miércoles, 28 de junio de 2017

9295. LA HISTORIA DE LUIS.

Por EVERILDO GONZÁLEZ ÁLVAREZ.
Articulista, ambientalista y crítico.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

SÉPTIMA PARTE.

Comenta Luis que de chico no le gustaba leer, dice que ni siquiera sabía leer pues en los colegios poco aprendió. Ya fue en preparatoria, en el colegio Patria, donde en la clase de literatura con la madre Virginia leyó un libro, María de Jorge Isaacs, luego Cumbres Borrascosas de Emily Bronte, que es una obra clásica, después El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas y siguieron una gran cantidad de obras ya que se las devoraba. Ya fuera en el baño -le llamaba la biblioteca- recostando en la rama de un toronjo, en su cuarto, en el camión, siempre leía, era su gran gusto y, comenta, así fue como aprendió a concentrarse y ser mejor estudiante.

Seguimos con el relato de Luis. En rehabilitación del Instituto de Neurología y Neurocirugía, antes de entrarme a la tina de Hubbard, pasé con la Dra. Encargada quien me revisó y comentó que el ejercicio me ayudará a mantenerme como estaba con algunas mejoras en los movimientos, de brazos, manos, piernas y pies, pero para nada contempló el que volviera a camina -eso era alimento para mi depresión-.

|Me llevaron a un lugar donde me quitaron la ropa y quedé en traje de baño,  y con lo que llaman grúa me entraron a la famosa tina, el agua estaba sumamente caliente, eso ayudaría a que se pudieran hacer los ejercicios más fácil y sin tanto dolor. Ahí estuve algunos 15 minutos y luego la grúa me sacó, me llevó a la mesa de ejercicios donde me vistieron y a donde llegó la terapista -ahora con agrado la recuerdo- saludó a mi hermana y luego a mí, me explicó lo que haría ese día e inició su trabajo. Acostado en la mesa, de pronto sentí que me arrancaban un brazo y un intenso dolor me invadió todo el brazo, grité y me puse muy nervioso, pero el ejercicio siguió. Tanto dolor por solo haberme levantado el brazo, la señorita me tomó el otro y sucedió lo mismo, otro grito y más dolor, es un hecho que si hubiera podido caminar me hubiera salido, pero no, luego siguió una pierna, el dolor no fue tan fuerte y así después la otra pierna, no había consideración, la terapista sabía que no podía tener contemplaciones y que a pesar del dolor, que sabía me daba, ella tenía que seguir, no había de otra.

Algo me conforté cuando terminaron los ejercicios y me llevaron al área de colchones, ahí me tenía que rodar, para un lado y luego para el otro,  pensé que eso sería de lo más fácil, pero para sorpresa mía, no pude rodarme, mi hermana me tuvo que ayudar, mi mente decía una cosa, pero mi cuerpo no obedecía y por ese día fue todo.

Salí del área de rehabilitación todo adolorido, pero lo peor era considerar que no volvería a caminar ni a valerme por mí mismo, nadie mencionaba alguna esperanza y estar en casa nada bueno me hacía pues el tiempo lo pasaba pensando y alimentando la depresión.

Al otro día, temprano, nuevamente con mi hermana nos trasladamos al Instituto, a rehabilitación, fue lo mismo del día anterior aun cuando los dolores no fueron tan intensos. Ya en el área de colchones, pude platicar un poco con uno de los pacientes, aproximadamente 15, estaban ahí por  lo que se conoce como cisticercosis que decían se daba por comer carne de cerdo infectado de larvas o algo así, pero que a muchas personas les afectaba el sistema automotriz, ahí estaban con síntomas parecidos a, los míos nada más que sin tanto dolor ni pérdida de la fuerza. Con algunos me hice de amistad y durante algunos ejercicios platicábamos y lo mismo hacía mi hermana Hilda con familiares de ellos.

Continuará.

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