viernes, 29 de junio de 2018

10,843. GAEL NO ES DUDAMEL O LA JUNGLA EN LA QUE NOS METIÓ.


Enviado por SinEmbargo.
Desde la Cd., de México. Para
Tenepal de CACCINI

Por Susan Crowley.
SinEmbargo. Junio 29, 2018.

Gael García. Foto: Especial.

Mozart in the Jungle es una serie que atrapó a los espectadores. Una de sus virtudes es el encantador y sensual Gael García quien caracteriza a Rodrigo De Souza y logra que el inaccesible mundo de la música clásica parezca muy cercano y hasta divertido. Pero las aventuras del director de orquesta resultan tema de análisis. Vamos por partes, tiene un perico (que invita a los ensayos), bebe mate como desesperado, resulta ser una especie de híbrido pos colonialista (solo porque sabemos que es mexicano lo identificamos como tal, podría ser carioca o tal vez venezolano, yo qué sé); además de las rastras tiene una intensa y vehemente capacidad de hacer el ridículo y está enamorado de una especie de artista feminista posmoderna y revolucionaria que toca el violín mientras hace los más extravagantes performances. Rodrigo es capaz de dejarlo todo, abandonar sus ensayos y a los músicos por ir en busca de su amada.

En fin, el universo del arte una vez más es exhibido como una simple escenografía para contar historias intrascendentes que distorsionan el verdadero proceso de creación. ¿Por qué creen que hemos llegado al nivel en el que para que algo nos guste tiene que ser elemental, estúpido y sin mayores recursos de creatividad?, ¿la fórmula es no pensar y hacernos a la idea de que lo obvio es lo que nos hace felices? ¿por qué el entretenimiento es para idiotas y la cultura para aburridos? ¿Acaso no podemos llegar a un punto intermedio en el que las dos cosas ocurran y que la diferencia entre ellas no sea un muro infranqueable?, ¿de todas las series y documentales llenos de referentes supuestamente culturales e históricos nos quedará algo?.

Está claro que el arte debe ser accesible con el fin de ser apreciado por muchas personas. El sentido de una manifestación, cualquiera que esta sea (cine, teatro, danza, música, ópera, etc.), debe ser generosa en su expresión y permitir a un gran público acercarse. Es lo que todos quisiéramos. Anhelamos que cada vez más gente pueda habitar el mundo del conocimiento, navegar en él, penetrarlo e incluso desarrollar una habilidad (estoy segura que todos la tenemos), acompañar nuestra vida de valores más allá del dinero y la inmediatez en la que nos hemos condenado a vivir. Una especie de vida paralela en la que podamos experimentar algo más que el agobio del tráfico, de la inestabilidad política, de la inseguridad; en ese mundo creado por nuestra sensibilidad, íntimo y pleno, pueden existir todos los instantes de totalidad que necesitamos para sobrevivir a lo cotidiano. Estoy de acuerdo en que después de una dura jornada en la que solo recibimos estímulos negativos, queremos llegar a nuestra casa a descansar y si se puede aligerar la carga lo agradecemos. Esta puede ser una de las razones por las que las series se venden como pan caliente. Por las mañanas salimos a trabajar pensando en el regreso al hogar al fin de la jornada para saborear lo que los escritores, creativos, productores, directores y actores de las series han preparado. Ahí renunciamos a cualquier intento que comprometa al cerebro. Nuestra mente se deja dirigir y manipular con clichés, lugares comunes, historias de cenicientas o villanas, intrigas ingenuas, sueños aspiracionales que muy bien producidos nos hacen olvidar la importancia de pensar.

