martes, 31 de enero de 2017

8606. LO QUE EMPIEZA, ACABA. LO QUE SUBE, BAJA.

Rafael Ceja Alfaro.
Docente, escritor y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

LO QUE SUBE, BAJA.

“Buscaba mi alma con afán tu alma” No es cierto, buscaba un tema para escribir mi columna, un tema alejado del torbellino creado por un imbécil, (Busque usted la definición de IMBECIL) y que ha vaciado tinteros, ha sacado de las mentes aciertos y tonterías. Bueno, estaba en eso, con las quijadas descansando en la copa formada por mis manos, como si estuviera haciendo reflexiones filosóficas, simulación que hago para apantallar y que crean que estoy pensando.

En ese momento pasa y me saluda el doctor Julio Pérez y Pérez y me pregunta ¿Qué piensas Rafa? De inmediato le contesto: “discordante entonación pragmática de coloridos ensueños”(O sea, nada) ¿Qué? Me dice, nada, le contesto, lo que pasa es que estoy buscando tema para mi columna y no doy.

Seguimos platicando y entre la plática de pronto me pregunta que si me he dado cuenta de que el amor desencadena en una sensación negativa ¡Achís! ¿Cómo está eso? solamente piensa que “nadie valora lo que tiene hasta que lo ve perdido”. ¡Achís, otra vez! Es muy cierto que cuando vivimos y vemos que nada nos falta, sentimos que todo está bien. Vivimos sin saber si somos felices o no, simplemente vivimos y pensamos que mañana todo amanecerá igual, es más, ni siquiera eso pensamos. “Diosito santo por qué amaneces igual, por qué no cambias tu modo de despertar”, pero cuando llegan ciertos momentos ¡Ah caray! surge esa sensación de la sensación negativa.

En alguna o en algunas ocasiones les he comentado de aquella mañana de febrero de 1957, cuando me vestía para que me trajeran a estudiar a Zamora, era el primer día. Lloré tanto que no pude ponerme los calcetines, ni atarme los zapatos. Era una pequeña despedida de lunes a las 6:00 am. A viernes a las 5:00pm.

Pues esos pocos días estaría distante de mis papás, de mis hermanos, de mi perro y mi caballo, de mi libertad de andar por el campo jugando con los amigos, jineteando becerros, en fin, de todas mis cosas que hasta ese momento no les había dado valor, las tenía y punto. En ese día supe lo feliz que había vivido hasta entonces, valoré lo que estaba perdiendo.

Decía mi papá que lo único difícil o imposible de sacar era lo que hubiera nacido en ese lugar donde tiene raíces. Dice López Alavés en su bella “Canción Mixteca” “Que lejos estoy del suelo donde he nacido”.

Lo mismo sucede cuando convivimos en armonía con las personas, pasa el tiempo, años tal vez y todo es rutina, es monótono. Las mañanas se resumen a un “Buenos días” ya no notamos el cambio de peinado o pintura en el pelo, ni la ropa nueva, ni los aretes ni nada, “Pero cuando llega el momento de decirnos adiós” entonces “¿Cuál de los dos amantes sufre más penas?, la misma canción tiene la respuesta: “el que se queda, se queda llorando y el que se va, se va suspirando”
He tenido la suerte de convivir con grupos en viajes, cursos de capacitación, de estudios, de deportes, y ya sea por el espíritu propio o por la conducción de quienes manejan esas reuniones, se desarrolla una bonita amistad, compañerismo y una notable comunión de sentimientos, a tal grado que cuando a los pocos días llega la despedida se reblandecen las voluntades, tal vez por el temor de no volver a verse.

La mayoría de las veces esto sucede, de nuestro grupo de 12 que viajamos en 1986 a Sud América, durante el viaje nos compartíamos lo que cada quien traía o compraba, es cierto que “Cómo han pasado los años”, pero la mayoría aquí seguimos viviendo y ni nos extrañamos ni nos buscamos.

