martes, 9 de mayo de 2017

9076. LA ABUELA ADOPTADA.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI



La abuela adoptada.


"No tiene ya mayor relevancia o utilidad especular sobre las posibilidades reales de que AMLO o Morena ganen elecciones locales o nacionales o de que cumplan lo que prometen, si llegaran a ocupar los puestos a que aspiran. Lo importante es mostrar, con base en experiencia propia y ajena, que incluso si se cumpliera todo eso seguiríamos cayendo en el abismo actual. Ningún dirigente, de cualquier partido, podría impedir la caída actual en el abismo”. Gustavo Esteva, columnista de LaJornada.

Con el paso del tiempo los recuerdos de la primera infancia vuelven  más vivos que nunca. Al recorrer las calles donde pasé mi niñez, desde el pasado  vuelven personajes que siguen vivos en mi corazón, como la Abuela Gertrudis, de la que toda la gente del barrio decía que estaba loca, y era verdad, estaba bien loca, vivía casi enfrente de mi casa, a la que recientemente nos habíamos cambiado.

La gente le decía Gertruditas, la loca, así que cuando mi madre se enteró con las vecinas de la historia de Gertruditas, nos prohibió terminantemente a mí y a mis hermanos, hablar con la anciana, pero como desde niño fui desobediente, en cuanto tuve la oportunidad conocí a Gertrudis, la loca. Muy pronto mi madre cambió de opinión cuando conoció directamente a Gertruditas, a la que llegó a estimar de verdad.

Comprendimos que para la mayoría de la gente ser feliz como era Gertrudis, era una locura, hablaba con las plantas, con los animales y hasta con Dios: “si me ves hablando sola es que hablo con mi Padre Dios, pero al Él le gustan más las canciones por eso mejor le canto”, me decía Gertrudis a la que los niños de la cuadra le decíamos “tia”; sus risas y su cancones se escuchaban poco después del canto de los gallos y no terminaban hasta que el sol se metía en el horizonte.  Desde muy temprano Gertruditas cantaba y cantaba, como los pajaritos, y así todo el día. Cantaba siempre, a veces a todo volumen y a veces sólo en un susurro.

Por alguna razón que no recuerdo, el primer año no fui a la escuela, lo que ahora  llaman kínder; mi mamá me llevó a la fuerza, arrastrando a una escuela de monjas, pero nomás no me adapté a la disciplina monacal, era tal el miedo que sentía en aquella escuela, que varias veces me oriné en los pantalones cortos, así que mi madre sabiamente se resignó a dejarme en libertad.

Pasaba la mayor parte del día con Gertrudis, en cuanto mi madre se descuidaba me iba  la casa de la anciana a la que le pedí que fuera mi abuela adoptiva porque yo prácticamente no tenía abuela, mi abuela materna murió a poco de nacer yo y la abuela paterna vivía muy lejos de mi casa y de mi corazón. Así que le pedí a Gertrudis que fuera mi abuela adoptiva: “tía Gertrudis, quieres ser mi abuela adoptiva”, le dije y ella aceptó, muy seria me persignó, me besó en la frente y me dijo: “en nombre del Dios del amor me declaro tu abuela adoptiva desde hoy y para siempre”.

Gertruditas empezaba a cantar muy temprano, mientras se tomaba su café y degustaba el primer cigarrillo del día, continuaba cante y cante mientras hacía el aseo de las dos únicos cuartos de su casita, mientras hacía la comida y al anochecer. 

Cuando cumplió 100 años hicimos una fiesta con pastel y todo, fue el día más feliz de su vida y la primera vez que le celebraban un cumpleaños; pero un día todo se acabó, nos fuimos de esa casa y nunca volví a ver a Gertrudis, la loca, pero ella y sus canciones viven en mi corazón.  

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