viernes, 26 de mayo de 2017

9155. ¡SE ACABÓ LA FIESTA!

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Se acabó la fiesta!
Tío Lupe era tío bisabuelo de este López, del lado materno. Era una bolsita de huesos, siempre en una silla de ruedas, con una cobija en las piernas, que apenas movía un poco las manos y alzaba las cejas. Daba ternura y aunque de corta edad, me molestaba que en su casa lo trataran como una maceta: pa’fuera a tomar sol; pa’dentro, a comer; pa´la cama a las seis de la tarde. Un día, en el álbum de la abuela Virgen, me topé con la foto sepia de un tipo a caballo, macizo,  bien plantado, pistola al cinto, que con cara de pocos amigos, altivo, veía a unos peones entecos que lo rodeaban mirando al suelo, con la cabeza descubierta y el sombrero a dos manos frente a sus panzas; era el tío Lupe y supe que había sido señor de horca y cuchillo, rico, maldito y muy temido, en sus tierras y en su casa… pero lo alcanzó el agrarismo, se quedó sin nada, se hizo viejo, luego anciano, de morir no daba trazas, y ya decrépito, a las siete en punto de cada mañana lo sentaban en el excusado una hora. Y nadie le dirigía la palabra. Triste.

El ‘sistema’ lo inventó Plutarco Elías Calles y el país tuvo un largo periodo de paz y prosperidad, a costa de un raquitismo político que tenía precio (y lo estamos pagando). Calles, primer hombre de Estado de México, creó una figura política vacía, un partido inspirado en el corporativismo de Mussolini, sin contenido fascista -sin ningún contenido-, predicando un confuso ‘régimen de la Revolución’; esa que nunca existió y fue una rebatiña por el poder que empezó cuando el dictador Díaz ya andaba de crucero (pleitazo entre hombres fuertes y algunos idealistas, los que a fin de cuentas, menos pintaron).

Luego llegó Cárdenas y perfeccionó el ‘sistema’. Mediante los sectores, campesino, obrero y popular, controló a los hombres que ejercían el poder político que él otorgaba, de modo que el poder presidencial parecía absoluto (y casi lo era), pues aparte, era el jefe natural ‘del partido’. El Presidente decidía todo por encima de los otros poderes, también a sus órdenes: no se podía ni soñar en ningún cargo público de importancia sin la aprobación del Presidente; los procesos electorales eran una comedia. Las fuerzas armadas se inhibieron, por el bien de todos, de participar en nada de eso. Nació el presidencialismo, no el sistema presidencialista, sino nuestro presidencialismo, un neoporfirismo a plazo fijo.

Como haya sido, en México, durante decenios, el Presidente daba poder -político, empresarial, caciquil, sindical-, y dinero -del erario o prebendas, para los políticos; de privilegios o concesiones, para los grandes empresarios-: era impensable el éxito, visto así, sin la protección del Estado personificado en el Presidente, quien en el orden político exigía sin medias tintas, obediencia absoluta y trabajo, mucho trabajo, porque los de esa camada tenían claro que para mantener el circo, había que dar resultados, algunos resultados, que beneficiaran a la gente común… a costa de la anemia política que caracterizó el siglo XX mexicano.

Lo que nunca dijeron ni Calles ni Cárdenas, es que el ‘sistema’ fuera para siempre, como una fórmula mágica infalible; eso fue para aquellas circunstancias, en aquellos momentos: no existe la panacea universal (y en política menos). La realidad rebasó a una clase política cada vez menos apta. Y pasó lo que pasó: Echeverría, López Portillo, de la Madrid, Salinas, Zedillo… cada uno menos y menos capaz, todos sin entender que el truco es que no había truco: el poder se ejercía en beneficio de las mayorías que a cambio, hacían la vista gorda ante los abusos del poder: total, dejaban vivir y se iba viviendo mejorcito; y como todo se puede regatear, nomás fijemos la atención en la expectativa de vida: en 1930 la gente vivía en promedio, 34 años; en 1976, ya era cerca del doble, digo, si se viven más años será por algo (se come mejor, se tiene mejor servicio médico y otras cosas; ahora anda la cosa en 77 años).

En el año 2000 el PRI perdió la presidencia y lo mismo que los revolucionarios se desayunaron con el neoporfirismo de Carranza, descubrimos que lo que llegó al poder fue un neopriísmo parapléjico, en manos de ineptos por parasitismo político. La presidencia de la república menguó y se instalaron los virreinatos estatales, fiera caricatura del presidencialismo ya ido.

Así las cosas, se desordenó la orgía. El Presidente ya no es dador de toda gracia y en vez de ser fuente única del poder y el dinero grandotes, quedó como garante de impunidad. De rey a padrote.

Pero… impunidad ‘full proof’ no es poca cosa. El Poder Ejecutivo federal y sus instrumentos de fiscalización y procuración de justicia se pusieron de Salinas a Zedillo, al servicio del mirreinato naciente. Luego, en los últimos 17 años, se amasaron fortunas nunca antes vistas y se prohijaron abusos antaño inimaginables: La Patria (la señora de toga blanca de la portada de los libros de texto gratuitos), pasó de querida del patrón a pupila de burdel. Triste.

Tampoco era para siempre. No hay parranda que dure cien años ni hígado que la resista. El caos es de larga duración en alejados países africanos, en partes de islas del Caribe, pero impensable en un país ubicado donde estamos, del tamaño que somos, con la potencia económica que tenemos… imperceptiblemente se empezaron a cerrar los márgenes de la discrecionalidad y complicidad: estamos ya en plena temporada de caza de malandrines e irresponsables. Una docena o más de exgobernadores y otros tantos en funciones, son candidatos a procesos judiciales y resarcitorios muy dolorosos.

Se cuestiona abiertamente al propio Presidente, a sus cercanos y amigos. Ecos de  escándalo resuenan desde Brasil y España, y ayer la nota principal del Heraldo de circulación nacional, grita a los cuatro vientos que la Auditoría Superior de la Federación, anda pidiendo explicaciones por 221 mil millones de pesos… y quedito se escucha a don Refugio Sánchez (el Cuco): Y tuuú que te creíaaas, el reeey de todo el mundooo… ¡Se acabó la fiesta!

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