jueves, 19 de enero de 2017

8540. PAYASOS.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Payasos.   
Sin ganas de faltarle a nadie al respeto, sinceramente, pero como que entre algunas de las características de nuestra risueña nacionalidad está la de ser impermeables al ridículo.

Me explico: con un poco de seriedad y respeto propio, no podríamos quedarnos tan campantes cuando nos cuentan la conquista en la escuela, de veras, nomás imagine qué piensan los extranjeros de nosotros cuando nos oyen decir que Cortés con un grupo de amigotes, vino y derrotó al gran imperio azteca porque Moctezuma, en lugar de echarle encima a su ejército ahí mismo en Veracruz, le quiso dar mordida para que se fuera porque -y aquí lo más grave-, creía que era Quetzalcóatl (o sea: quiso sobornar a Dios, de ese calibre era don Mocte).

Así hay otros -no pocos- episodios nacionales. Piense si de verdad el generalísimo Santa Anna no da para personaje de película cómica; si no se extrañan los propios franceses de que Maximiliano y Carlota hayan logrado instalarse en Chapultepec, si fuera cierto que todos los mexicanos odiaban la idea de tener emperador; si de veras no se ríe a nuestras espaldas toda Latinoamérica, cuando se enteran que sostenemos ser el único país que ha invadido a los EUA, porque Pancho Villa fue a Columbus a aventar cuatro balazos… y tantas cosas más como nuestra colaboración en la derrota del imperio japonés en la Segunda Guerra Mundial, gracias al empuje del Escuadrón 201.

Jorge Ibargüengoitia en sus ‘Instrucciones para vivir en México’, tiene un capítulo (‘Lecciones de historia patria’), en el que algo dice de esta nuestra capacidad para aguantar a pie firme los mayores ridículos y pone como ejemplos algunas frases históricas pronunciadas con la mayor seriedad ya siendo independientes de España: “Se fortificaron en un lugar en que había de todo, menos agua.” “No tomó la precaución de apostar centinelas en la margen izquierda del río”. “Se quedó esperando al General M. que había prometido reforzarlo con cuatro mil de a caballo.” “Si tuviéramos parque…” “Se fue con el dinero que estaba destinado a comprar municiones…” “En vez de levantarse en armas, como estaba convenido, salió de viaje de estudio, rumbo a Alemania.” “Se dirigió a la Guarnición de la Plaza, con objeto de pedirle al comandante protección de su vida, pero no pudo hallarlo…”

Le repito: es sin ánimo de ofender, pero hemos de aceptar que es cierta nuestra inmensa resistencia al ridículo, como cuando el 25 de septiembre de 1964, el presidente de México (López Mateos), fue muy sonriente a la ciudad de El Paso, Texas, a recibir de Lyndon B. Johnson, un terreno de un kilómetro cuadrado que había quedado del lado gringo por un cambio de curso del Río Bravo (cien años atrás), y nuestro Presidente y la delirante masa de mexicanos ahí presentes, aplaudieron las siguientes palabras del presidente yanqui: “la devolución a México del Chamizal es un símbolo de que los problemas más agudos pueden ceder ante las armas de la paz”, sin darse cuenta que estaban todos como aceptando que los más de dos millones de kilómetros cuadrados que nos arrebataron en 1848, esos sí se los quedaba el tío Sam. Bueno… de lo perdido, lo que aparezca.

Claro que no es así toda nuestra historia. Hemos tenido gente seriecita al frente de nuestros asuntos: Juárez, Díaz, Calles, Cárdenas, claro que sí, pero tampoco es cosa de ponernos muy gallos cuando apenas hace dos días, publicó la prensa nacional la siguiente perla:

“La Comisión Permanente del Congreso de la Unión, rechaza la construcción de un muro en la frontera entre México y Estados Unidos y exhorta al Ejecutivo federal a continuar manteniéndose firme a la oposición a dicha obra. La Cámara de Diputados hace suya la decisión de no asignar recurso alguno para su financiamiento”.

Y -no se asombre-,  este documento, crucial en los momentos de negros augurios que vive la patria, fue signado por todas las bancadas en el Congreso de la Unión. Nadie dejó ir el carro de la historia… arde.

En primer lugar es muy dudoso nuestro derecho a aprobar o rechazar una obra que decida hacer en su territorio otro país (porque hasta nuevo aviso, es su territorio, robado, pero no hemos hecho nada porque sea reparado el atraco). Y en segundo lugar, que nuestros diputados firmen un papel diciendo que no asignarán presupuesto mexicano a una obra yanqui es como que de burla: ¿pues qué, piensan que sí podrían asignarle recursos?

Las relaciones con el exterior son responsabilidad del Presidente de la república y la Cancillería. El Senado aprueba -o no- los tratados internacionales que firma el Presidente. Punto. Calladitos, porque luego meten la pata.

Por supuesto nuestros diputados, senadores, arquitectos, sastres, manicuristas y voladores de Papantla, en cuanto  mexicanos, podemos y debemos manifestar nuestra oposición a que el vecino construya un muro, pues es una peladez… pero nada más. Que haga lo que le pegue la gana. Y lo de pagar la obra del Trump con nuestro dinero, ya le contestó el Presidente y con eso basta.

Don José Elías Romero Apis escribió para Excélsior el 14 de febrero de 2014, un artículo titulado ‘La política del ridículo’, que termina con estos dos párrafos:

“En el México actual, muchos muertos, muchos hambrientos, muchos inconformes, muchos peligros y muchos enemigos son una mezcla muy amarga y más si se complica con muchos ridículos, con muchos cínicos y con muchos payasos.

En esas condiciones tan difíciles, las clases políticas de las naciones deben buscar sus soluciones en los únicos lugares donde las encontrarán. En la seriedad, en la sobriedad y muchas veces, también en la soledad. Jamás las podrán encontrar en la piquera, en el burdel, en el garito, en la parranda, en la francachela, en el jolgorio, en la juerga, en la crápula o en la malandria”.

Sí, señores, sí don José Elías: muchos muertos, muchos hambrientos, muchos inconformes, muchos peligros y muchos enemigos, muchos ridículos, con muchos cínicos.

Y no dude usted que a la ceremonia del Trump el viernes vayan algunos de esos distinguidos payasos.

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