mismo en el surco y pariendo.

Unos indios, después de mirarlos de lejos meses enteros, les dijeron a señas a qué rumbos no fueran nunca. Les dejaron un caballo. Jamás fueron para allá y no volvieron a verlos.

Luego llegó gente, así nomás, como si los llevara el viento. Nadie se puso de acuerdo pero él mandaba, todos comían. Llegaron más. Se hizo pueblo. A los que no les gustaba, se iban; igual los que se portaban mal; y los de bragadura grande, se morían.

Un día se presentó un cura. Le hicieron iglesia, de adobe, chiquita; ponerle campana tardó casi 10 años, ni falta hacía entonces, después sí.

Pasados 40 años tenían ya muchas reses, las criaban silvestres, eran de todos; las cabalgaduras, el ganado menor y las casas tenían dueño; la tierra de labranza, no, esa decía él -y el agua y el aire-, no podían tener dueño, ¿de dónde?

Vendían ganado y grano muy lejos, en la provincia de Autlán y en la intendencia de Guadalajara, que así se llamaban. El dinero se repartía a partes iguales entre todos, que a partes iguales se partían todos los lomos.

Los viejos y los enfermos se morían nomás. Hubo doctor mucho después, porque llegó, sin entender nadie para qué, pero lo visitaban para que comiera sin humillarlo.

Escuela no hubo, él enseñó a leer y a escribir a sus 23 hijos -de su mujer y de otras-, que le enseñaban a los iban llegando, grandes y chicos, a las mujeres también. Luego una de las viudas García, porque quiso, se dedicó a enseñar a los niños, en su casa y sin más; luego eran ya tantos que le pusieron tejado al corral de las García; muerta ella, una de sus hijas que no se casó, se dedicó a lo mismo; fue esta la que llevó libros. Si eso es escuela, esa era la escuela.

Por unos soldados que hablaban un poco de español y andaban perdidos, vinieron a saber que todo había cambiado en el país, empezando por el nombre y desde hacía años, el tamaño, que nomás quedaba la mitad. Eran franceses. Meses después que se fueron, fue el nacedero de niños güeritos, de ojos zarcos y verdes. Muchos.  

Para cuando él decía que tenía más de 90, su mujer decía que menos y que ella muchísimos menos; podía ser, pero cuando mi abuela tenía 12 y su papá 32, el abuelo de ella andaba en los casi 50 y el papá de este, su bisabuelo, por ahí de los 70; entonces sí, su tatarabuelo tenía más de 90. Y todos vivos.

Él seguía mandando y todo arreglaba; si iban a verlo, resolvía los asuntos. Según la abuela Elena, él decía: al que lleva razón, no le des tanta que ofendas al otro; no hay que cansarse de dar razones a quien le cueste entrar en razón, hasta que entre en razón; al que no oye razones, no se le dan, lo doblas nomás, por no oír razones y si hace falta, se muere.

Entonces fue que llegaron, cuando ella tenía doce de edad. Juntaron a todos y les hablaron. Que eran del gobierno, que hacía mucho el país era república y los enteraron de otras cosas que ahora iban a hacer. Que regresaban al año. Que se quedaran pensando.

Volvieron. Se juntaron con ellos en el corral de la hija de la difunta viuda García, el que estaba techado. Él habló por todos, porque todos quisieron, con todos oyendo: les dijo a los del gobierno que los había oído bien y de buenas, y con él los demás, porque sabía que tras ellos irían soldados y las cosas serían igual pero de mala manera. Que ahora lo oyeran a él:

Que de donde él había llegado, había nobles y rey, gobierno no lo sabía; y que allá tan lejos, todo era de esos, la gente incluida, y que por fuerza en todo ganaban sin más que hacer que hacer fuerza; que por eso había dejado su origen hasta tan lejos, viviendo sin quitar nada a nadie, y los otros, todos habían ido llegando cada uno por sus razones. Ahora una vida después, resultaba que un gobierno, sin saberse quién lo había hecho gobierno, venía a disponer como dueño y patrón de todos. Pero que estaba bien.

Que de poner nombre al pueblo, que le pusieran el que quisieran, les daba lo mismo; en lo de tener registro civil, aunque todos sabían su nombre y de quién eran hijos, cuál su mujer y los nombres de sus fieles difuntos, que lo pusieran también.

No entendía para qué necesitaban alcalde y cabildo, y que les tuvieran que pagar por  mandar si ellos se mandaban gratis. Tampoco entendía que el gobierno les pusiera un juez, pues siendo cierto que no conocían las leyes, todos distinguían lo que estaba bien de lo que no, sin que otro de fuera viniera a decirles -con suerte-, lo mismo nada más que cobrando; además, que de dónde salían esas leyes, porque al menos a ellos nadie les pidió parecer. Pero si tenía que ser, que fuera, que les pusieran alcalde, cabildo y juez, pero sin sueldo, que trabajando se gana la vida y siendo serios se gana el respeto.

Que eso de que el gobierno le iba a dar tierras a cada uno, era gracia de dueños y el gobierno no era dueño de nada; que esas tierras no eran de nadie, como seguían siendo, que ellos nomás les sacaban sustento; pero que estaba bien, si antes de poner dueño a cada pedazo, les explicaban si cada difunto iba a heredar a sus hijos porque con cada difunto, iba a quedar menos tierra que dejarle a los hijos. Que si arreglaban eso, también aceptaban.

Y de pagar contribuciones también estaba de acuerdo, nomás que si tenían que dar parte de lo que ganaran, cuando perdieran, que el gobierno entonces pusiera su parte.


Se fueron, porque eran muy pocos. Él le dijo a la gente que iban a volver con soldados. Que bien podían matarse con ellos, pero que al fin, esos siempre eran más y si preferían, se ahorraran los muertos y mejor fueran aprendiendo a vivir con sabandijas.

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