martes, 9 de mayo de 2017

9083. LA HISTORIA DE LUIS.

Por EVERILDO GONZALEZ ÁLVAREZ.
Ambientalista, periodista y escritor.
Desde Michoacán. México. Para
Tenepal de CACCINI

PRIMERA PARTE.

Buen amigo Luis, muchos años tengo de conocerlo y, después de años de insistencia, por fin accedió a contar parte de su vida, una vida de altibajos, pero que, como dice, “mi vida es de un antes y un después”, ese después que lo dejó marcado para toda la vida, pero que está vivo y que dice, lo más importante de todo es que logré sacar adelante a la familia, no es un hombre triste, acabado sí, los esfuerzos para todo lo han dejado como una persona con la impresión de ser 10 años mayor de lo que es, de carácter fuerte, así tenía que ser para poder salir adelante. No es de muchos amigos, dice que son pocos y muchos conocidos, comenta que distingue perfectamente entre amigo y conocido, quienes lo conocemos bien lo apreciamos, es muy humano y dado a ayudar.

Con su autorización vamos a conocer de cuando tenía 33 años, ya estaba casado y ya habían nacido sus tres hermosas hijas. Tal como lo dice lo narro solamente cambio nombres.

“Era el primer lunes de Septiembre de 1984”, con mi querida esposa Celia y mis tres hermosas hijas habíamos llegado a la Ciudad de México después de  unas vacaciones en Zamora, vivíamos en la Ciudad de México en la calle Yacatas, trabajaba en la UNAM como Secretario Administrativo de un Instituto de investigación. A esa institución había llegado a estudiar para Contador Público y había entrado a trabajar a la Torre de Rectoría en el Patronato Universitario donde prontamente fui escalando puestos.

El departamento que rentábamos tenía tina en el baño. De lunes a viernes llevaba a Rosita, a mi inquieta e inteligente hija mayor que tenía 4 años, al Instituto Miguel Ángel, entraba a las 8 de la mañana y hacía aproximadamente una hora de camino, a la entrada se quedaba con mi hermana Hilda y yo me iba a la UNAM.

Ese lunes llegó la hora del baño, y al alzar el pie para entrar a la tina, la pierna no respondió, lo volví a intentar y no tuve problema, no le di importancia a eso y después de desayunar, nos subimos al carro y emprendimos la ida al Colegio. En un momento dado tomaba la Calzada de Tlalpan y me iba un buen trayecto por el carril de alta velocidad. Era tan inquieta mi Rosita, que para que se fuera quieta, nos íbamos cantando, no faltaba alguna como Osito Panda o El me mintió, un buen rato así nos íbamos y ya luego le preguntaba de la tarea, todo para entretenerla. Todo iba bien hasta que de pronto sentí como un desmayo, como que tenía alta fiebre, fue momentáneo y como pude reaccioné, toda mi atención estaba en que nada nos pasara por mi hija, sentía que perdía el conocimiento, como pude me cambié a un carril y al otro y también como pude me orillé y me estacioné, ya para ese momento me sentí bien, como si nada hubiera pasado, me quedé unos pocos minutos tratando de explicarme qué me había pasado. Rosita me preguntaba qué pasaba, no recuerdo qué le contesté, la realidad es que jamás he comprendido cómo pude en un instante, de ir del carril de alta velocidad en una calzada llena de tráfico como Tlalpan, pasar a los otros dos carriles y luego orillarme, no sé cómo si se me dificultaba ver, si sentía que no podía manejar, pero lo hice afortunadamente.

Seguí manejando, pero, por precaución, ya no seguí por Tlalpan, no recuerdo por dónde me fui, una cuadra antes de llegar al Instituto Miguel Ángel donde estudiaba, nuevamente sentí que perdía el conocimiento y como si tuviera mucha fiebre, no pude continuar, me sentía morir, pero tenía que vivir por Rosita, por Laurita y María y Celia, Casi para desvanecerme le dije a Rosita que ahora se tenía que ir caminando, que yo no iría, sí papi -me dijo-, pasando la calle volteas y me saludas, y no platiques con nadie, te fijas bien al atravesar la calle que no vayan carros, cuando llegues a la entrada me saludas y ya cuando veas a tu tía Hilda volteas y nuevamente me saludas.

Muy bien que siguió todas las instrucciones, en el último saludo hice un esfuerzo por verla, por no desvanecerme, fue un alivio que mi Rosita hubiera llegado, en esos momentos consideré que había llegado mi fin,, me sentía muy mal, mucho muy mal, recuerdo que bajé el vidrio y me quedé dormido, no aguanté , sin más y sumamente mal, ahí me quedé…


Continuará.

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