miércoles, 7 de junio de 2017

9207. MÁS DÉBILES QUE NUNCA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Más débiles que nunca.
Tía Lita le aguantó todo a su marido, un tal Roberto (a) El Sapo; entre otras cosas, que tenía casa chica y sus ‘aventuras’. A todos nos caía mal el tipo porque era un chocante y fue muy gustado en la familia materno-toluqueña de este menda, el capítulo final de ese matrimonio, cuando tía Lita fue a la cocina de su casa (su casa, donde vivía ella con su marido y sus hijos), a ver si ya iba a entrar en hervor la leche (antes, la leche se hervía), y encontró a su marido con los calzones de ‘la muchacha’ en las manos (con ‘la muchacha’ dentro de los calzones, detalle que agravaba la situación). Y como la leche ya estaba hirviendo, aprovechó la tía para echársela en la carota al Sapo, por lo que él entendió (días después, al salir del hospital vendado como momia), que lo mejor era no regresar al domicilio conyugal. Todo tiene límite. Todo.

Estamos en la gustada etapa postelectoral, en la que como es costumbre, hay gritos y sombrerazos.

El respetable sabe que los resultados anunciados como ‘preliminares’ difícilmente cambian y que aquél que se anuncia como ‘posible’ ganador, ya ganó.

Es lo acostumbrado.

Sin embargo, de un tiempo acá (hay si ven a don Peña Nieto le cuentan), en México pasan cosas que no son las acostumbradas (como la corretiza general de exgobernadores; las denuncias de corrupción desde el extranjero; los periodicazos desde Londres, Nueva York, Washington, por ejemplo).

Y a pesar de todo ello, en cuestiones electorales el PRI, este PRI, el PRI de Peña Nieto, parece que en las recientes campañas y el domingo pasado, actuó más sueltito que antes, como que sin pudor.

Las prácticas recomendadas y aplicadas conforme a los dictados del ‘Manual Antiguo y Aceptado del Buen Mapache’, fueron muy efectivas y absolutamente impunes durante buena parte del siglo pasado, pero poco a poco hubieron de sofisticarse porque a la gente se nos fue quitando lo bruto, hasta el punto en que de unos años acá, se trabajaba (mucho) para efectivamente obtener los votos (comprados, rentados, a crédito, con engaños, falsas promesas, firmando ante Notario los compromisos que jamás se cumplirían, como fuera, pero que la gente votara por los candidatos tricolores)… sí, aquellos dorados tiempos en que se tenían rellenas las actas de casilla desde el día anterior a los comicios ya habían pasado (¡qué nostalgia!), aquella bonita época en que ni se contaban las boletas, ya eran historia. Al menos en eso, para ellos, todo tiempo pasado fue mejor.

Después de la experiencia del 2000, de a poquitos, el gobierno nos fue cambiando las leyes electorales de manera que de repente nos desayunamos con la noticia de que el IFE ya no era IFE sino INE, lo que no fue nada más cambiar de ‘Federal’ a ‘Nacional’, sino volver central el instituto electoral, de manera que en caso de apuro, desde la capital del país se pueda intervenir cualquier proceso, dejando a los institutos estatales en calidad de sucursales. ‘Tá bueno.

Si a eso suma usted que los consejeros electorales que integran el INE se los reparten por cuotas los partidos, empieza a rechinar la máquina. Y luego, al final de todo el aparato de control electoral, queda el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (Trife, coloquialmente), cuyos fallos no admiten recurso y no raramente son absurdos, contradictorios y claramente sospechosos, de manera que el poder (el poder grandote), tiene la certeza de que con muchas más vueltas que antes, con mucho más maquillaje, vestuario y escenografía, pero lograron regresar todo al pasado: hacer lo que les da la gana. Ni modo.

Nada más que hay una condición: no hacer estupideces. Eso no se puede.

Mire usted: las sumas deben sumar (sabio se ha vuelto este López). Lo que no tiene defensa es que en los propios documentos del Instituto Electoral del Estado de México, dos y dos dé doce (si de don Alfredito III, se trata) y que dos y dos dé uno (si de doña Delfina del Peje, se trata).

Crecen las denuncias en ese sentido: nomás le echaron votos de más a Alfredito III, sin imaginar que iba a haber ociosos que sin nada mejor qué hacer, se iban a poner a revisar las sumas (lo hacen en ‘Excel’, que ni sé que sea, pero facilita mucho la chamba, dicen; un querido amigo de su texto servidor le envió ayer un video con una muestra… de pena ajena).

En plan cínico puede sostenerse que el voto comprado es válido (y sí es), pues el que vende su voto por un plato de lentejas (una despensa, un bonito conjunto de camiseta con  cachucha, una paca de láminas de cartón, un chivo o unos pesos), decidió votar por esa razón, en lugar de por sus convicciones cívicas (ese que se rió, se me sale), y es muy su decisión. De acuerdo. Es ilegítimo, pero legal. Ni modo.

Pero que las sumas no salgan no lo defiende nadie, aparte de que (ahí le avisan a don Peña Nieto… anda muy ocupado y no se ha dado cuenta), lo traen de encargo desde los EUA, Gran Bretaña y en general los representantes del gran capital global.

Con marchas, plantones y protestas, el gobierno se limpia. Sí. Pero no con acusaciones y señalamientos que desde el extranjero llegan de parte del ‘New York Times’ y la AP (‘Associated Press’, la agencia de noticias más poderosa del mundo occidental, con oficinas en 121 países, con sede en Nueva York), con eso no se limpian. Y tanto el ‘Times’ como AP consignan que lo del Estado de México fue un batidero. No es la opinión del gobierno yanqui (faltaba más), pero es la de quienes construyen y destruyen la imagen internacional de quien les pega la gana… y ahorita al que traen entre ojos es a Peña Nieto.

Y también coinciden esos medios en que el ganador es el Pejehová, nuestro redentor autodesignado, que perdiendo la elección fortalece su discurso y en el 2018, les va a dejar el extremo inferior del sistema digestivo como de mandril.

Más vale a los operadores priístas de la elección haber hecho bien su trabajo, porque si en el Estado de México la cosa es tan burda como parece, van a quedar no solo en ridículo sino más débiles que nunca.

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