miércoles, 15 de marzo de 2017

8817. ADIÓS, SEÑORA ESTHER GAMA.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Adiós, Señora Esther Gama.

Quítese de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. 
Efesios 4:31-32.
                                                                                
El martes pasado  murió la señora Esther Gama Bermúdez. La conocí en mi juventud gracias a mi amistad con su hijo Héctor Aguíñiga Gama. Eran los primeros años de la década de los años 70, en esa época pasaba la mayor parte  del tiempo entre los juegos de fútbol y la búsqueda de muchachas, la escuela era importante, pero no tanto como para desviar la atención de lo que era lo único importante: los amigos.

Con Héctor cometimos muchas locuras de juventud, lo que obligó a nuestras respectivas madres a apretar las tuercas para hacernos volver a la disciplina; rebeldes como éramos, no podíamos tolerar las estrictas normas que imponían nuestras progenitoras: “o te comportas y respetas esta casa o te me vas”, nos decían nuestras mamás, cansadas de tantos problemas que les ocasionamos, entonces salíamos de nuestro hogar “para no volver”, y la casa de Héctor se convertía en mi nuevo hogar y viceversa.

Las puertas de nuestros hogares estaban siempre abiertas, a veces era Héctor el que se “iba” de su casa y pedía refugio con mi mamá quien lo “adoptaba” cariñosamente, a veces era yo quien “abandonaba” el hogar, cansado de las reglas que imponía mi madre para irme a vivir en la casa de Héctor en donde la señora Esther y sus hijos gris, Mary y Enrique (q.e.p.d.) me recibían como a un hijo-hermano. Pasados algunos días o algunas semanas invariablemente volvíamos a los brazos de nuestras madres.

Lo mismo que mi madre, la señora Esther era de carácter firme, no se andaba por las ramas y decía las cosas claramente, sin dejar espacio para la duda. además de la firmeza de carácter, la señora Esther era optimista, siempre veía el lado positivo, aunque los problemas parecieran imposibles de resolver, nunca vi en ella una muestra de debilidad, su imagen y su persona, siempre impecable, transmitían seguridad, firmeza.

La señora Esther vivió 85 años, y los vivió intensamente, siempre al lado de su esposo, el señor Arturo Aguiñiga, le tocó sufrir la dolorosa pérdida de su compañero y de su amado hijo Enrique, con quien compartimos en el equipo de fútbol de el llano y posteriormente en la viña, en honor a Enrique, la temporada 2010-2011 de la liga michoacana de fútbol llevó su nombre.

Viví con enrique la época de la universidad en Morelia durante casi cinco años, él en contabilidad y yo en filosofía, durante ese tiempo nuestra amistad se fortaleció y seguí en contacto con la familia aguíñiga gama, no con la intensidad de los primeros años porque cada uno siguió su camino, pero siempre que nos encontramos con Griselda, con Héctor o Mary y su mamá, nos manifestamos nuestro cariño. La señora Esther dejó en mí un recuerdo imborrable, seguramente tenía defectos pero yo veía sus cualidades. Sólo el amor y el perdón nos purifican.

Para Griselda y su esposo el ingeniero Sergio Navarrete, para Mary y Juan, para Héctor y su familia, para sus nietos y biznietos un cariñoso abrazo por la pérdida de su querida madre, suegra, abuela que siempre fue generosa conmigo, las puertas de su hogar estaban siempre abiertas para mí. Gracias querida señora, ahora está en la casa del padre en compañía de don Arturo y de Enrique, una luz se apagó en la tierra, pero una estrella más brilla en el cielo. Así sea.

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