lunes, 10 de abril de 2017

8941. MONDA Y LIRONDA.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Monda y lironda. 
Un país es un territorio habitado y gobernado. No son país unas montañas, praderas y playas sin habitantes, o con habitantes que viven sin gobernarse, en el despelote perpetuo, librados a la ley del más fuerte.

México, indudablemente es un país, un Estado: tiene territorio, habitantes y gobierno (excelente, regular, malo o pésimo, pero gobierno, con leyes, normas, jueces, funcionarios y el largo etcétera que incluye la palabra ‘gobierno’).

Sin recurrir a encuestas (que no son siempre de fiar en nuestra risueña patria), se puede afirmar que hay quienes disfrutan de esta nacionalidad y piensan que las cosas están de rechupete, inmejorables, aunque parece que no es una exageración pensar que los que opinan así no son muchos: a falta de encuestas 100% confiables, recurramos al sistema métrico mexicano (smm):

Los que están felices de la vida en México y consideran que mejor, imposible, son un ‘chirris’ (que es una cifra cercana al 1% o algo más, pero abajo del 1.5%); habitualmente hijos de ricos, políticos, grandes líderes sindicales, el mirreinato completo o simples babosos. Hay otro ‘chirris’, integrado por quienes piensan que nada más hay algunas cosas un poco mal. Estos dos ‘chirris’ poblacionales, no dan ni para la mitad de un ‘decil’ en terminología de estadística descriptiva.

El resto de la población, según el Índice General de Enchilamiento, consideran que México anda mal: desde irreparablemente mal hasta muy mal. En unidades smm, los que creen que esto está al borde la tragedia, son un ‘freguero’ (más del 20%, menos del 25%); los que no son tan dramáticos, pero viven mentando madres, son un ‘bolón’ (que oscila entre el 70 y el 72%%; un ‘bolón’ es más que un ‘freguero’; y ‘bolón’ más ‘freguero’, suman mayoría aplastante).

Nota del tecladista: todas las unidades del sistema métrico mexicano se expresan coloquialmente con majaderías de alto octano, pero aquí, para evitar sanciones de la FIFA, se expresan en términos que se puedan repetir delante de la abuela… de las abuelas de antes, que ahora también hay abuelas léperas, ordinarias y hasta pelanduscas.

Después de estas previas consideraciones científicas, puede que no sea aventurado afirmar que en México la inmensa mayoría de las personas no están contentas con el modo con que se gobierna al país, ni satisfechas por los beneficios que reciben de la economía como se diseña y conduce desde las alturas inalcanzables de la élite poseedora de casi todo; para no mencionar cosas que por sabidas es mejor callarlas: la inseguridad pública, por ejemplo.

Si es esto cierto y la mayoría no brinca diario de la cama echando un ‘¡ajúa!’ de felicidad, ansioso por salir ya a trabajar y disfrutar de las delicias del transporte público, de antemano entusiasmado por los alegrones que se llevará en el mercado, viendo que para todo le alcanza, entonces la pregunta que surge es: ¿qué está mal en México?, ¿cuál es nuestro principal problema?

Si bucea un rato en San Google, se va a llevar una sorpresa: no sabemos. El año pasado la plataforma digital Voto Informado, de la UNAM, encuestó a dos mil candidatos a diputados federales preguntándoles cuál es el principal problema de México; les dieron a  escoger entre 13 temas (narcotráfico, desempleo, pobreza, inflación, corrupción, etc… la mayoría eligió la corrupción; bueno, es su tema). Sin embargo, en otras encuestas y estudios, resulta que hay quienes piensan que el problema es la falta de educación, el narcotráfico, la contaminación, el analfabetismo, la desigualdad, la corrupción y un amplio menú más de cosas que pasan por la falta de infraestructura, que somos laicos, la cercanía con los EUA, que consumimos maíz, el PRI, el PAN, el PRI y el PAN, los derechos humanos, la desintegración de la familia, la Iglesia (católica), los masones, la falta de masones, Televisa  y otro etcétera que llega a lo ridículo. Conclusión: no sabemos qué mal aqueja a la patria, pero de que no estamos satisfechos, no estamos.

Mala cosa andar buscando cura a un mal desconocido y peor cosa la hipocondría social. Para enterarse de cómo está el país parece mentira que haya que recurrir a indicadores de otros países, a lo que opinan entidades internacionales: México no es una birria de país y los que lo vemos peor somos nosotros mismos, lo que se explica precisamente porque somos los que vivimos aquí y sabemos qué hay en el fondo de la cazuela.

Lo que no nos gusta del país, casi todo, tiene que ver con nosotros mismos, por lo pronto la corrupción: peor no nos gusta, nos molesta muchísimo cuando nos toca un funcionario necio, terco, malintencionado, sin criterio, que no acepta mordida y nos impone la multa que nos toca, no nos da la licencia para cantina en el local que ya rentamos entre un sanatorio y una escuela.

Los problemas de la educación nos irritan, como si no hubiera papás en cada escuela, como si cada mal maestro (hay de los otros), viniera de un país enemigo a perjudicarnos, como si cada maestro no tuviera familia que le dijera que no tiene madre por estar de aviador en la nómina de una escuela. La inmensa mayoría de nuestros problemas sonn por cómo somos, verdad incómoda, pero cada papel tirado en la calle significa que hubo uno que lo tiró y centenares que no lo recogieron.

Ya no está de moda lo que decía don Porfirio, que le achacaba nuestros padecimientos a ser vecinos de los yanquis. México es lo que somos. Nuestra política, también, que no hay un solo funcionario público extranjero.

Y no se enoje, no eche baba verde: nuestro gobierno funciona mucho menos mal de lo que decimos, de lo que creemos (claro que mucho menos bien de lo que debe, pero eso está en nuestras manos: mítines sin muchedumbre; banquetes de políticos con todas las mesas vacías;  restaurantes que se vacíen al entrar uno de esos corruptazos que todos conocemos; urnas sin votantes -ni uno-, cuando nos dan a elegir entre el malo, el pésimo y el payaso).


Sí en nuestras manos está. No se me enoje, pero esa es la verdad monda y lironda. 

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