Lo más triste son las charlas de sobremesa en las que te sientes fuera de lugar si no estás al tanto del último vericueto de Luis Miguel, si encontró a su mamá o en el caso de Mozart in the Jungle, que nueva travesurita, como fumar mariguana o acostarse con alguien antes de que acabe el capítulo, nos quitará el tedio vital en el que nos empeñamos en existir. En el fondo, todo esto produce una especie de “pago” del sentido de culpa; a fin de cuentas es una serie en la que de pronto se habla de Beethoven, o ahí está Mozart, y dos segundos y medio de Mahler y su montón de músicos poniéndose de acuerdo, o que bonita es la 1812 de Tchaykovsky interpretada en un lote baldío neoyorkino.

Luego te quieren convencer de que el personaje y sus estúpidas situaciones son un guiño permanente con Gustavo Dudamel. Ahí si ya hay que parar la cosa. Pocas veces se ha banalizado y abaratado la vida de un director de orquesta a niveles tan exultantes. La asociación que se estableció de Rodrigo con Gustavo es como para demandarlos. No, Rodrigo (Gael García, pronunciado con un antipático acento gringo), no es como Gustavo Dudamel. Creer que la vida de un director es hacer payasadas, rascar el violín cinco segundos para enamorar a todas las decadentes socialités neoyorkinas, entraña un desprecio a la inteligencia del público. Las extravagancias como materia residual del genio son fascinantes; pero las extravagancias vacuas, como las que protagoniza el personaje de Gael, terminan siendo una caricatura falsa y empobrecedora.

Por qué no hacemos un esfuerzo e imaginamos el nivel de estudio, sacrificio en el que vive el que nace artista y los muchos años que invertirá en su proceso. La dedicación obsesiva desde que amanece hasta altas horas de la noche, todos los días. No puede distraer su atención en banalidades a riesgo de perder la dirección de ese destino con el que decidió ligarse. El artista cohabita en varios universos. Uno es el de los otros, en el que contacta con la vida, con los seres humanos y las cosas que le importan. Otro, es donde imagina y logra asimilar ciertas ideas, se dice fácil pero, para poder lograrlo requiere pensar, entregarse, casi respirar al ritmo de la creación misma. ¿Cuántas horas de investigación, concentración, abandono y horarios más que espartanos?. Estudiar, estudiar, estudiar. La música requiere de una inteligencia aguda, sagaz, que sepa abstraer todos los símbolos, significados y notas en una composición. ¿Cómo debe ser pensada?, ¿en el aire?, ¿en silencio?, ¿con qué ritmo?, ¿cuál es la intensidad?, ¿a qué colores se parece?, ¿qué debe decir?

Un director de orquesta está obligado a conocer a la perfección todos los instrumentos que existen y cómo participan en una obra u otra. Para ser el mejor director y conducir a una orquesta de gran nivel, ha de pasar su vida dedicado a extenuantes ensayos. Ponerse de acuerdo con los integrantes de la orquesta y discutir las variantes que existen en la interpretación de una misma obra, son un tema para la historia de la música. El director debe convencer a sus músicos de que su manera es la mejor, al menos mientras están siendo dirigidos. Escuchar a Sergiu Celividache (murió en 1996, pero podemos encontrar aún muy buenas grabaciones) cuando interpreta a Bruckner es como si esculpiera en el espacio; las notas del compositor alemán en sus manos, se amplían a una máxima posibilidad, llegan a una densidad y profundidad impensables.

Ese es el universo del director, un sitio en el que solo se puede llegar después de dejarlo todo, la comodidad, la ambición (como no sea de hacerlo perfecto) atormenta y causa angustia; la belleza en su plenitud duele. Es el gozo que nos atrapa y que nos exige renunciar a todo los demás. El propósito de un director de orquesta es que seamos por completo seducidos con su sonido y vivamos una experiencia que no se parezca a nada y que es muy probable, jamás se vuelva a repetir. Así de efímero, así de definitivo. Y a pesar de ello, perdemos la cuenta del montón de anécdotas de insatisfacción y decepción que han vivido los más famosos conductores después de dirigir una obra. Carlos Kleiber, quien llegó a especializarse obsesivamente en ciertas obras, era intratable y hermético. No aceptó ser el director de la orquesta Filarmónica de Berlín, nunca daba entrevistas. Con el tiempo se volvió una leyenda por su calidad y perfeccionismo. La gente pagaba precios estratosféricos por escucharlo y soportaba las cancelaciones de última hora. Todos sabían que no era un divo, mas bien entendían que su angustia era igual de abismada que su talento. Kleiber es adorado entre los directores pero todos llevan cuidado de no tocar esos niveles, el riesgo de enloquecer está ahí, amenaza a todos.

