martes, 4 de julio de 2017

9320. LA BACINICA Y EL JARRO.

LA FERIA

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

La bacinica y el jarro. 
Tío Cuco era primo del abuelo materno; tío Cuco era raro y este menda, aún con la ingenuidad de los niños de antes, tuvo siempre claro que algo no cuadraba en él. Era mediano tirando a chaparro, gordo y caderón, angosto de hombros y manos chiquitas, raro, con su bigotazo como cepillo, los cachetes tersos, el pelo casi a rape; hablaba bajito y fumaba puro. Tío Cuco nunca se casó ni tuvo hijos; de joven echó bala en la Revolución y de grande se hizo rico de jadear contando dinero, sin que nadie supiera de dónde ni cómo. Murió tío Cuco y su funeral fue un tumulto de sobrinos y parentela toluqueña miscelánea, en la casona que tenía en San Ángel, entonces D.F. (que en el inmenso vestíbulo de doble altura, nomás como anticipo de lo demás, había un gran óleo de Velázquez que valía más que la manzana completa). Raro el funeral de tío Cuco porque una vez depositado el ataúd en la sala, por los empleados de Gayosso, un señor muy elegante que nadie conocía y que resultó ser el Notario de tío Cuco, antes de que tía Beatriz incoara el primer rosario (era su especialidad, los rosarios llorosos), tomó la palabra y leyó en voz alta el testamento “de la difunta”, que eso dijo el fedatario, “difunta, Refugio Gómez Tagle de la Campa”, quien dejó la mayor parte de su fortuna a su ama de llaves, “por 40 años de fiel amistad”. Lo demás alcanzó para hacer felices a todos sus sobrinos a condición de que esquelas y lápida dijeran “Cuco” y puntualmente se cumplió su sagrada voluntad. Pepe, el más impresentable primo que tenerse pueda, ratificó la estulticia de este López: -Eres el único idiota-, -él dijo otra palabra que rima con dejo-, que no sabía que Cuco era Cuca… todos estaban en la mentira pastoreando herencia… total –sí, total-.

La mentira sufre una constante campaña de desprestigio, que no distingue la gama que va de la calumnia criminal a la mentira piadosa (“Como va, esta semana lo doy de alta” –dice el médico al paciente del que sabe no amanece, total, para qué lo angustia-). Sostiene López que sin mentiras la vida en sociedad es imposible, no existiría el progreso y hasta peligraría la supervivencia de la humanidad (y muchos maridos).

Una mentira clásica que no recibe ninguna atención es la democracia. La cosa empezó cuando, ya agotado el recurso de la fuerza bruta para cohesionar la tribu, un listo se inventó… ¿qué creen?... que Dios le había dicho que era Su elegido para mandar sobre todos; y esa mentira duró (y dura), a la fecha: “Todo poder viene de Dios” enseña aún la iglesia romana (y a su modo, también Hegel, Bakunin y Nietzsche).

Ya muy desprestigiado Dios por culpa de los gobernantes (reyes, monarcas, dictadores, autócratas, aristócratas y sabandijas de varia especie), a otro vivo en el siglo V a.C. se le ocurrió otra mentira: que “la soberanía reside en el pueblo”, reservándose la definición de “pueblo”; y en Atenas, “cuna de la democracia”, sólo podían votar, los varones que tuvieran terminado el entrenamiento militar (niños, mujeres, esclavos y extranjeros, no, nada, no eran pueblo; los pobres podían votar pero no formar parte del gobierno, cosa reservada a los “eupátridas”, los “bien nacidos”… chulada); y no se crea que lo que usted y su texto servidor entendemos por democracia es de mucho acá, que el voto universal (que todos seamos “pueblo”), no se puso de moda sino muy recientemente: en México, en 1953 se aceptó que las mujeres votaran; en 1920 en los EEUU, pero a los negros, plenamente, hasta 1965 (“Voting Rights Act of 1965”); y hoy, en China, solo pueden votar para elegir Presidente y Vicepresidente, 2,987 chinitos de entre 1,387 millones de habitantes, digo por poner unos ejemplos.

El caso es que la democracia es algo que goza de un inmerecido prestigio universal. El concepto mismo es intocable: ¡viva, viva la democracia!, y se nos olvida que Hitler se hizo del poder democráticamente y que hasta en los países más peinaditos, en los que se elige libremente a los que han de gobernar… solo se puede elegir de entre los que les dan a escoger, que no cualquier pelagatos aparece en la boleta electoral, faltaba más (en el Reino Unido cualquiera al que apoyen cinco ciudadanos tiene derecho a estar en la papeleta, pero si gana, solo gana un escaño en el Parlamento y ahí, eligen Primer Ministro los partidos, que en ese país nadie vota por el Jefe de Estado, faltaba más… pelados estos).

Claro que democracia no es solo lo electoral, sino la división del poder en tres (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), aunque el Judicial no puede ejecutar sentencias si al Ejecutivo no le pega la gana (a ver, ¿quién va a ir a detener malandrines?), y el Legislativo puede sacar las leyes que mejor le parezcan… con la esperanza de que el Ejecutivo las aplique.

En fin, no es perfecta la democracia, pero cuando menos asegura dos cosas: un plazo fijo en que se cambia a los integrantes del gobierno y que no haya una aristocracia que nomás por herencia tenga el poder y mangonee a su gusto… aunque los partidos no tengan fecha de caducidad y la aristocracia de sangre haya sido sustituida por la del dinero, porque sin dinero no hay modo de tener acceso al poder grandote.

Aun así, la fuerza del voto masivo es un contrapeso real a la élite política, con el inconveniente de que el voto no se pesa, se cuenta, y vale lo mismo el voto de la abuela Virgen (la de los siete hijos), que el de una doctora en ciencias políticas (y mi queridísima abuelita votaba “por el más guapito”, siempre).

Y que el voto no se pese sino se cuente es porque el fundamento mismo de la democracia es que todos nacemos iguales y con los mismos derechos, lo que es otra mentira, por más que sea dicha con la mejor intención; y es mentira, a menos que usted piense que es lo mismo nacer en la punta de un cerro de la Sierra Tepehuana que en un “pent house” en Lomas Virreyes. Digo, todos somos iguales pero hay unos más iguales que otros y sigue siendo cierto que siendo todos del mismo barro no son lo mismo la bacinica y el jarro.

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