sábado, 10 de junio de 2017

9218. LA HISTORIA DE LUIS.

Por EVERILDO GONZÁLEZ ÁLVAREZ.
Ambientalista, periodista y escritor.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

QUINTA PARTE.

Luis recuerda como, por el trabajo de su papá, la familia vivió en varias poblaciones -Chavinda, Ixtlán de los Hervores, Tangancícuaro, San Pedro de la Cueva, Son, y Zamora- dice que sus papás siempre quisieron que todos estudiaran, se ríe porque dice que él se aficionó a las calificaciones de 6, los 7 los veía lejanos y ya no se diga otras calificaciones  más altas, pero aclara que lo poco que aprendía se le quedó bien grabado, esos seises, dice, llevaban a regañadas y a castigos -barrer, trapear, lavar los trastes, tender las camas- pero eso, menciona, me llevaron a no ser inútil, a que las cosas no se me dificultaran. Luis ríe porque dice que estudiaba, estudiaba y más estudiaba, pero nada se le quedaba, después de una hora o más estaba como si no hubiera estudiado, aún así terminó la preparatoria y 3 semestres de licenciatura en la UNAM.

Bueno, volvemos a su historia. El grupo de médicos que me atendían en el Instituto de Neurología y Neurocirugía , cuando vieron que empezaba a reaccionar, principalmente una doctora dijo, que el daño a la médula estaba hecho que no se regenera, que la afectación a mis extremidades superiores e inferiores seguiría, alguno por ahí mencionó que si volviera a caminar lo haría después de algunos 8 años, con férulas y apoyado en andadera, pero que no era seguro, que el 99% era de no volver a caminar, que agradeciera que no había muerto y que estaba vivo, porque decía que las personas con una agresión a la médula espinal no sobreviven, esto lo alcancé a escuchar, mucho de lo hablado no se hacía frente o cerca de mí, pero escuchar eso, agravó mi crisis nerviosa, esa depresión que por varios meses me acompañó.

Estando en el hospital, y como fumaba en ese tiempo, los doctores eme comentaron que era malo el que fumara, pero que eso me ayudaba al detener con los dedos el cigarro, ya que seguía sin nada poder hacer.

Ante mi leve mejoría -los dolores disminuyeron, pero todo lo demás seguía igual-, se me envió a la casa pero tenía que ir diario a rehabilitación, era indispensable ante el atrofiamiento de las extremidades. Los dolores, aún cuando ya un poco menos intensos continuaban -nunca me han abandonado, me siguen a pesar de que han pasado 34 años- Después de 17 días me llevaron a la casa, ya no vivíamos en Yácataas sino en el Sur del D.F. en el fraccionamiento Los Girasoles. El problema es que el departamento estaba en el tercer piso, y como me tenían que cargar era difícil. Ya para entonces había bajado 20 kilos y la tremenda depresión seguía conmigo. La mayor de mis hijas tenía 4 años, y 1 la menor, mi esposa no sabía andar en la ciudad y todo se dificultaba y yo pensaba qué iba a pasar con mi familia, mi salud, el dinero. La depresión me afectó y me tumbó.

Unos días después de haber regresado, empecé la rehabilitación, no sabía para qué si todos aseguraban que no volvería a caminar. Era lamentable mi situación, recordaba cómo había entrado a Auditoría Interna en la UNAM y lo pronto que fui subiendo de puestos, no por influencias sino por eficiente. Recordaba lo sano que siempre había sido, lo bueno que era en el basquetbol, en las carreras, era muy sano y cómo de pronto sentado en una asilla de ruedas sin siquiera poder comer, ni lavarme la boca, todo se me caía -a la fecha las cosas se me caen- me tenían que bañar, que cambiar de ropa.

Ahí estaba yo, al que nada se le dificultaba, el que todo lo hacía fácil, aquel que tanta pobreza había padecido y que cuando iba en ascenso---tenía el ofrecimiento de una dirección en la  entonces Secretaría de Programación y Presupuesto---una enfermedad me impedía llegar a ganar más y tener mejores condiciones de vida.

Mi hermana Hilda se hizo cargo de mí, me inyectaba cuando era necesario o me llevaba a las citas médicas.

Continuará.

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