A pesar de que cada uno ha encontrado su propio estilo para hacer música, todos tienen en común la pasión y el que hayan hecho de cada obra interpretada una verdadera creación: Wilhelm Furtwängler, Leonard Bernstein, y actualmente Ricardo Muti, Zubin Mehta, Valerie Gergiev, Daniel Baremboid (que no solo está entre los mejores directores del mundo, además es uno de los más destacados pianistas) el grande de grandes Simon Rattle y para cerrar la lista, Gustavo Dudamel.

Extremadamente joven para el triunfo y los logros que cosecha actualmente, Dudamel estudió violín desde los cuatro años dentro de uno de los proyectos más significativos para la música en el mundo: El Sistema (orquestas y coros de niños y jóvenes que se forman con el objetivo de enseñar música y reconstruir el tejido social en las comunidades más aisladas y pobres de Venezuela). José Antonio Abreu, el creador de este asombroso programa, fue el maestro de dirección de orquesta del joven Dudamel. Con un ascenso vertiginoso ha sido director invitado de las más famosas orquestas del mundo hasta lograr encabezar a la Filarmónica de los Ángeles donde lleva cuatro temporadas. Ha grabado discos con la orquesta Simón Bolivar y la ha llevado de gira varias veces alrededor del mundo. La cantidad de premios que ha recibido es imposible de enumerar; en cada uno ha depositado su vida y esfuerzo. Gustavo Dudamel es un tipo afable, con un aspecto por demás latino, con una sonrisa que contagia, una melena que se sale de las convenciones. No duda en mostrar su encanto en las entrevistas, su acento venezolano tan cantado nos lo hace un personaje entrañable. Es de fácil trato y pese a su celebridad encarna ese espíritu desenfadado y agradable que nos hace sentir cerca, muy cerca de él y de la música clásica. Hace poco realizó una serie de grabaciones sobre obras de Tchaykovsky y las críticas lo acribillaron. Es increíble como en la cumbre es donde más expuestos están los artistas. El trabajo de todos los días de Dudamel es incansable, no puede confiarse, tendrá días malos y algunos buenos, pero sostenerse en este mundo requiere de una disciplina férrea y de una voluntad inquebrantable. Sabe que a pesar de todo lo alcanzado, el mundo lo juzga por su última actuación. La presión es inmensa.

¿Si puedieramos concebir la diferencia entre romántico o cursi, tierno o sensibilero, apasionado o empalagoso, accesible o payaso? ¿Cómo lograr que el universo de la música y el arte que se considera solemne y aburrido llegue a todos los oídos y que cambie nuestra manera de percibir?. Si escuchamos algunas obras con atención y vemos dirigir a Dudamel quizá podríamos encontrar en el arte ese sitio paralelo en el cual resulte posible vivir el disfrute y crecer como seres humanos; tal vez podríamos descubrir que ese universo existe dentro de nosotros, que no es necesario gastar mucho dinero, ni evadirse en distracciones que nos estupidicen. Quizá podríamos encontrar eso maravilloso que tenemos todos y que está por explorarse.

Vale la pena.

ABRAN ESTA LIGA PARA VER VIDEO.

Para empezar qué tal escuchar Así habló Zarathustra de Richard Strauss; más allá de sus primeras notas es un deleite y Dudamel la dirige increíble con la Vienna Philarmonic Orquestra.


Por Susan Crowley.
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escribe un comentario sobre esta entrada: