martes, 25 de julio de 2017

9404. CUOTA DE TECLAZOS.

LA FERIA

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Cuota de teclazos.
Platicando con la prima Alicia, salió en la conversación el primo Danielito (ya sabe cuál, el de cociente de inteligencia inferior al caracol de jardín), cosa rara porque Danielito no da para tema de conversación, pero fue porque este menda dijo que le parecía extraño que jamás se hubiera casado siendo no de mala pinta, muy educado, muy formal, caballeroso y por encima de todo, muy rico (porque heredó 27 casas y dos edificios -en Polanco-, y su única ocupación es hacerse rico cada mes, cada mes más rico). Y Alicia, de aire, me respondió: -Danielito se hubiera casado solo con una igual o más estúpida, y de esas no hay como tampoco quien aguante vivir con alguien tan estúpido, por rico que sea –tiene razón.

Queda usted prevenido que de aquí en adelante, esta Feria es políticamente incorrecta, ofensiva, insultante, descortés e impertinente. Si sigue leyendo es bajo su responsabilidad (no respondo chipote con sangre).

El problema de México no es la corrupción. Tampoco las leyes, las instituciones disfuncionales o la vecindad con los EUA. El problema de México es la estupidez.

Lo anterior no significa que nuestros políticos sean estúpidos, aunque los hay. Ni que el tenochca estándar sea estúpido (aunque también debe haber). No. Lo que sostiene López es que la estupidez como tal (como si fuera un virus o una entidad realmente existente), se ha ido apoderando de la vida privada y pública.

Por alguna razón -materia de estudio de sociólogos y antropólogos-, de un tiempo acá se ha ido imponiendo la idea de que lo único socialmente aceptable es no tener ideas y que si se tienen, sea a condición de ser tolerante con cualquier otra idea, sin tolerancia ninguna para el que no piense así.

A la par se han impuesto otras ideas que conforman un cuerpo dogmático del que pocos se atreven a discrepar, so pena de hacer un papelón. Destaca la afirmación de que el mejor sistema político (o el menos malo), es la democracia, la democracia que conocemos, a pesar de los resultados probadamente malos que nos ha dado, pero, si alguien se atreve a decirlo, de inmediato le brincan: ¿entonces qué, dictadura?, ¿don Porfirio?, ¿los militares?, ¿o quieres nobles y un rey?...

No, nadie quiere eso. Lo deseable sería tener un régimen que permitiera menos estúpidos en el poder (y si fueran menos estúpidos, serían menos ladrones, por supuesto); lo deseable sería tener un sistema político en el que no cualquier pandilla de listos pudiera armar un partido y vivir del erario por los siglos de los siglos, predicando lugares comunes, ideas vacías… la nada ideológica, como punto centrista de convergencia al servicio, claro, de una diminuta oligarquía usufructuaria de todo; un sistema que imposibilitara también que la simple fuerza de la mayoría decida quién queda de Jefe de Estado y de Gobierno, sistema al que no recurre nadie en sus cabales para escoger dentista o sastre, pero que no se sabe la razón, es el único decente, según quién sabe quién, para decidir el destino del país. Sostiene López, aunque sea grandísima majadería, que es estúpido decidir por el número de votos quien queda al timón del país, sin saber nada de quienes nos ponen en la boleta para que escojamos ¡libremente!, sabiendo todos que hay mil trampas y triquiñuelas. Hay otros sistemas, tal vez igual de malos, democráticos también, que al menos, impiden la creación de partidocracias, grupos de privilegiados que se abanican con el bienestar común.

Otra idea universalmente aceptada es que todos nacemos iguales, siendo obvio que eso es mentira… y de inmediato nos acotan: iguales en derechos. ¿De veras?... ¿o sea que tienen los mismos derechos los hijos de rico que los que nacen y se crían en la calle?... no, y no los tienen porque lo imposible no existe y no se tiene, y a los hijos de pobre les son inalcanzables los derechos y oportunidades de los hijos de rico.

Aparte, ¿cuáles derechos?... ¡los humanos!, los derechos humanos, se responde con indignación. Bueno, si de los derechos  humanos hablamos, como los que derivan del derecho natural, le tengo noticias: no existen, ni el derecho natural. Derecho es aquello que quienes tienen la capacidad -la fuerza-, imponen a los demás como de obligatoria observancia y si son inteligentes, respetan las costumbres existentes en sus comunidades (trate de explicar la monogamia en algunos países árabes; el laicismo en algunas teocracias; la igualdad ante la ley en algunos reinos; la elección directa universal en China… pruebe). El único derecho real es el derecho positivo, la expresión en palabras escritas de lo que se acostumbra en cada sociedad.

No hay derecho divino, ni natural, ni humano (a menos que piense usted que todas las religiones del planeta y los gobiernos aceptaron la esclavitud por mensos o que la proscribieron por buenecitos: no, tener esclavos era carísimo; que cada quien se rasque con sus uñas, tenga su salario mínimo, su seguro médico popular y su fondo de ahorro para el retiro, eso es lo que cuadra en el estado financiero de las corporaciones y en los presupuestos nacionales).

Estamos hablando de estupidez sin definirla (¡qué estúpido!): aquí se entiende por estupidez el acto que daña a otro o a otros, sin beneficio para el que ejecuta la acción, pues también hay otras cosas que son  bajezas como robar (al erario), vender lo ajeno (el petróleo), no cumplir con los deberes (el socavón en la carretera a Cuernavaca), legislar con maña (las elecciones, las condiciones para las candidaturas independientes, los privilegios de legisladores, jueces y altos funcionarios), estas no son estupideces, son algo que rima con regaderas: eso son. De esta manera viene a resultar que los pillos que disfrutan en decúbito supino de los favores de La Patria (ya sabe quién, la señora de toga blanca), son ruines, zafios, canallas, lo que usted quiera pero no estúpidos, que los estúpidos son los que les aguantan, los que les aguantamos.


Remedios hay. Pero será mañana… hoy se acabó la cuota de teclazos.

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