miércoles, 15 de febrero de 2017

8678. ¡VIVIDORES!

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Vividores!
Tío Amancio, trabajando era una máquina. Al amanecer vendía atole y tortas de tamal a la entrada de las oficinas centrales de la que fue la Compañía de Luz y Fuerza del Centro; a las siete en punto, checaba tarjeta y trabajaba ahí mismo (en horas laborales, vendía fiados perfumes y bisutería, barría dinero); a la una en punto, salía corriendo a su despacho de contabilidad (se le abarrotaba de clientela de medio pelo); ya nochecito y hasta las once, hacía bola la gente en su puesto de quesadillas (las mejores de la Narvarte). Sábados y domingos, desde temprano, barbacoa y consomé de borrego en el zaguán de la vecindad en que vivía. El doctor dijo que no había visto jamás un más fulminante infarto cuando murió (pasaditos los 50 años). Su laboriosidad e increíble productividad, no dieron para que viviera un poco mejor su familia (tres hijos), porque la tragedia de su vida fue querer tanto a su esposa, tía Lita (nunca supe su nombre), que gastaba y sólo gastaba, a lo tonto y sin medida. Jamás salieron de pobres. Dejó fama de tonto.

En este nuestro risueño país, tal vez por herencia de la temporada en que fuimos colonia (tres siglos empollando parásitos -aristócratas les decían-, y busca-chambas), la producción de vividores y cantamañanas es constante y creciente.

Es innegable que tenemos una pujante y exitosa clase empresarial, eso está fuera de duda; también es cierto que nuestra economía es una de las más destacadas del mundo (no lo dice el patriotismo apolillado de su texto servidor, sino las entidades financieras internacionales); y nadie duda de que en materia de cultura y artes, no somos como nación, la muñeca fea. Todo es cierto… pero nomás no salimos de pobretones.

Algunos lastres al desarrollo son muy conocidos, empezando por el deporte nacional de no pagar impuestos completos, combinado con la refinada técnica de malgastarlos (en grado de maestría, porque hay que echarse un clavado a los informes oficiales para ver qué sofisticada manera tienen de aparentar lo que no es).

Con propósito de evitar el tema del P. Trump (P de lo que le parezca mejor), se puso el del teclado a buscar información sobre las razones que expliquen cómo de ser un país cuyo gobierno en el año 2000, funcionaba con un billón de pesos ($1’’030,265’300,000.00; un billón 30 mil 265 millones 300 mil pesos, para ser exactos, según el artículo 5 del Decreto de Egresos del último año de Zedillo), ahora estamos igual o peorcito, con casi cinco veces más presupuesto ($4’’837,512’300,000.00; 4 billones 837,512 millones 300 mil pesos, reza el artículo 2 del Decreto de este año 2017). No creció la población cinco veces, ni las prestaciones sociales, ni la obra pública… ¿qué le hacen al dinero?

A brochazos muy gruesos, supongamos una inflación acumulada en estos 17 años, del 129%, lo que pasaría el presupuesto de 1999 a la cifra redonda de 2 billones 300 mil millones… la mitad de lo que nos estamos gastando (¿estamos?)

La diferencia es tan enorme que no se puede pensar que nadie pueda robar tanto: es imposible. Estimemos como índice razonable y aceptado de robo al erario, un 5% anual (no es poco, para este año serían pasaditos los 240 mil millones de pesos… eso, si no se ‘pierde’ más dinero, ya ve que son taaan distraídos). Pero de cualquier manera, no puede ser la corrupción lo que explique la inmensa cantidad de dinero que no se concibe se pueda evaporar sin dejar rastro.

La diferencia puede estar en que aparte de la inflación, estemos pagando carretadas de dinero en deuda, más la pérdida de valor de nuestra moneda, lo que hace más caro todo lo que importa el gobierno… bueno, sí, pero ¿tanto?; no,  simplemente es imposible estar gastando cinco veces más sin ver calles pavimentadas con bloques de plata. La explicación menos irracional puede ser que simplemente se esté desperdiciando, malgastando. Puede ser…

Ya en estas, su texto servidor pensó como en qué se pudiera desperdiciar tantísimo dinero y ¡sorpresa!, a la primera, se encontró con lo siguiente: existe una cosa llamada Índice de Desempeño de los Programas Públicos Federales (Indep), en poder del Congreso, en el que se informa que el gobierno federal destina 218,221 millones de pesos a 48 programas de los que 22 no son verificables y los diputados califican como ‘caja negra’. Dice el Indep, en pocas palabras, que no se puede saber qué le hacen al dinero en la inmensa mayoría de los programas pues ‘persiste la opacidad, o bien no tienen posibilidad alguna de resolver el problema para el que fueron creados, debido a la dispersión programática y presupuestal que presentan’.

De que roban, roban; de que malgastan, malgastan… y encima, resulta que las ONGs, algunas de las cuales se dedican a echar pestes en contra del gobierno y otras, supuestamente, a vigilarles las manos a los funcionarios, son en no pocos casos (no todos, que las hay muy serias), financiadas por el mismo gobierno. Sorpresa.

Tal vez ese financiamiento público a las OSC (Organizaciones de la Sociedad Civil, las llama el gobierno en sus papeles para evitar decirle ‘no gubernamentales’), explique que su número crezca sin parar: al año pasado ya tenemos en México casi 31 mil ONGs, de las que casi ocho mil reciben dinero de todos nosotros (y uno, en la baba). Nomás para que se dé una idea: en 2014, las ONGs se engulleron 6,799 millones de pesos… con un detallito: casi el 50% de las ONGs mexicanas desaparecen al año de ser creadas, sin  rendir cuentas. Olé…

En el diario El País, se encuentra la siguiente perla: “las organizaciones no gubernamentales han crecido de manera impresionante en la última década, gracias a las subvenciones públicas, hasta convertirse en un potente movimiento capaz de incidir en la política nacional e internacional. Se habla mucho de su papel humanitario, pero poco de su nuevo perfil empresarial, su democracia interna y su eficacia”.

Puede uno sospechar que en México sea parecido.


Luego les extraña que sus convocatorias a marchar y manifestarse sean un fiasco. ¡Vividores!

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