miércoles, 25 de julio de 2018

10,935. NI LO MANDE DIOS.


LA FERIA

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde Chiapas.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Ni lo mande Dios.
Tío Mencho (lado paterno-autleco), era un muy tipo simpático, inmenso de estatura y panza, que ganaba dinero a manos llenas fabricando una babosada (los moldes de papel rojo para los panqués, esos, los redondos, como corrugados… bueno, con eso barría dinero). Era buena persona y siempre tuvo fama de loco, porque hacía cosas de locos. Para que me entienda: su casa la hizo sin arquitecto, sin ingeniero, sin proyecto ni planos de nada; él le fue diciendo al maestro de obras qué hacer y el resultado parecía una obra de un aprendiz de Gaudí con una cruda de cuidados intensivos. O también, de repente decía ‘vámonos de vacaciones’ y trepaba al carro mujer e hijos (siete, tres nenas y cuatro varoncitos), y se iban a donde fuera, el tiempo que fuera, aunque perdieran el año los niños. Así era, loco, pero buena persona. Ya viejo y viudo, se quejaba de lo ‘apartados’ que estaban de él los hijos… bueno, cualquiera no se harta.

Durante el siglo XX y hasta el término de la Guerra Fría, en este mundo, se sabía para dónde iban los países. Al principio de la centuria había reyes y emperadores, estados demócratas, teocracias y dictaduras. Luego fue la Revolución Bolchevique y le salió caspa en las pelucas a los aristócratas y los demás. Nacieron los regímenes autoritarios: nazismo, fascismo y otros que nomás tenían feo el modo.

En América florecieron unas pocas democracias, dictaduras y colonias yanquis a medio disimular (luego hubo guerrillas comunistas, revoluciones y golpes de Estado).

En Asia, China se volvió comunista, la India andaba inquieta, Japón entrecerró los ojos y siguió con Emperador y militarotes mangoneando e invadiendo países.

Tronaron dos guerras generales y dos bombas atómicas; después de casi 70 millones de fiambres (entre la Primera y Segunda guerras mundiales), cayeron imperios, se crearon imperios y el globo terráqueo quedó partido en dos, un mundo bajo el poder yanqui, otro, bajo el poder comunista (y un tercero de países no alineados, aunque un poquito sí): la Guerra Fría con calenturones como la guerra de Corea, la de Vietnam, el despelote africano, etc…

Al finalizar la segunda Guerra Mundial, en los dos mundos (el yanqui y el de la URSS), se implantó el estado de Bienestar (en honor a la verdad, empezaron en la URSS, pero en estos tiempos es de mal gusto decirlo), como sea: en cada lado a su modo, pero en ambos, llevaron a la práctica lo mejor que pudieron, el derecho de todos a la seguridad social, la educación, la salud, la vivienda, las vacaciones pagadas, pensiones; o sea: los derechos humanos (más o menos, tampoco se crea todo).

Cuando se derrumbó la URSS, se esfumó el mundo bipolar y el planeta quedó en manos del mundo “libre” (del libre mercado, la libre empresa: recreo del capital, del gran capital).

Antes, se era comunista, trotskista, nazi, fascista, monárquico, socialista,  demócrata… algo, ahora no. Fuera de la defensa a ultranza del “libre mercado”, del “neoliberalismo” (de lo que le interesa al dinero a gran escala), fuera de eso, no hay real distinción entre las ideologías, ni entre los proyectos políticos: todo es “centro”, tantito para la “izquierda” (hasta pena da usar el término), tantito para la “derecha” (misma nota). Todos, con mayor o menor éxito y donaire, cantan con Juanga: “Te pareces tanto a mí…”

Se lo comento porque próximamente en esta patria, tendremos el estreno de un nuevo gobierno, el de AMLO. Se supone (él dice, algunos de sus seguidores lo creen), que es de “izquierda”, pero ogaño, ni los más recalcitrantes “derechistas”, ni los más rabiosos “izquierdistas”, niegan la igualdad de los derechos de todos, así sea nomás de dientes para afuera. De cualquier manera, si AMLO ya ha aceptado mantener igual la política económica (capitalismo neoliberal, sujeto a las leyes del mercado); si ya es formal su compromiso de no hacer cambios constitucionales al menos durante los tres primeros años de su sexenio, reforma energética incluida, no se puede decir en serio que sea de “izquierda”… y ahí está el asunto: si con tal de treparse al poder escondió su manera de pensar o dejó en el camino sus convicciones, la gente, su gente, tarde o temprano se va a dar cuenta… y no está el palo para cucharas ni el comal para echar tortillas. Tiene que cumplir y gobernar bien y eso incluye aclarar de una buena vez cuál es su proyecto de gobierno.

Hasta ahora, dice a cada quien lo que quiere oír: al Trump, al capital extranjero y el nacional, les asegura que no hay de qué preocuparse; a sus huestes, que ya llegó la hora de la justicia… y cada quien imagina un modelo diferente de gobierno. Pero el país no es la Ciudad de México. El cargo de Presidente de la república tiene menos margen del que piensa para pretender y aparentar. El desgaste de tamaño cargo en quien lo ejerce es inmenso si la gente percibe que le están dando atole con el dedo.

México nunca ha sido potrillo de doma fácil; hoy, menos. Los EUA siempre han tenido puesto el ojo en nuestro país, para las buenas y las malas; hoy más. La prensa mexicana que obedece a intereses del Partido Demócrata yanqui, es una realidad, y se despacharon a Peña Nieto sin que se diera cuenta.   

Por lo pronto, todo apunta a que AMLO imagina poder resucitar el poder omnímodo, todo terreno, de uso rudo, de los tiempos del pricámbrico clásico. No es así: correr al 70% de los mandos de gobierno, reducir a todos el sueldo (incluidos los otros dos Poderes), criticar sin piedad a los órganos autónomos como el INE, cambiar a las secretarías de ciudad (sin explicación ninguna sobre cómo decidió sus nuevas sedes), vender la flotilla aérea, deshacer el Cisen y el Estado Mayor, disponer de la residencia oficial (y de Palacio Nacional), como si fueran de su propiedad, no son actos de mandatario sino de mandón, que no disfraza con su discurso de someter a consulta popular asuntos de enorme importancia… sí, pero por decisión de él que ratifica su gusto a decidir él, a dictar y a fuerza de dictar se acaba en… ni lo mande Dios.

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