miércoles, 12 de abril de 2017

8949. ENCUENTRO CON GOROSITO…

Por el Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez.
Sociólogo, docente universitario, Investigador y poeta.
Desde el Estado de Guanajuato. México. Para
Tenepal de CACCINI

EL CACIQUE CHARRÚA SEPÉ.
                                                              
Según el Profesor Omar Ernesto Michoelsson, no fueron los últimos charrúas aquellos que sobrevivieron a la masacre de Salsipuedes y posteriormente en 1833 fueron llevados por Curel a Francia, de nombres Vaimaca, Senaqué, Tacuabé y Guyunusa, inmortalizados en bronce en un monumento ubicado en el Prado de Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay. Los verdaderos últimos charrúas fueron una veintena de hombres, mujeres y niños que vivieron bajo el cuidado del cacique Sepé en la zona de Batoví, en campos de quien fuera su protector, don José de la Paz Nadal.

Disfrutemos la reproducción de esta nota de Pablo Lavalleja Valdez publicada en el año 1941 en el diario El Pueblo de Tacuarembó:

“…En el corazón de esta comarca propicia para cobijar el sueño eterno de una raza, se esconde el cementerio de los últimos charrúas, que habitaron el suelo patrio; probablemente ellos fueron los que en 1831 escaparon a la masacre del Queguay. El cacique (Sepé) así lo aseguraba.

La tribu, que reunía una veintena de individuos, levantaba sus toldos de pieles de yegua sobre la falda del Cerro de los Charrúas, alrededor del cual gambeteaban las tormentas. Tenían el color de nuestras antiguas monedas de cobre; bajos, musculosos, casi cuadrados;  parados, parecían una estatua de granito; pero en movimiento eran elásticos, su agilidad asombrosa. El cacique, casi centenario, al retirarse borracho de la pulpería, por alarde, sin esfuerzo, saltaba en pelo, rozando apenas el lomo de su cabalgadura.

Amigos de la holganza, sólo se movían para adquirir yerba, caña y tabaco, que comerciaban por caballos, cueros y juegos de bolas retobadas con piel de lagarto.

…Les molestaban las bombachas y no hubo medio de conseguir que las usaran; un “chepe” o cuero de guazú ceñido a la cintura, les era suficiente para no avergonzarse de su sexo; el “quiapí” de yaguareté o de ciervo era lujo para jefes.

Don Manuel Oribe se interesó por la tribu y obtuvo de un pariente de mi madre, varios objetos fabricados por los indios, seguramente destinados al Museo Nacional. En casa conservo algunas piezas de guerra, de la misma procedencia.

Las mujeres, enseñadas por las indias misioneras –algunas de las que vinieron con Rivera de las Misiones Orientales, se mezclaron con los habitantes del Norte (año 1829) –tejían fibras de caraguatá, cocían el barro, fabricaban burdos útiles domésticos y adornaban las flechas con plumas de ñacurutú, que sujetaban con cerda y fibras vegetales al extremo rasurado de cañas tacuaras.

Las madres adiestraban a los pequeños en la caza de  perdices y mulitas.
Con retoños de jacarandá o de guayabo, cuyas puntas endurecían al fuego, solían hacer arpones flexibles para atravesar la tararira dormida en el remanso o flechar la pava, disimulada sobre la horqueta de troncos corpulentos.

Volvían de esas excursiones costeando arroyos donde recogían cuarzos, pedernales y huesos para confeccionar los útiles del hogar y las armas de los hombres, que dedicados a la caza mayor; de un certero golpe de bola en la cabeza tumbaban al carpincho o inmovilizaban al bagual. Alcanzar un ñandú en campo abierto, era juego de niños para ellos.

Jinetes excelentes, todo su apero consistía en un tiento de cuero de potro a cuyos extremos sujetaban dos huesos de canilla de aguará o de guazú, que usaban para estribar entre los dedos índice y pulgar del pie, dando así completa estabilidad al cuerpo.

Cuando salían al pillaje, apenas descansaban para dar resuello y agua a la tropilla, y si pernoctaban, maneaban solamente al caballo favorito, valiéndose de la estribera, porque no usaban bozal ni cabestro. Capaces de sostenerse días enteros sobre el caballo, su resistencia era superior a la del bruto.

Considerábanse dueños de la hacienda baguala que pastaba en campos que les pertenecieron, las trataban como suyas arreando cuanto podían; eso no constituía un delito para ellos porque desconocían el derecho a la propiedad. Exceptuando las armas, el caballo y la mujer, todo lo compartían en común.

Eran rastreadores por instinto y tenían el olfato muy desarrollado; siempre daban con el bicho que buscaban.

En la toldería se entretenían golpeando una contra otra dos piedras hasta redondearlas; cuando reunían muchas, las enterraban en hoyos de toros para tenerlas de reserva en caso de pelea.

Preferían a todas, la carne de equino, que apenas calentaban para comer, en fogones cuya lumbre conservaban las ancianas.

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