miércoles, 22 de marzo de 2017

8847. IMPUDICIA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Impudicia.
Un niño de los de antes no podía ni insinuar que juzgaba a ‘los grandes’, por una extraña relación entre la edad y la capacidad de raciocinio que negaba aptitud para percibir la realidad a ‘los chicos’ y otorgaba fuero a ‘los grandes’. Su texto servidor, so pena de incurrir en responsabilidad nalgar (otro extraño concepto de la época: la educación por vía glútea), ya desde chiquito era un Buster Keaton, con absoluto control facial (un gran hipócrita), de modo que ‘los grandes’ no sospecharan que se daba uno cuenta de todo. Por ejemplo: el bonito matrimonio formado por tía Marota (María Antonieta), que era un cetáceo con brazos de forzudo de circo y un bigotazo de capitán de artillería (de la época de don Porfirio), y tío Pituco (Mario Ignacio, se desconocía la media filiación del que le asestó semejante apócope), que era un señor atildado, flaco de carnes y carácter lánguido, de manos largas con uñas sospechosamente lustrosas, pianista de profesión, ambos más católicos que Pio X (santo patrono de los catequistas), que dormían en recámaras separadas y no tuvieron hijos porque ‘Dios no se los mandó’. Y todos ‘los chicos’ hacíamos como que no nos dábamos cuenta de que en esa casa todo era al revés, que la tía era el señor de la casa y la mantenía; y el tío, la señora (guisaba muy sabroso y bordaba carpetitas, disque por recomendación del médico, para los nervios).

Algo pasa en esta nuestra risueña patria que parece que todo está al revés (y si no todo, si la porción suficiente como para vivir alzando las cejas). De ayer: que la señora Alejandra Barrales, líder nacional del PRD, partido de izquierda (y aunque fuera de derecha), tiene un departamento de lujo en Miami. La señora se incomodó por la noticia e insinuó que tal vez sea un golpe bajo de sus contrincantes políticos (bueno, de sus admiradores, no es).

La señora Barrales no parece entender que si el departamento es de lujo o de interés social (lujo puede ser para un periodista o un enemigo político, que tenga agua caliente y cortinas); si es bien habido o no; si lo anotó en su declaración patrimonial o no, es lo de menos: el asunto es que los mexicanos estándar estamos hasta el copete (en este caso copete es sinónimo de madre), de políticos que adquieren propiedades y bienes per-fec-ta-men-te legales (siempre), como resultado antinatura de su profesión: servir a los demás. Por supuesto no puede nadie asegurar que la señora Barrales robó para adquirir su depa, de ninguna manera, pero arde el extremo inferior del sistema digestivo al saber que para  nuestra clase política es prenda de honor, parte del prestigio, poseer casas o departamentos en el extranjero.

Le digo: algo pasa. Ahora es de risa un político pobre, pues no tener bienes y riqueza aparentemente es muestra de falta de talento (como los médicos o los abogados: si quieren tener éxito, deben primero aparentarlo, que si abren su bufete o consultorio en una accesoria junto al mercado, jamás escalaran hasta los dinteles de la gloria de la clientela adinerada: curarán cargadores, litigarán para sirvientas, pero jamás le meterán cuchillo a un Slim, ni le manejarán asuntos a Cemex).

No sostiene este López que lo de antes, por ser de antes, era mejor (además, ni es cierto), pero sí llama la atención la moda de entronizar al dinero como brújula de la vida.

¿Para qué quiere un personaje público un departamento en un conjunto vacacional en otro país?... ¿para pasar desapercibido?... ¿para presumirle a los amigos? (confiando en su absoluta discreción)… para asolear a los hijos… ¿para descansar?... ¿para parecerse a los ricos? (a los que sí son ricos, esos que NO compran en Miami, porque les parece un destino naco)…

Así de a poquitos, el país se nos ha ido poniendo al revés: alguna parte no tan pequeña de la autoridad necesariamente está coludida con la delincuencia organizada, y todos hacemos como que no es obvio (es del todo imposible una delincuencia del tamaño que hay en México, sin la complicidad de unos pocos que siempre serán muchos). Alguna parte pequeña de la iglesia, unos cuantos que siempre son excesivos, viven del cuento, no creen ni en su santa madre, se dedican a la pepena de bienes materiales y traseros juveniles (ahora, que el niño vaya solo al catecismo en la parroquia es un actividad de alto riesgo). Unos cuantos maestros tienen más bien pinta de guerrilleros, de vividores -aviadores les decíamos antes-, de burócratas que jamás han estado frente a un pizarrón (unos cuantos, los suficientes para desprestigiar a todo un gremio).

Parece que ya nada nos espanta, ni asesinatos en lote, ni fosas clandestinas, ni linchamientos, ni escándalos políticos (ni muchísimo menos: los falsos escándalos políticos, calumnias, al estilo del impresentable gobernador Yunes), ni que se defina el matrimonio como la unión de lo que sea con lo que sea (que es una grandísima falta de criterio decir que una familia es un señor con una señora y si tienen hijos, pues con hijos… qué cortedad de miras, qué estrechez de criterio, qué falta de respeto a los que prefieren otras opciones)… y ahora que -supuestamente-, estamos todos los tenochcas como un solo hombre, dispuestos a exhalar en las aras patrias el aliento, esperando nada más el bélico acento del clarín para enfrentar al Trump, resulta que varias empresas mexicanas se han inscrito en la licitación para construir el muro en la frontera norte, argumentando que ellos no saben de política y se dedican a lo suyo (cosa casi cierta porque no es lo mismo no saber que no importar).

Pero, diría don Manuel: ¡hay un Dios! Ojalá y los yanquis aprueben en su Senado el presupuesto para la barda de don Tuiter. Y ojalá gane el contrato una empresa mexicana: para que haga el ridículo don Copete, contratando extranjeros para su patriótico muro; y para que le salga en el doble de dinero y de tiempo. Y luego, igual los mexicanos que quieran entrar a ese país, lo harán.


De cualquier modo: algo pasa en nuestro país, es como una epidemia de impudicia.

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