miércoles, 26 de julio de 2017

9409. FRANCISCO VELARDE, EL BURRO DE ORO.

Por EVERILDO GONZÁLEZ ÁLVAREZ.
Ambientalista, articulista y crítico.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

SEGUNDA PARTE.

Queriendo hacer aún mayor gala de ostentación, en tiempos del Presidente Santa Anna, compró, a un alto precio, el grado de General, cosa que tan solo le sirvió para lucir vistosos uniformes, aunque no tuviera ni la más mínima noción de cómo se tomaba un arma.

Sus pretensiones fueron mucho más lejos aún, y por ello cuando se estableció la monarquía en México, Velarde quiso incrementar su nivel haciéndose amigo del emperador Maximiliano, por lo cual intentó granjeárselo enviándole valiosos obsequios e invitándolo a pasar algunos días de descanso en la casa que tenía en la Perla Tapatía, y aunque al parecer jamás se le rechazaron las invitaciones, Maximiliano nunca vino a visitarlo debido a sus múltiples compromisos. Pero Francisco Velarde, creyendo que el Emperador vendría, gastó miles de pesos en preparativos. Invirtió mucho dinero para dejar en óptimas condiciones la residencia que tenía en la esquina de Hidalgo y Pino Suarez, donde hoy se encuentra el Palacio Legislativo. Importó muebles de Europa, adquirió vajillas hechas de plata con incrustaciones de oro y llenó la casa de un lujo chocante y excesivo para impresionar al dignatario.

En el colmo de su tontería, puso a trabajar día y noche, sin descanso a un gran número de sastres y costureras, para hacer un enorme toldo, que pretendía cubriera al Emperador en su camino desde Guadalajara a la barca, para que Maximiliano en su viaje no estuviera expuesto a los rayos del sol.

Por supuesto que todos sabían lo que estaba haciendo, y no entendían su proceder, porque nadie ignoraba que el gobierno de Maximiliano caería en cualquier momento y no era muy bueno andar tomando partido en su favor, y mucho menos llamarse su amigo. Pero era entendible que el Burro de Oro lo promulgara a los cuatro vientos. Porque todo lo que hacía se lo contaba a la gente en su afán de presunción.

Francisco Velarde, a su paso entre Guadalajara y sus vastas propiedades se hizo notable por su boato -ostentación lujo, exageración, suntuosidad, pompa, aparato-, elegantes carruajes y gran escolta que siempre le acompañaban, así como su ornamentada forma de vestir. Su tren de vida era tan refinado que pudiera confundirse como ostentoso, así su casa-palacio en la capital tapatía es aún una de las muestras más notables de la arquitectura Neoclásica, y ocupa la esquina de las calles de avenida Hidalgo y Pino Suárez, convertida actualmente en una oficina pública. Tanto esta señorial casona como las demás que poseyó en Guadalajara -cito aquí la Quinta Velarde y la espléndida finca de campo en San Pedro Tlaquepaque que hoy ocupa el Museo de la Cerámica-, estaban exquisitamente amuebladas al lujo y estilo europeo, pero mención aparte merece la mansión conocida como La Moreña -nombrada así por el apellido De la Mora- en La Barca, quizá de alguna forma su casa principal al igual que Buenavista en Michoacán.

Allí hizo plasmar los más bellos murales al temple que existen en todo nuestro país, en pasillos y corredores, utilizando temas mexicanísimos debidos al pincel de Gerardo Suárez , el más notable pintor local de la época a que nos referimos --1855-. Ello da perfecta muestra del buen gusto que tuvo tanto por lo tradicionalmente mexicano, así como por los muebles, vajillas, espejos y candiles traídos desde París.

Si como dicen aún las malas lenguas, el BURRO DE ORO hubiera sido una persona de escasa cultura y gran presunción, nunca hubiese ordenado realizar semejantes obras de arte en todas y cada una de sus casonas. Esto sólo denota la falsedad de la leyenda urbana creada en torno a él, como un ignorante e iletrado general imperialista y conservador de escasa inteligencia y gran fortuna en oro y plata, cuyos sueños de gloria, según se decía, lo llevaron a tener su propio regimiento y a llegar a invitar a conocer sus vastos dominios al Emperador Maximiliano, sueño este último que por cierto nunca se le cumplió.

Muchas anécdotas y leyendas se le han atribuido, se dice que era tan rico que llegó a comprar mulas de sus propias recuas, porque ignoraba que fueran suyas: En uno de sus frecuentes viajes a Guadalajara, se encontró con una recua -Conjunto de caballerías o animales de carga que van juntas y sirven para transportar cosas-. Reatas. -Conjunto de cosas o personas que van unas detrás de otras una recua de turistas- mulas alazanas. Encantado por aquel hermoso conjunto se encaró con el jefe de los arrieros y trató de comprarlas, pero el arriero se negaba a venderlas a pesar de que Velarde le enseñaba bolsas con monedas de oro. Molesto por las negativas, Velarde le preguntó por el dueño de las mulas, a lo que el arriero contestó: Po’s la mera verdá, mi amo, yo no sé cómo se llama mi patrón, sólo sé decirle que lo conocemos como el Burro de Oro, lo que ocasionó una fuerte carcajada del patrón y que el atribulado arriero recibiera una buena cantidad de monedas doradas.

El 25 de enero de 1867, cuando Maximiliano estaba sitiado en la ciudad de Querétaro, el general Don Ramón Corona, como jefe de la División de Occidente, ordenó, que se entregaran como prisioneros de guerra todos los imperialistas que radicaran en poblaciones y lugares dominados por los republicanos, y en caso de desobediencia, serían perseguidos, capturados y fusilados. El Burro de Oro en su calidad de General del Ejército Conservador tenía a su cargo la región occidental de Michoacán, estando en Zamora y en el fatídico año de la caída del Segundo Imperio, es aprehendido ya que no puede huir debido a su sobrepeso.

                                                                            CONTINUARA.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escribe un comentario sobre esta entrada: