viernes, 20 de enero de 2017

8551. DUCASSE/LAUTRÉAMONT UN ESCRITOR DE RAÍCES URUGUAYAS AFRANCESADO.

Por el Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez.
Sociólogo, docente universitario, Investigador y poeta.
Desde el Estado de Guanajuato. México. Para
Tenepal de CACCINI

Un día 24 de noviembre de 1870, a las dos de la tarde y en París, se levanta la siguiente acta de defunción: “Isidore Lucien Duchase, hombre de letras, de 24 años de edad, nacido en Montevideo (América meridional), fallecido esta mañana, a las 8 en su domicilio de la calle de Faubourg-Montmartre, no 7, sin más datos. El acta ha sido levantada en presencia del señor Jules Francois Depuis, hotelero, calle de Faubourg-Montmartre, no 7, y de Antoine Millerte, camarero, en idéntico domicilio, testigos que han formado con nos, Louis Gustave Nast, adjunto de alcalde, tras haber leído y haber comprobado el fallecimiento ante la ley”.

Este joven “hombre de letras” nació, pues, en Uruguay país desconocido para el redactor del citado documento, en abril de 1846. Aquella fue la escueta papelería que dio cuenta de la muerte oficial del creador del Conde de Lautréamont, quien figurará a su vez como autor de uno de los libros más decisivos en la historia de la poesía del llamado Occidente: Los Cantos de Maldoror. Porque Maldoror, personaje central de estos Cantos singularísimos, es generado por el parisiense Lautreamónt más que por el montevideano Ducasse.

De Isidoro Duchase se sabe poco, según el investigador y traductor Manuel Serrat, sus supuestos biógrafos apenas si rozaron la biografía de una sombra, de un fantasma. Pese a ser un escritor de la segunda mitad del siglo XIX y a haber residido unos once años en Francia, no hay fotografías en las que pueda ser identificado con certeza.

Sólo hay dos, relativamente divulgadas, de las que nadie podría asegurar corresponden a ese joven nacido en Uruguay, de idioma materno el francés, pero bilingüe, cuyo padre trabaja en el Consulado de Francia en Montevideo. Agreguemos que la madre de Isidore, una francesa de nombre Celestine Davezac, es la sirvienta que, ya embarazada, se casará con el patrón; fallecerá en diciembre de 1847, un año y ocho meses después del nacimiento de Isidore.

Entre los datos que confirman la existencia histórica de Isidore Ducasse, figuran asimismo la partida de nacimiento; ciertas referencias a sus estudios en la provincia francesa(Tarbes, Pau) y sus actividades literarias en París, la comprobación de por lo menos un viaje a Montevideo, en 1867; un ejemplar de la Ilíada, en traducción de Gómez Hermosilla, anotado por Ducasse; alguna correspondencia; la constancia de un servicio religioso en la Iglesia de Notre Dame de Lorente, el 25 de noviembre de 1870, ante el cuerpo de Isidore Ducasse; no mucho más, parece ratificado por el propio Ducasse: “Je ne laiserai pas des Mémoires”.(Es decir, “No dejaré memoria de mí”, Poésies I)

Pero dejó una especie de memoria triple, o sea, la creada y compartida por Ducasse/Lautréamont/ Maldoror. 

El poeta, así desdoblándose, colocó la violencia creativa del verbo poético en los centros mismos desde los cuales se desarrollan el discurso académico, la preceptiva literaria, la grisura crítica, la palabra de la ley, los reglamentos del orden, la representación verbal del poder. Y de esa memoria, que en buena parte se inventó a sí misma, se nutrieron las vanguardias del siglo XX, en especial el surrealismo y continúan nutriéndose contantemente nuevas generaciones de lectores y poetas.

Los Cantos de Maldoror, esta obra inubicable e inclasificable, fue pasada, bajo todas las lupas, incluyendo la del facilismo psicoanalista( quizá para reavivar la antigua, absurda, prejuiciada y dañina vinculación del poeta con la locura); esta obra solitaria pese a la contemporaneidad con Rimbaud, Baudelaire, Verlaine y otros, fue publicada en Bruselas con dinero del padre de Isidore y su primera edición en 1869, no fue distribuida en Francia por temor a la censura.

Esta obra inaprensible recién será recuperada en 1874, con portada distinta, y se comercializará en Bélgica, esta obra impar será reeditada en 1890, en París; esta obra irrepetible conocerá nuevas ediciones, no sólo en francés, a partir de 1920 hasta hoy. En 1891 Remy de Gourmont revela la existencia por hallazgo casual, de dos cuadernos impresos en 1870: Poésies I y II, que en ediciones diversas conformarán, con los Cantos, las obras completas de este tenaz desmemorizador.

Y tan autodesmemorizador que matará a Lautréamont( y por consiguiente a Maldoror)al dar fin a la escritura de los Cantos, para sí nacer como Isidoro Ducasse en las Poésies, y reemplazar “la melancolía por el coraje, la duda por la certeza, la desesperación por la esperanza, el escepticismo por la fe…”.

Ahora bien, es oportuno recordar que Ducasse firmó la primera edición (1868) del Canto I con tres asteriscos, lo mismo que la segunda, esta apareció en una publicación colectiva Perfumes de l´ame(1869). Como ya vimos, sólo utilizaría su nombre civil, Isidore Ducasse, para firmar los dos delgados cuadernos antes mencionados.

Algunos han incluido por limitación nacionalista quizá, en la literatura uruguaya a Isidore Ducasse, cuando apenas si entra en la francesa, es interesante y estimulante reproducir parcialmente lo que, bajo el seudónimo de Épistomon, escribió en 1868 Alfred Sircos(la única nota aparecida en esos tiempos sobre los Cantos, en La Jeneusse,no.5):

“El primer efecto producido por la lectura de este libro es el asombro: el énfasis hiperbólico del estilo, la salvaje rareza, el desesperado vigor de la idea, el contraste de este lenguaje apasionado con las más insípidas lucubraciones de nuestro tiempo, arrojan de inmediato el espíritu a un profundo estupor…Es preciso leerlo para sentir la poderosa inspiración que lo anima, la sombría desesperación vertida en estas lúgubres páginas”

Sin lugar a dudas, estas apreciaciones aún sostienen vigencia plena.

En este recuerdo a Ducasse/Lautréamont a quien yo llamaría en una denominación muy de nuestro siglo XXI, un mestizo de la poesía y de la cultura, quiero compartir con ustedes un
poema de mi autoría:

RAÍCES

Ciertos días,
vuelvo sobre mis pasos
y
miro debajo del sol.
La niebla descendente,
fresca y gris,
ahoga la claridad.

En la oscuridad me
pregunto:

¿Soy Lautreamoniano
por Montevideano?

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