miércoles, 29 de marzo de 2017

8881. ZURRADOS.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Zurrados.
‘Quietecitos’, fue lo único que nos dijo en voz baja a sus vástagos doña Yolita, Jefa de Administración y Disciplina del campo de entrenamiento en que fue criado este López. Estábamos sentados muy derechitos, peinados con Vanart (del verde, que dejaba el pelo como casco de granadero), en la sala de la casa -que parecía museo de antigüedades-, de una tía bisabuela de ella, Queta, a la que estábamos a punto de ver por primera vez, cosa que, luego entendí, ella previó podía provocar reacciones fuera del protocolo. Lo que entró, lentamente, tintineando bisutería sobrada para un árbol de navidad, fue algo parecido a la bruja de Blancanieves, maquillada como payaso de semáforo, con una peluca negro zaíno. Tenía una gran joroba. Se detuvo doblada frente a nosotros apoyando en el bastón sus manos luciferinas, deformes por una artritis de diploma y medalla, cargadas de anillos, levantó la cara lo más que pudo, nos miró con unos ojos muy grandes engarzados entre los abanicos de unas pestañas postizas que parecían tarántulas, y nos saludó con voz cavernosa, moviendo los arrugados labios pintados con tres manos de Comex rojo forense, alzando las inexistentes cejas, delineadas con crayola café. Con una mueca nos sonrió y fue cuando –nomás no lo ande contando-, su texto servidor se hizo pipí. Enterada de los hechos la abuela materna, Virgen (la de los siete embarazos), comentó: -Fama de guapa tuvo, pero… pobrecita, no se resignó -¡pobrecita!… y al del teclado le costó sangre quitarse la fama de meón.

Por si no lo vivió, le hago saber que el PRI tuvo una época de oro que, al menos en América Latina, era envidia de muchos. Por supuesto en México, el PRI, que llamábamos ‘el sistema’, era criticado, con la discreción que imponían los usos de la época (no se crea que se podía andar como ahora, vociferando cualquier cosa, no, entonces eso podía terminar mal, porque sin pudores, había censura y Policía Secreta); pero, de cualquier manera, la verdad es que el partido que engendró  Plutarco Elías Calles y modificó Lázaro Cárdenas, funcionó razonablemente bien para poder aprovechar las circunstancias que la Segunda Guerra Mundial propició, en beneficio de grandes mayorías: el México de 1929 no podía compararse con el de los años 60’s, ni de lejos.

Nada más que el PRI en 1929 no se concibió para instalar la democracia, ni nada siquiera cercano. Fue primero, un reparto de poder según el poder que ya detentaran a las chuecas o a las derechas, los que ya tenían rebanadas del mismo en las regiones del país; también fue para articular de buena o mala manera a la masa obrera, campesina y popular (el corporativismo).

Estamos claros, en esa época de oro del PRI, no había división de poderes, no había partidos (bueno, el PAN, sí, pero era parte del decorado), nadie se ‘candidateaba’, la ley se imponía a macanazos y la corrupción (la que consiste en ganar dinero con los asuntos públicos, porque hay diversos géneros), era individual, no estructural, no bien vista y los funcionarios, del Presidente al cartero, generalmente procuraban ser discretos. No había los lujos ni el boato que hoy son cuño corriente. ¡Ah! y no había elecciones: votara o no votara la gente, votara por quien votara, ganaba el PRI.

Luego, sin anestesia, le amputaron la presidencia de la república, la recuperaron 12 años después cuando ya no es algo ni siquiera parecido al poder que antes daba La Silla, con tres agravantes irremediables:

1. Haber consumado la más íntima de las relaciones (inconfesable) con el imperio del capital extranjero y nacional, por lo que no hay liderazgo que valga: el dinero manda, ahora los jefes son los barones del dinero.

2. Su autodesaparición, al cambiar sus estatutos y principios en marzo de 2013, por el hábito de obedecer al Presidente. El PRI no existe, hoy hay un nuevo partido con esas siglas, la misma gente en otro juego. Tampoco hay peñanietismo. No hay nada, solo carretadas de dinero, propaganda de mala factura y un rechazo general por hartazgo (no por convicción democrática, no sea ingenuo).

3. Romper con la única estructura que los sostenía como grupo: la complicidad (o lealtad, si le parece cínico). Hoy, el gobierno federal priísta permite, fomenta o realiza directamente, el linchamiento en prensa y hasta la persecución judicial de sus propios compañeros, creyendo tal vez que ganarán credibilidad, sin ver que perdieron la poca que les quedaba al exhibirse impúdicamente, desatando una guerra civil entre ellos. Ahí están ahorita correteados, desprestigiados, expuestos, siete de sus exgobernadores: Javier Duarte de Veracruz; Roberto Borge de Quintana Roo; César Duarte de Chihuahua; Jorge Herrera de Durango; Egidio Torre de Tamaulipas; Rodrigo Medina de Nuevo León; y Humberto Moreira de Coahuila -expresidente nacional del PRI-; junto con el escándalo contra Enrique Ochoa, su actual presidente nacional, al que nadie de su partido defiende, manifestando con su silencio el estruendoso rechazo que le merece a la militancia y a los altos mandos del partido, el mayordomo que les impuso Peña Nieto.

El PRI nunca aprendió a competir por el poder a las derechas; sin haber tomado la primera clase de natación, manotea en las embravecidas aguas electorales de este año, con el 2018, encima. El año pasado perdieron siete de doce elecciones para gobernador; entregó cuatro estados en que jamás había perdido (Durango, Quintana Roo, Veracruz y Tamaulipas).

Hoy el PRI gobierna solo al 43% de la población y en escasos tres meses se eligen gobernadores de Nayarit, Coahuila (¡con el recuerdo de los Moreira fresquecito!), y el Estado de México, joya de la corona, donde el candidatito tricolor, ha tenido la ocurrencia de empezar a criticar a Eruviel Ávila, ‘amiguísimo y consentido’ del Presidente… como para poner las barbas en remojo todos los que se van de aquí al 2018.

En el PRI se han maquillado mal y a las carreras, queriendo seguir siendo PRI cuando ya no hay PRI, y parecer limpios cuando andan con los fondillos zurrados.

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