miércoles, 18 de enero de 2017

8535. PURO DESPERDICIO.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Puro desperdicio.
Beto era un primo de este López que padeció toda su corta vida (falleció de 23), de un extraño mal: todo descomponía. No es que fuera descuidado o en exceso bestia, no, era solo que lo que tocara, se descomponía. En aquella era del pricámbrico temprano del siglo pasado, no existía el bolígrafo (le dijimos por décadas, ‘pluma atómica’): todos los niños usábamos pluma fuente, menos Beto, porque se le doblaba la plumilla, se le rompía la palanquita para cargar tinta… se le descomponía, pues, y daba pena verlo escribir con su lápiz… roto. Reloj nunca tuvo; una vez su papá le prestó el suyo y al ratito se paró; el relojero se dio por vencido y lo devolvió diciendo que no tenía arreglo aunque tenía todo bien y en su sitio. Quiso aprender a manejar y se inscribió en una ‘Academia de Manejo’; después de tres coches descompuestos, nomás dándoles marcha, le devolvieron su inscripción y nunca aprendió. Era una leyenda en la familia. Atascó varios ascensores retacados de gente, por andar apretando él el botón del piso al que iba. Una vez en el ‘Liverpool’ del Centro, se le ocurrió usar la escalera eléctrica que de repente, se detuvo en seco y hasta heridos hubo. Se casó joven con una hermosa y juncal señorita -un encanto de trato y modos-, que en tres meses se le volvió un cetáceo con carácter de carcelera y unos como granos negros en la nariz muy feos. Todo descomponía. En esos tiempos solo calentaba uno agua para bañarse (lo que tiene su lógica), quemando en el ‘boiler’ (marca Corona, apoteosis del ahí-se-va, de la industria nacional de la época), un combustible (bolsa de papel de estraza llena de aserrín humedecido con petróleo, dos por cinco centavos en cualquier miscelánea); cuando la modernidad nos llegó y todo mundo empezó a poner en su casa calentador de gas fue que murió Beto, el mero día que lo estrenó.

Vino la evocación del fallido Beto, leyendo ayer que en la Cámara de Diputados, la fracción el PRI (este, el neoPRI de don Peña), ha presentado una iniciativa de ley para reducir a 100 el número de diputados plurinominales (o de lista, o sea, los que no elige nadie); de esta manera, en lugar de 500, serían 400 diputados (300 de mayoría -o sea, elegidos-, y 100 pluris). La intención es hacer como que ahorran, actitud que está de moda porque, gracias a su fino olfato político, suponen que hay -o puede llegar a haber-, alguna incomodidad entre la gente por los incrementos de precios a gasolinas, diesel, electricidad y todo lo relacionado con esos productos (o sea: todo). Tienen razón, ya ve que hay gente que lo que no le gusta, no le acomoda…

Sin embargo, se le sugiere al señero vicecoordinador del priísmo en la Cámara de Diputados, Carlos Ramírez Marín, quien presentó la iniciativa que redactó el ilustre y muy ponderable don César Camacho Quiroz, nuevo valor del partido tricolor, que ya en ese plan y no sólo por ahorrar dinero, mejor propongan la desaparición de todos los diputados y senadores. No se molesten, de verdad, la patria aguanta; no pasaría nada, se los aseguro, no se angustien: podemos seguir nuestra vida 120 millones de mexicanos sin gastar 9 mil 296 millones de pesos en mantenerlos a ustedes y a los senadores, no se apuren. El presupuesto total en 2017 para el Congreso es de 14 mil 447 millones, así que con el cambio (que no es poco: 5 mil 151 millones), se pueden mantener las oficinas en que sí se trabaja o casi duplicar el presupuesto de la Auditoría Superior, porque, ¿saben qué?, eso sí nos interesa más.

Lo que sí es claramente un exceso, es tener 500 diputados federales y 128 senadores, 628 legisladores, para una población de 120 millones… digo, en China son 1,357 millones de habitantes y su Congreso lo forman 3 mil chinos, que se reúnen una vez al año (le repito, porque se distrae: se reúnen una sola vez al año); y el resto del tiempo todo el trabajo legislativo lo hacen 157 señores (chinos). Guardando la proporción, entonces en México podríamos (¿deberíamos?), funcionar con un Congreso de 265 personas que se reunirían una vez al año, y un poder legislativo en trabajo permanente, de 14 nacionales mexicanos, de preferencia sabios. Nada más falta agregar un detalle: en China, los 3 mil diputados NO cobran sueldo, son el órgano máximo del gobierno del país, pero de barbas, gratis, de filete. Los 157 que hacen la chamba legislativa ordinaria a lo largo de todo el año, sí cobran, algo, no mucho, para vivir sin penurias.

No ha enloquecido el del teclado como para proponer que el país se quede sin Congreso, no (ni para sugerir que andemos copiándole todo a los chinos, que allá la ley castiga al funcionario corrupto con pena de muerte… faltaba más).

La idea es que nada más haya congresos estatales y que cada uno de estos, nombre a unos cinco o seis de entre ellos, que integrarían el Congreso de la Unión y si quieren dos cámaras, dos pongan (pero sin sueldo, que ya van pagados por sus estados). Bastaría con que se reunieran de plano cuando sea muy necesario (unas tres veces por sexenio), que casi todo se puede hacer por internet (incluidos los pleitos). Sobran, todos. Y que cada congreso estatal mande un par de representantes que legislarán de planta (¡diario!)… y no van a mandar acémilas, no, que de los estados salen todos (a menos que piense usted que viviendo en la CdMx funciona mejor el cerebro).

Es apenas una idea. Habría que pulirla mucho… ¿nos convendrá más tener un Parlamento?... ¿o que los alcaldes representen al país instalados como Congreso?... ¿o los gobernadores… o nadie?

Es muy complicado eso de organizar países. Por algo hay tantas y tantas maneras y variantes de hacerlo en este ancho mundo. Lo que sí merece una profunda reflexión es que, repasando nuestra historia y hechos nacionales, queda claro que tengamos el sistema que tengamos, lo descomponemos. Hemos sido colonia, república central, federal, imperio, dictadura y dictablanda… nada nos funciona, lo que fortalece la idea de desaparecerlos y ahorrarse tanto gasto que es puro desperdicio.

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