martes, 31 de enero de 2017

8607. ALGO HUELE MAL.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Algo huele mal.
No es por preocuparlo a usted, ni por llevarle la contra al señor Slim (líbrenos Dios), pero el P. Trump (‘P’ de lo que usted prefiera), sí puede darle un dolor de cabeza al planeta, pero de esos que ni con chiquiadores de albahaca se quitan.

La premisa para ello es la misma de cuando los EUA contagiaron al mundo de su crisis de 1929, que se agravó en 1930 y no empezó a remitir -despacito- sino hasta que en 1933, se fue de la Casa Blanca el muy bien bienintencionado pero inmensamente ignorante Herbert Hoover, y tomó el poder Franklin Delano Roosevelt que no era que brillara de listo, pero era político profesional y metía menos la pata.

En pocos brochazos: lo que llamamos ‘La Gran Depresión’, empezó en 1929, durante la presidencia de Hoover. Fue un desastre económico mundial que arrasó con medio globo (que la otra mitad, África,  Rusia, China y circunvecinos no se enteraron… bueno, tampoco es que tuvieran gran cosa que perder).

Todo empezó con una brutal caída de la Bolsa de Valores de Nueva York (la mayoría invertía para especular) y luego una quiebra en cascada de los bancos yanquis (toda la gente fue al mismo tiempo por su dinero… y no hay banco que aguante eso). Así las cosas, dos tontitos -el senador republicano Reed Smoot y el representante republicano Willis C. Hawley-,  le fueron a proponer a Hoover un plan para proteger a los productores yanquis y reactivar su economía: poner aranceles a 20 mil productos de importación, de modo que en los EUA se consumiera primero lo que producían los EUA.

Después de no oír el consejo de los economistas (más de mil le enviaron una petición firmada para que vetara el proyecto), ni las protestas de los industriales yanquis, ni los aullidos de 23 países, Hoover apoyó la idea y el Congreso aprobó la ‘Tariff Act of 1930’ (Ley de Aranceles de 1930), que como allá es costumbre, se le conoce por el nombre de sus creadores: Ley Smoot-Hawley, que entró en vigor el 17 de junio de ese año.

El resultado fue que el resto del planeta le reviró a los EUA con aranceles a sus productos (¿me cobras?, ¡te cobro!), y se hizo la regazón: se cayó el comercio mundial. El argumento de Hoover (republicano), era que había prometido durante su campaña a la presidencia, en 1928, proteger al productor yanqui y crear empleo en su país, mediante medidas proteccionistas. Reventó todo, el campo, la industria, la banca, la Bolsa se evaporó en el éter; y el mundo quedó en una guerra comercial. Todos pierden, salió en la pirinola.

Hoover perdió la reelección (el cínico lo intentó, pero sus actos de campaña eran serenatas de mentadas de madre), y el 4 de marzo de 1934 entregó el poder a Roosevelt, quien se propuso recoger el tiradero, pero de plano el daño era tan hondo que no lo consiguió a pesar del ‘New Deal’ (Nuevo Trato), que propuso, aumentando el gasto del gobierno (aunque se incurriera en déficit), inyectándole dinero a las obras públicas para reactivar el empleo y el gasto. Fue realmente el estallido de la Segunda Guerra Mundial, lo que enderezó la economía yanqui (todos los países aliados le compraban todo a los yanquis, empezando por armas).

Terminó la guerra y los EUA quedaron de amos de la economía de medio mundo (la otra mitad se la quedó Rusia, constituida como URSS).

Si nunca antes hubiera pasado algo similar, los tres chiflados (Hoover, Smoot y Hawley), tendrían la excusa de que ‘para sabio, Salomón’, que ellos qué iban a saber que les iba a salir el tiro por la culata, pero no, pues aparte del coro inmensamente mayoritario de los que les advirtieron que estaban queriendo apagar la lumbre con gasolina, ya antes había pasado algo igual, que se conoce como la ‘Larga Depresión’, que duró 23 años, de 1873 a 1896, por similares razones y que derrumbó al imperio británico, sin dejar de mencionar que las potencias de entonces encontraron la solución en la industria bélica, lo que explica tanto conflicto de entonces: Guerra de EUA contra España (1898), Guerra Boer (1899-1902); Guerra Ruso-japonesa (1904-1905); guerras balcánicas (1912-1913) y la intervención de los EUA en la Revolución Mexicana (1910-1917), primero vendiendo pertrechos militares al bando que les caía mejor (y pudiera pagar) y luego mandando tropas para entrenarlas antes de irse a Europa a la Primera Guerra Mundial. Bonita cosa.

Los políticos yanquis pueden hacer estupideces, pero no son estúpidos. Su industria bélica, lo mismo. Algún sector importante de su industria, también. Lo absurdo es posible.

No es creíble que un loco, patán, ignorante, esté mangoneando (o tratando de mangonear), a la principal potencia económica, tecnológica y militar del planeta, llevándola a la catástrofe sin remedio. Lo hemos dicho antes: bien puede ser que haya gato encerrado y que un sector bien conocido de ese país (coludido con algunos enormes capitales de fuera), tengan bien pensado qué quieren hacer y lo estén haciendo: son muy capaces de intentar el refrendo de su hegemonía global, llevando al planeta al estallido de varias guerras controladas… o algo peor. La economía yanqui bajo el esquema actual está entrampada y nunca falta el que busca soluciones simplistas, total: unos cuantos millones de muertos y ya.

No se trata solo del descarado proteccionismo comercial que pretende el P. Trump, sino de las medidas abiertamente racistas que promueve, como la expulsión masiva de los latinoamericanos de su territorio y la orden ejecutiva que ya firmó, prohibiendo definitivamente la entrada a los EUA de los ciudadanos de Siria y temporalmente (90 días), de otros seis países (Irán, Irak, Libia, Somalia, Yemen y Sudán), en lo que se le ocurre qué hacer con ellos.

Es alentador que dentro de los EUA ya estén listos a presentar batalla al P. Trump, y que  por lo pronto, los Procuradores Generales de 16 estados hayan firmado un comunicado conjunto rechazando esa orden, anunciando que lo van a llevar ante la Corte por ser abiertamente ilegal y contraria a la Constitución de los EUA.

Cuidado, mucho cuidado: algo huele mal. 

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