viernes, 17 de marzo de 2017

8824. ¡BENDITO SEA DIOS!

Por el señor Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Bendito sea Dios!
Antes, hace algunas décadas, en México era raro el divorcio. No era la excepción la familia de este López.  En esas generaciones no había divorciados ni en la rama paterna (los de Autlán de la Grana, pasados de liberales), cuatimenos en la materna (los de Toluca, mochos de alto octano, grado 33 1/3). Entonces, los matrimonios, si acaso, se separaban y luego de años, iba al funeral, con sus hijos y nietos, el que quedaba vivo (o sea, la viuda). Pero, como en casi todo, hubo una excepción: el toluqueño tío Antonio (‘Totó’ le decían las tías viejas), que sí se divorció (ni sabían hacer divorcios los abogados de allá en esos tiempos y el juez tuvo que consultar por telégrafo a México), que no fue criticado por nadie, porque contaban de la que fue su esposa, que a poco de celebrada la boda, le pidió que se cambiara el peinado, que se dejara bigote, que no usara botas, que anduviera de traje, que no comiera chile (conozco uno que dejó de comer cebolla), que no oyera más música ranchera, que cambiara de amigos… hasta que él le dijo que mejor se buscara uno que no necesitara cambiar tanto, que ya fuera a su gusto, porque, estaba clarísimo, ése, no era él. Sanseacabó.

Alarmante ayer en la prensa el cintillo de primera plana: ‘La Femexfut debe cambiar’. Alarmante. ¡También eso debe cambiar! Todo debe cambiar…

En México deben cambiar el gobierno, la iglesia, los partidos, los bancos, los diputados, las televisoras y los senadores. Deben cambiar la familia, el ejército, la policía, la prensa vendida, los alcaldes, los agentes de tránsito, los comentaristas deportivos, las ‘fotomultas’, los sindicatos y las leyes.

Debe cambiar todo, el gabinete y los gobernadores, el Presidente -y su esposa-, las cárceles y migración, las aduanas y las fronteras. La Constitución, la flamante de la capital del país, la de algunos estados y la de la república también; el matrimonio no puede seguir siendo nomás de hombre y mujer, eso debe cambiar y urge cambiar que los hijos tengan a la fuerza mamá y papá, o solo mamá, o solo papá, que bien pueden tener dos papás, dos mamás, una mamá gay-lesbiana, un papá intersexual y solo abuelos maternos travestidos (ya estuvo bueno de sostener ese teatrito de la bonita familia que ya ni existe).

Deben cambiar los jueces, deben cambiar las penas, deben dejar de soltar presos: todos culpables, todos pa’dentro, todos pa’siempre. Debe cambiar la moral, que no es solo una y cada quien que tenga la suya.

Deben cambiar el surtido de las tienditas de escuela; debe adelgazar todo mundo; debe cambiar la dieta del mexicano y deben cambiar la economía, la ecología, el reglamento de tránsito, las compañías de telefonía celular y la Procuraduría urge que cambie a Fiscalía, que ya verá usted ¡qué cambio!

Sí, progresemos, no detengamos el tiempo, que no nos rebase el presente, que alcancemos nuestro futuro: cambiemos y cambiando llegaremos a ser algún día lo que queremos, lo que debemos. Que todo cambie menos cambiar.

Parece, sí, que el empeño de líderes sociales y de opinión, es detectar temas que exigen el cambio, un cambio, cualquier cambio. En este país es más lo que necesita cambio que lo que merece permanecer como está aunque la experiencia pruebe que ni cambiamos tanto, ni cambiando mejoramos mucho.

Debía cambiar y cambió, porque Dios es muy grande, la propiedad del petróleo y el gas, en cuanto salen del fondo de la tierra o del mar, y que ahora la electricidad ya pueda quedar en manos privadas. Cambios benditos que permiten que empresas altruistas sean propietarias hasta de nuestra basura y pronto del agua, alabado sea el Señor: ya se reconoce el valor de los inversionistas que nos hacen favor de venir a hacer lo que antes hacíamos.

Debía cambiar y cambió la educación, sin que cuenten los muertos, los encarcelados y el vandalismo, que ya en el 2018 y después, cambiará la enseñanza, no lo dude, no tiene por qué. Debía cambiar y cambió la ley del trabajo para que los empleados dejen de abusar de sus altruistas patrones (lo que no cambió fueron las grandes centrales sindicales, no todo se puede, ya se hará, tampoco tiene usted razón para dudar que no será así, que Roma no se hizo en un día); y lo mismo, debía cambiar y cambió, la administración de pensiones y los fondos de ahorro, para que los empresarios los inviertan en Bolsa, los presten y ganen dinero, que ellos sí saben, y ya se verá luego si de veras no devuelven sus ahorros a ancianos que enemigos del cambio, son desecho de la sociedad productiva; y también ya se verá si pagan o no sus pensiones a viudas que deberían mantener los hijos, y si no los educaron bien es su responsabilidad, no del Estado ni mucho menos de los particulares que se las administran (y ya llegará el turno al paternalista y costoso sistema de seguridad social, que es una vergüenza gastar el dinero de todos en curar enfermos y atender parturientas).

Y ese clamor de cambio es el tupido velo que encubre la intención de los que mangonean la cosa pública -que no son solo los gobernantes visibles-, de que todo siga tal como está, que cambie todo de nombre, que se redefina la realidad y se defiendan los derechos de los animales, de las minorías, y se deseche lo de antes (nomás por ser de antes): que todo cambie a lo de ahora, que la gente esté peleando cosas que aunque sean importantes, a ellos los dueños del país, no los afectan… pero que lo mero principal siga igual: unos cuantos arriba de todos, una casta dueña de todo, unos hijos y otros entenados, igualdad en el discurso, y que nadie toque sus exclusivos privilegios, el poder en sus invisibles manos, el  verdadero gobierno a la sombra, el que sí gobierna, tras bambalinas, cuidando los intereses de una élite que no se ve, no se siente.

En parte por eso es tan irritante la insistencia de este gobierno en pregonar las reformas estructurales, apoteosis del privilegio, triunfo del capital global; que de verdad esperen convencernos de aplaudir todo eso que debía cambiar y cambió, ¡bendito sea Dios!

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