lunes, 22 de mayo de 2017

9131. LA HISTORIA DE LUIS.

Por EVERILDO GONZÁLEZ ÁLVAREZ.
Ambientalista, periodista y escritor.
Desde Michoacán. México. Para
Tenepal de CACCINI

TERCERA PARTE.

Algo mal en el Instituto me notaron, mi secretaria entraba continuamente por cualquier pretexto. Durante una hora estuve bien, atendí lo que urgía, cuando de pronto me empezó un intenso dolor debajo de la cintura, del lado derecho, era tan fuerte que sentí que me desmayaba, la secretaria se alarmó y mandó llamar al chofer, al señor Rogelio para que me llevara al Centro de Salud de la UNAM, el dolor no cejaba y  como pude caminé al estacionamiento y nos fuimos , el dolor era intenso y a cada paso más me dolía, ya para cuando llegamos  a dicho Centro no había dolor, de todas maneras me revisaron y me dijeron que posiblemente fueran cálculos renales. Me mandaron hacer estudios y regresé al Instituto como si nada hubiera pasado, ya nada me pasó y me sentía bien.

Por las cosas que me estaban pasando ya para ir a la casa a comer no quise manejar y me llevó el chofer, llegué a la casa, comí y la calma volvió, a mi esposa solo le dije del dolor, a nadie quería alarmar sobre lo sucedido en la mañana, consideré que podía ser cierto lo de los cálculos renales, pero no me cuadraba lo del dolor con lo de sentirme como cuando iba por Tlalpan. En la tarde ya no regresé a trabajar y encargué al señor Rogelio que al otro día fuera por Rosita y por mí. Comí y todo estaba bien, nada me volvió a pasar ese día, en la tarde escuché música y estuve con mis hijas.

Al otro día llegó el chofer y fuimos a dejar a Rosita al Instituto Miguel Ángel y luego nos dirigimos a que me hicieran los análisis, los esperamos pues me urgía saber qué me aquejaba. El resultado fue que nada tenía, no había cálculos renales, nada malo había por lo que más tranquilo me fui al trabajo, sabía que era muy doloroso lo de los cálculos, pero no se apartaba de mi mente lo sucedido. Esa mañana todo estuvo bien, ni una molestia ni nada. Nuevamente el chofer me llevó a la casa, comimos y me regresó al trabajo. Iba caminando por el pasillo del estacionamiento cuando mi pie no dio el paso, mis piernas y pies no obedecían, pude caminar, pero ahora era lento, nada me dolía, sin embargo tenía problemas para dar los pasos.

En la oficina atendí algunos asuntos, sin embargo, mis manos me fallaban, se me dificultaba agarrar las hojas o lo que fuera, tomé café y no podía detener bien la taza, mis manos no respondían, poco hice y me llegó la preocupación de que algo grave me pasaba, pero nada hice  y luego le pedí al señor Rogelio me llevara a la casa, nada comenté a mi esposa, pero ya la preocupación se apoderaba de mí, no estaba bien que algo me pasara y luego nada, alguna otra cosa y después nada, no era normal y eso de la dificultad para caminar, que las piernas ya en varias ocasiones no me respondieran, me llevaba a considerar que algo en mi estaba mal.

La noche la pasé bien, pero al otro día, el caminar se me dificultaba más y empecé a sentir ligeras molestias en las manos, en las piernas y los pies. En la tarde me llevaron con un Neurólogo quien supuso que se pudiera tratar de una polineuritis -podía ser viral o tóxica y es consecuencia de un mal en la médula espinal-. En la noche tuve dificultad para sentarme y luego pararme y al siguiente día en la mañana, se me dificultó levantarme de la cama y ya con muchos problemas pude entrar a la tina a bañarme, ya por la tarde no pude caminar, las piernas se me doblaban y me empezaron a dar intensos dolores en las palmas de las manos, en las piernas y en los pies. Las manos las sentía como si me las estuvieran quemando, los dolores en las piernas eran muy fuertes, no los soportaba. No recordaba haber sufrido de dolor más que cuando, por enojón y berrinchudo, me picaron las hormigas -las llamadas chancharras- estaba chico y ya luego mi mamá me tenía en una tina  agua quitándomelas, ese día supe lo que era el dolor, tenía cuatro años, ahora contaba con 33.

Al siguiente día me llevaron al ISSSTE, me atendieron, pero solamente me dieron pastillas para el dolor, medicina que para nada me hizo bien. Fue la única vez que me llevaron a esa institución, la vida estaba de por medio. Los dolores eran intensos y me empezaron a inyectar una droga llamada morfina que lo malo de esa es que con el transcurrir de los días, su efecto disminuía y requería de más cantidad.

    CONTINUARÁ. 

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