Quizá esos esporádicos encuentros en un viaje largo en autobús o los que le he contado se enlazan con la confidencialidad del momento y el saber que nunca se volverán a encontrar. En algún destino se despiden y se siente que se llevan algo muy propio, ese algo que salió de un “rincón del alma” y ya no volverá a salir.

Seguramente también les habré contado (Alzheimer) la historia de dos “fieles amigos del hombre”, El California y El Texano, dos perros inseparables, siempre estaban atentos a los recortes de carne que les tiraba mi tío José, quien siempre decía “Vámonos por partes” él era carnicero. Un fatal día llega un perro contagiado con la rabia y muerde al California, ahora “los duermen” en ese tiempo los mataban y así pasó, y allá en el potrero donde tiraron el cuerpo sin vida de su compañero, llegó El Texano y se echó a su lado pasando días sin comer ni beber, en verdadera huelga de hambre, no como otros, provocándose la muerte, ahí quedaron.

Miles de historias de amor se han vivido y muchas de ellas se han contado, habría que ver si son más las de final feliz o aquellas que quedaron con un sabor agridulce, la mezcla de los bonitos momentos y el estrangulador momento de la despedida. La historia clásica de amor es Romeo y Julieta y muy seguramente una de las causas que la hacen tan apasionada es la forma en que termina el romance, en tragedia. Dicen que la ociosidad es la madre de todos los vicios y que las telenovelas son el vicio de todas las madres y parece ser que los melodramas son los más aceptados.

Las de “se casaron y fueron felices” como que no deja huella y ahí están los escritores inventando malos, muy crueles y buenos, muy mensos y víctimas.

Las despedidas de cualquier índole en la familia, con enojo, por salir a estudios o trabajos o por que llega el momento de rendir cuentas, ¡Duelen! Arrancan pedazos de vida, del alma. También pensamos que ahí estarán siempre nuestros seres queridos y que deben vivir, más que por orden divina, por necesidad egoísta nuestra, sin embargo, también llega un final en esas vidas, pero un dolor permanente en los que nos quedamos, es que nos quedamos pensando que si hubiéramos hecho esto o aquello y que si esto o que si lo otro y para calmar la conciencia se construye una mansión en el panteón y se visitará con menos frecuencia mientras vaya bajando el dolor, asunto que arregla el Doctor Tiempo.

El ser humano, dicen los que dicen que saben, tiene más miedo al dolor que a cualquier otra cosa, hasta a una inyección, ese mismo miedo lo tiene al fracaso, es decir, si una situación le produce placer y la misma le puede producir dolor, pues no tomará los instantes de placer por el dolor que luego llegará. Hasta en la creatividad artística, hablando de la música popular, las canciones de dolor y pérdida, son muy desgarradoras y más abundantes que las que le cantan al amor placentero. A poco no es cierto que aunque no seamos artistas inspirados, por esa pequeña dosis que todos tenemos de músico, poeta y loco al sufrir un desengaño o despedida nos surge un torrente de pensamientos dolorosos que si tuviésemos el don de expresarlos con elegancia formarían parte del universo literario.

Doctrinas religioso – filosóficas como el Budismo, aconsejan al practicante que no vea todo lo que según él le hace falta o no tiene, que antes bien, agradezca al Supremo Hacedor por todo aquello que tiene  y que es invaluable. En la primera situación, creará un entorno de dolor, de negatividad, tendrá un sentimiento de pérdida, y en el caso propuesto, tendrá sentimientos positivos de gratitud.

Viendo así las cosas el doctor tiene razón, nos duele el amor cuando los que amamos ya no están y nos dolerán hasta los momentos de felicidad que se vivieron con ellos, hasta los pequeños detalles, los consejos, las frases de aliento, las miradas. Todo vendrá a ensombrecer el alma.

Leí hace tiempo: “¡Al amor y a la pena hay que dedicarles todas las energías!

Ya me pasé, aquí la dejamos por hoy.

Saludos cariñosos a Toda mi Familia y a Todos mis Amigos.

Rafael Ceja Alfaro.

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