lunes, 29 de mayo de 2017

9169. LA HISTORIA DE LUIS.

Por EVERILDO GONZÁLEZ ÁLVAREZ.
Ambientalista, periodista y escritor.
Desde Michoacán. México. Para
Tenepal de CACCINI

CUARTA PARTE.

Luis se pone triste, tal vez el contar, el recordar no le hace bien, le pregunto si desea seguir contando y me dice que sí, vive bien, como a él le gusta: en forma sencilla, sin lujos, alimentando a tortugas, lagartijas y pajaritos que llegan a su pequeño jardín, no viste en forma elegante y representa algunos 10 años más de los que tiene. Dice que los dolores en las piernas y los pies no lo abandonan, continuamente usa pomadas o alguna pastilla para el dolor, dice que esos dolores son sus compañeros de toda la vida, que se irán con él a la tumba. Lo malgeniudo y enojón lo dejó atrás, dice que ya de eso ya solo le quedó la cara que quien lo ve considera que es poco tratable y enojón.

 Bueno pues continúo con el relato. A la familia le recomendaron llevarme al Instituto de Neurología y Neurocirugía. Cuando me enteré no estuve muy de acuerdo pues pensé que a esas instituciones llevaban a personas que estaban mal de la cabeza, ya nada dije y accedí pues mi situación ya era crítica por nada poder hacer, me tenían que dar de comer, bañar, llevarme al baño, era un trato como si fuera un niño de meses, además, sentía que las cosas se me olvidaban y una depresión se apoderó de mi, habían pasado varios días y no me hacía a la idea que estuviera ahí sin caminar, sin nada poder hacer y con esos dolores insoportables, todo esto me fue venciendo, ¿ Dónde estaba aquél Luis sano, fuerte que había salido de la pobreza, de esa que me había llevado a trabajar desde los 5 años vendiendo gelatinas por las calles vistiendo ropa que regalaban a mis papás,? Un Luis que en pleno ascenso nada podía hacer y para todo dependía de su familia.

Un día llegué a urgencias de la institución médica que menciono y me hospitalizaron, ahí estuve 17 días, tres de los que nada recuerdo, después me dijeron que había ido a visitarme mi tía Clarita, la hermana menor de mi papá, que mi tío Gonzalo, hermano de mi mamá y, me imagino, que más amigos y familiares. Nada recuerdo, pero algo más, muchas cosas se me olvidaron como el saber por dónde me iba a llevar a Rosita al colegio, por dónde quedaban algunas calles. Algo me paso en esos terribles días, además de los intensos dolores que no me abandonaban, mis fieles , pero no deseados compañeros.

En el Instituto se tenía la buena costumbre de que un grupo de especialistas ven a un enfermo, el grupo que me veía era de 2 doctoras y 6 doctores, todos me revisaron y luego se juntaron para hablar de mi caso, no había buenas noticias, eran pésimas, 7 que diagnosticaban que no volvería a caminar, algunos mencionaron que no viviría, solo uno consideró que era posible que una medicina me pudiera hacer bien, se llamaba o se llama Azul de Prusia, fue difícil encontrarlo cuando mi familia le dijo al doctor que confiaban en él, lo encontraron en polvo y compraron cápsulas y las llenaron de ese bendito polvo.  La función de él, según explicó el Doctor era que recorrería el organismo y si mi mal había sido producido por un metal tóxico, ese metal se adhería al polvo y mi organismo lo eliminaría. A los pocos días empecé a tener leves mejorías, los dolores-ardores en las manos disminuyeron lo mismo que en las piernas y en los pies. Ya para entonces tomaba muchos medicamentos, creo eran más de 20 al día. Los ahorros se acabaron, pero eso no importaba.

Los días pasaban en el hospital y la leve mejoría continuaba, la idea de que mi mal lo hubiera producido un virus quedaba en segundo plano, pero virus o metal tóxico, lo que fuera había producido un terrible daño en el sistema nervioso central, un ataque a la médula espinal con graves consecuencias.

Continuará.

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