jueves, 12 de enero de 2017

8503. “PANDILLEAR”.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

“Pandillear”.
Supone este López que está usted de acuerdo en la importancia de que las palabras se usen conforme al general entendimiento que se tiene de ellas. Que nadie diga perro en vez de vaca o nalga en vez de mano, tiene su relevancia, evita confusiones y bochornos   (imagínese un anuncio: “se vende queso de leche pura de perro”; o que en un juicio le pidieran: -‘Alce la nalga derecha y jure que dirá la verdad, toda la verdad…); estando de acuerdo en esto, tal vez le resulte de interés revisar algo de cómo utilizamos la lengua (el  idioma, pues).

Por un lado, hay palabras que con calzador o como sea, pero se ha conseguido que la Real Academia las incluya en el diccionario con la acepción actual y otras en que tal vez debamos reflexionar porque las usamos queriendo decir una cosa cuando la realidad es muy otra… en México.

Sobre las consecuencias de nuestro peculiar uso de los términos, un ejemplo nomás: el vocablo “señorita”, que desde el pleistoceno nacional, inadecuadamente se aplicó a la persona del sexo femenino de la que se suponía, así a ojo, por juventud o brevedad de cintura, virginal condición; luego, probablemente por acumulación de desengaños, se implantó la costumbre de llamar señorita a cualquier mujer joven o que tome dictado, o nos pida la orden en el restaurante; o que no siendo joven, ni secretaria, ni mesera, no esté de malos bigotes y ande sola. Originalmente, la palabra ‘señorita’ se usaba -ya fuera una cándida púber o una trotacalles-, para la hija de un señor (y al varón -hijo de señor o persona destacada-, se le llamaba ‘señorito’, cosa que ¡bendito sea Dios!, cayó en desuso). En fin, como la Academia de la Lengua es democrática a palos, la venció la raza y ahora es aceptado que se use ‘señorita’, como ‘término de cortesía’ y sí, en la más apabullante mayoría de los casos, es una simple cortesía sin ninguna relación con el tráfico viril experimentado por la dama, ni que el papá reciba a las visitas en calzones y chanclas pata de gallo.

También hemos vencido a la Academia y a regañadientes ha tenido que modificar el diccionario, con palabras tan normales para nosotros como ‘torta’, que no es para el resto del mundo hispanohablante lo que para nosotros es, sino pastel, bofetada y otras cosas en nada parecidas a una estupenda de chorizo con huevo; o la palabra ‘banqueta’ que los honorables académicos tuvieron que aceptar como mexicanismo para ‘acera’, sin que a la fecha entiendan por qué la usamos así siendo la ‘banqueta’ un asiento sin respaldo, un escabel, usted me entiende.

Sin embargo, la apoteosis del peladaje (todos nosotros), fue con la palabra “quesadilla”, originaria de España y referida a un pastelillo de harina de trigo, relleno de dulce, frutas confitadas o almíbar, que en México (¡sí se puede!), usamos, primero, para pedir una tortilla con queso manchego doblada en dos (mestizaje culinario) y luego hasta sin queso, llamándola igual, ya sea de papa, chicharrón o huitlacoche (y de las “gordas” rellenas de maciza otro día que no haya niños, comentamos).

Hasta aquí cosas sin consecuencias, pasemos a lo serio:

Para no meternos en honduras, demos por bueno nuestro irreflexivo uso de “país”, al referirnos a México, porque en rigor, país es un territorio con unidad geográfica, política y cultural y francamente, con la población por su lado y los políticos por el suyo, con varios estados a las órdenes del cacique-gobernador de turno, y regiones en las que mandan los delincuentes organizados, mucha unidad política no se puede predicar… pero dejemos esa tonada, que es cosa muy grave y no conviene a nadie proponer la independencia de Oaxaca, darle gusto a los yucatecos, o matar de un ataque cardíaco colectivo (por entusiasmo desbordado), a algunos de Nuevo León… quedarían retazos de patria.

Lo que sería interesante es que ya la Real Academia de la lengua española acepte como mexicanismo una tercera acepción del uso de “democracia”, porque las dos hasta hoy admitidas, son: 1. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno; y 2. Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado; y no aplican en nada a nuestro caso. Se propone: 3. Méx. Farsa colectiva similar a la plutocracia, el predominio de los ricos en el gobierno, de liderazgo visible sexenal, cohesionado por corrupción masiva y clara tendencia anárquica. O la que le parezca mejor, pero no podemos seguir llamando democracia a este desmadre (no es uno majadero, vea: desmadre: 1. Acción y efecto de desmadrarse; conducirse sin respeto ni medida).

Otra es “gobierno”, la “acción y efecto de gobernar o gobernarse”. Si “gobernar” es “mandar con autoridad o regir algo”, acá no aplica: lo que llamamos gobierno a veces es autoritario, pero no tiene autoridad, ni rige, que por algo tenemos a la mayoría de la población ocupada en la informalidad (sin mencionar a malandrines de cuello blanco o de AK47, para qué). ‘Gobierno’ también es “dirigir un país o una colectividad política” y si usted piensa que nuestro gobierno nos dirige, entonces le recomiendo escuchar la Novena sinfonía de Beethoven interpretada por la Arrolladora Banda Limón (le va a gustar).

Por otro lado, estemos alertas con la palabra ‘soberanía’. No se lo dice el del teclado por el Trump, que hasta nos puede ayudar a resucitar el patriotismo, sino porque como que se nota que nuestros políticos ya entienden otra cosa muy lejana de ‘Estado independiente’, y de a poquitos, en nombre del libre comercio, todo se decide según dicte el mercado, de modo que ahora no se hace lo que dé utilidades (a alguien), aunque sea lo correcto, que por eso, dicen, dejamos de hacer gasolina, sin pensar en que era un asunto de soberanía, igual que los fertilizantes, porque (otra advertencia), lo que ajusta al gobierno nacional y buen número de estatales y municipales, es la palabra “pandilla”, que en el diccionario se define como “liga o unión que forman algunos para engañar a otros o hacerles daño”.


Eso sí son, pandilla y se dedican a “pandillear”.

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