jueves, 26 de abril de 2018

10,574. ¡OREMOS!


LA FERIA 

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

¡Oremos!
En este mundo se ha escrito de todo y la mentira no es excepción. Hay varios libros muy seriecitos sobre el tema y hasta uno sobre la “Sociología de la mentira”, de Ignacio Mendiola y Juan Miguel Goikoetxea (ahí lo pronuncia usted).

San Agustín, considerado por no pocos como uno de los más grandes sabios de la humanidad, escribió un ‘Tratado sobre la mentira’, en cuya Primera Parte (Naturaleza y malicia de la mentira), Capítulo III, afirma (no es cita literal, no sea fijado):

“No todo el que dice algo falso miente, si cree u opina que lo que dice es verdad (…) por tanto, miente el que tiene una cosa en la mente y expresa otra distinta con palabras u otros signos. Por eso, se dice que el mentiroso tiene un corazón doble… (don Pejesús, cuídese, no le vaya un día a dar infarto doble, en buen plan).

Advierte San Agustín, ya desde la Introducción: “La mentira es un gran problema que, con frecuencia, nos inquieta en nuestro quehacer cotidiano, porque tal vez denunciemos, temerariamente, como mentira lo que no es mentira”… bueno, no vivía en México (¿cuál inquietud en nuestro día a día?).

Sabido es que el tenochca estándar, en esta materia, está más curtido que un sargento prusiano en el intercambio de balazos, y es muy difícil que le tomen el pelo a cualquiera de nosotros los integrantes del peladaje nacional, a pesar de lo cual (“¡o tempora, o mores!”), siendo tan reciente el arribo de las encuestas y sondeos de opinión a esta tierra de hombres cabales, tenemos la tendencia a considerarlas como verdad revelada, siendo que en esta vida, hay verdades, medias verdades, mentiras, estadísticas y encuestas (que vienen a ser, cuando intencionalmente son engañosas, las peores mentiras).

En países en los que las encuestas se practican hace mucho, quienes se dedican a ellas, son más cuidadosos (además de que están vigilados y regulados con diferentes grados de severidad); sin embargo, alguien como Winston Churchill, que algo sabía de política, en vida tuvo fama su desconfianza por las estadísticas y las encuestas (y se le atribuye la frase esa de que “las estadísticas son como un bikini, muestran datos interesantes pero esconden lo realmente importante”, si es que lo dijo, ¡vaya usted a saber!... ha de ser mentira).

Lo cierto es que muy recientemente se acuñó un neologismo (David Roberts, 2010): la “posverdad”, que más o menos es la distorsión deliberada de la realidad, para crear corrientes de opinión, influir en la sociedad y en las decisiones que se toman colectivamente (o sea, sin saberlo, algunos no pocos de nuestros políticos, desde el siglo XIX, han manejado “posverdades”, sin enterarse).

Viene a cuento todo esto por dos cosas. La primera, se puede despachar rapidito: según muchas encuestas, primero se cae el Popocatépetl que el Pejecutivo no gane las elecciones del 1 de julio (pero no según todas las encuestas, que hay las que ponen en empate técnico a José Antonio Meade con el Pejengañador patrio); y también muchas otras encuestas en las que en segundo lugar lo tiene el C.Anaya (o sea: el ciudadano simplex no se da cuenta de nada y le cree todo al nene).

La segunda cosa es precisamente el caso del C.Anaya. Ayer se supo que en España lo están investigando por su habilidad para hacer millones de pesos, sin sudor ni esfuerzo, aunque haya malpensados (en España) que sospechen que se trata de un caso más de enriquecimiento ilícito, con guarnición de lavado de dinero y un toque (al gusto) de asociación delictuosa (para no ofender con lo de delincuencia organizada).

Acá en México, un grupo de notables (Enrique Krauze, José Woldenberg, Claudio X. González, Federico Reyes Heroles y María Elena Morera), ya le puso el pasado 5 de marzo una carta al Presidente de la república, diciendo que si no hay pruebas contundentes (¿hay pruebas no contundentes?... aprende uno cosas), “el uso de la PGR para perseguir a un líder de la oposición pone a México junto a países con regímenes autoritarios o democracias totalmente disfuncionales”… bueno, lo que pasa es que sí hay pruebas, pero como en nuestra patria aparte del amparo, existen las candidaturas para paralizar la acción de la justicia, resulta que no se atreve la autoridad a simplemente sujetarlo a proceso. De otro país tenía que venir la cosa, en este caso, de España, donde se toman muy en serio el “blanqueo de capitales” y la extraterritorialidad de la justicia (pregúntenle a la familia de Pinochet).

La declaración 3 de 3 del C.Anaya es mejor que un chiste de Polo Polo. Y sus explicaciones y contradicciones sobre la venta de la nave industrial motivo de las averiguatas, es de pena ajena: primero dijo que se la vendió a un señor Barreiro (precavidamente afincado en Canadá desde hace unos meses), y que él no tenía por qué verificar la licitud del origen del dinero de su comprador… pero, ¡lástima Margarito!, resulta que el comprador que aparece en la escritura fue un tal Luis Alberto López López (empleado del Barreiro): se echó de cabeza don C.Anaya.

¡Estamos lucidos! (exclamaba la abuela Virgen, la de los siete embarazos), cuando algo era grave:

Por un lado, un candidato a la presidencia del que no se sabe de qué vive y no se le conoce oficio ni beneficio (no, la grilla no es); candidato que hace gala de su ignorancia y miente con la seguridad que Manolete citaba al toro (“ya le ofrecí el avión a Trump”… a ver, exíjale pruebas). Esperemos que el Buen Dios, se apiade de este pueblo que quiere tanto a su mamá.

Y por el otro lado, el C.Anaya, candidato merolico que miente con aplomo de vendedor de autos usados.

Si hay lógica, es imposible que no gane Meade, digo, nomás imagínese la vergüenza de que vaya el Pejecutivo a predicar el Evangelio de Morena al extranjero, o que nos detengan al C.Anaya, ya Presidente, en un viaje que haga a Europa, que esas y peores hacen por allá.

Y doña Zavala no cuenta porque siendo la señorona que es, no piensa divorciarse (como cuete subiría en las encuestas), y el otro, el Bronco, por bruto (cheque el diccionario).

¡Oremos!

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