miércoles, 15 de marzo de 2017

8815. MEROLICO ESTÚPIDO.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Merolico estúpido.
Confiesa López que sufrió un trauma infantil. No piense usted en algo inconfesable, cuantimenos perverso, no. Fue un trauma vulgar, de mocoso estándar… era mentiroso. Bueno, el trauma no fue exactamente por eso, sino por los coscorrones y regañadas que le propinaba la autoridad doméstica legalmente constituida (papá y mamá, les llamaban otros niños), cuando lo cachaban en una mentira, cosa frecuente. Salió al rescate el más impresentable primo que tenerse pueda, Pepe, quien caritativamente explicó a este menda que ‘los grandes’ también decían mentiras, muchas mentiras, gordas, nomás que ellos ya sabían mentir; y acto seguido le enseñó los tres principios básicos para ello (que debía seguir como los tres movimientos de ‘Fab’): mentir poco; mentir solo si era imposible ser sorprendido; no mentir nunca perjudicando a otro. Pues sí.

No es la primera vez que he comentado con usted que entre el herramental del político exitoso, está la mentira. Es hilarante pretender siquiera que, personas con responsabilidades públicas, dedicadas al gobierno, a la política, digan siempre la verdad en todo. Imagine a un Presidente entregando a la prensa con criminal candidez, la lista de espías y agentes secretos que lo informan sobre asuntos de seguridad nacional; piense en un General que antes de la batalla en vez de arengar a sus tropas les dijera que tienen parque para 20 minutos y que el enemigo los dobla en número; o al Jefe de Policía diciendo que la delincuencia es imbatible y que mejor se deje asaltar la gente, para evitar males mayores. ¡No, señor!

¿Es esto un elogio de la mentira?... bueno… sí, pero no de toda mentira, menos de las mentiras gratuitas y estúpidas.

Decir, por ejemplo, que un país tiene armas de destrucción masiva, declararle la guerra, invadirlo, machacarlo… para que resulte después de todo que no era cierto, es mentir a lo estúpido; igual que negar que hay una epidemia de algo cuando la gente está cayendo muerta en las calles (o sostener que se están aplicando vacunas que no se tienen), pues es obvio que antes que pronto se sabrá la verdad.

Afirma Ignacio Mendiola (un psicólogo respetado en España, ha de ser muy serio el señor): ‘Sin mentira no cabe imaginar ninguna relación social, no cabe imaginar una sociedad en la que la mentira estuviera negada. La mentira es un refugio en el que el sujeto puede hacer habitable el vivir en sociedad y relacionarse con los demás. Permite que lo social funcione’.

¿Entonces?... ¿todo se vale?... no, de ninguna manera.

Don José Elías Romero Apis (abogado, político, columnista, señor de mucho seso, mexicano), en la edición del 1º de mayo de 2015, en el Excelsior, publicó sobre este sabroso tema, lo siguiente:

‘Leonardo da Vinci decía que lo importante no es que algo sea cierto sino que esté bien inventado. Desde tiempos lejanos, Lucio Anneo Séneca, Nicolás Maquiavelo y Julio Mazarino dictaron sobre la mentira y consta que sus pupilos directos se capacitaron con amplísima suficiencia. Ruego tomar recuerdo que Claudio César Tiberio el Divino, Lorenzo de Médici el Magnífico y Luis XIV el Sol, bien se ganaron su mención honorífica (…) el mandatario  ignorante, irresponsable o inconsciente más debiera buscar los asilos de la verdad que las guaridas de la mentira’.

Tal vez sea por eso que la actual epidemia de medianías que medran en los asuntos públicos (aquí y en otros países, por ejemplo el tal Trump), nos molestan tanto: sobre su ineficacia, la mentira burda, torpe, interesada, evidente. De todo podemos acusar a políticos eminentísimos, menos de haber sido siempre veraces (¡la cantidad de mentiras que tuvieron que decir los jefes de Estado de los países aliados combatiendo contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial!), pero no solían mentir por beneficio propio, para sacar ventaja personal, sino en asuntos de Estado, por el bien de sus respectivos países.

Ayer por la noche insistió don Trump en un congreso de conservadores (una muchedumbre), en que va a hacer su muro, cuando ese mismo día, desde el Senado le explicaron que como lo plantea no es posible. Mintió, ganó aplausos rabiosos… ¿y luego?... luego nada, volverá a mentir para explicar por qué no lo hizo. Igual que miente cuando dice que va a recuperar los trabajos para sus ciudadanos mientras las empresas de su hijita maquilan en China y él tramita licencias y registros para sus empresas en México. Miente y aún le dura la inercia del triunfo para resolver con más mentiras las anteriores. Hasta que se acabe la cuerda y caiga al vacío.

En México no cantamos mal las rancheras. Tenemos 34 países al mismo tiempo: los que describen el gobierno federal y los 32 gobiernos estatales, y el real. Tenemos vigentes reformas estructurales que se plantearon como soluciones inaplazables que nos traerían un cambio fundamental, sin ningún resultado a la vista. Ahora debemos creerles que también resolvieron la educación nacional… igual que la ‘Cruzada contra el hambre’, iba a resolver tamaño problema.

Molesta mucho no que digan mentiras, sino que sus engaños perjudiquen a la sociedad entera y peor, que sean mentiras burdas que denotan su desprecio por la gente, de la que bien saben no es estúpida, por lo que intentan ahogar en propaganda la realidad, sin entender que cuando un político es sorprendido mintiendo, pierde sin remedio el respeto de la gente y se queda sin su principal arma: la palabra.

¿Van a mentir?... ¡claro que sí!, pero que no sea sino para evitar males a la sociedad, que no sea por beneficiarse, para robar. Y especialmente, que no digan mentiras tontas: eso ofende a todos o da risa. Y estos son de risa.

Volvamos a don José Elías: ‘La política de hoy y de siempre ha convivido con la mentira. Ello no es para escandalizarnos. Pero lo que resulta insoportable es la mala mentira. La torpe, la descuidada, la fodonga. La que carece de elegancia. La que escasea de refinamiento. La que escatima en galanura. Lo que hace la diferencia entre un cuentista genial y un merolico estúpido’.

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